Giovanni Papini
El Hombre que no Pudo Ser Emperador
Hombre lector, quienquiera que seas, quisiera en este momento, tenerte aquí, cara a cara, y clavar mis ojos en tus ojos y estrecharte las manos en mis manos y decirte en voz baja: ¿Crees vivir, vivir de verdad, profundamente, enteramente? ¿Te parece tu vida tan bella y grande como acaso la soñaste en los días ardientes de la juventud?
Y todavía más bajo, llanamente, quisiera preguntarte: ¿Tuviste una juventud? ¿Sentiste en ti, dentro de tus entrañas, dentro de tu sangre, algo que fermentaba, que hervía, que se agitaba, que temblaba, que quería salir, derramarse inundar el mundo como un lago en llamas? ¿Sentiste nunca, después de alguna hora de agitación después de un gran crepúsculo, después de los versos de un poeta, sentiste que eras tú, tú en persona, el primer hombre, el descubridor de la vida, el descubridor del mundo? ¿Y no te pareció mísera está vida? ¿Y no te pareció pequeño este mundo? ¿No deseaste la muerte por amor a la vida? ¿No experimentaste la avidez de Alejandro ante el cielo lejano?
Esto quisiera pedirte, vil lector, hombrecillo enflaquecido que estás leyendo estas páginas, escuchando los latidos de la vida ajena porque no sabes realizar actos, porque no sabes vivir por tu cuenta. ¿No te parece vil, cobarde, cobardísima, la acción que estas realizando? Una silla te sostiene, ante ti hay papeles cosidos, en estos papeles hay signos negros y tu recorres con los ojos esos signos y tu alma sonríe o gimotea, ve o entrevé, a medida que los signos van despertando a la fuerza tus imágenes soñolientas. ¡Y tú crees vivir, creo, leyendo libros! Saliendo fuera de ti contemplarás con gran desprecio el mundo vil que no está <<al corriente>>, que no hace psicología y no se alimenta de literatura. Yo soy, dices para ti, un intelectual, un refinado, un pensador, un aristócrata, un hombre superior, en suma, un miembro de la élite. El mundo gira a mi alrededor, el mundo está hecho para mí. Y cuando no va bien doy un puntapié al tramoyista y lo hago yo. Y así juego y me divierto, y en mi casa sólo encontraréis fotografías de obras célebres y buenas ediciones de autores famosos. El cuello alto y las palabras oscuras son las insignias de mi grado: YO SOY EL REY DEL TIEMPO, EL REY DEL ESPÍRITU, EL REY DE LA ETERNIDAD.
¿Dices tú todo esto, lector cobarde? Es posible: lo creo, me lo imagino, lo deseo. Porque yo hablo precisamente para ti y quisiera tenerte delante de mí, para que sintieras en tu cara el aliento cálido de mi desprecio. Y te desprecio, lector, te desprecio por una razón terrible, por una razón odiosa, dolorosa: que yo me parezco mucho a ti, que soy casi como tú, lector, que yo soy tú, acaso…
Pues bien: yo acepto, ¿ves?, tu papel. Lo acepto sin miedo, aunque es muy triste tu papel, ¡oh bebedor de palabras que me lees! No temo a tus palabras. Para estar obligado a contestar me he puesto a escribirlo mejor, a gritar estas páginas. Y me pregunto aún en alta voz. ¿Crees vivir?, ¿crees vivir grandemente, profundamente, intensamente?
Contesto: no, no creo vivir No, no creo vivir grandemente, profundamente, enteramente. ¡Como todos, yo soy un cobarde, un débil, un castrado! En mi cuarto tengo todo el mundo pintado: hombres de cartón, mujeres de trapo, montañas de humo. He puesto todas esas cosas en orden y algunos días de sol todo ello hace muy bonito. Y me quedo en mi cuarto. Y aquello es todo mi mundo y toda mi vida, y cada día hago mis oraciones a los dioses de la casa y escupo sobre la gente que pasa por la calle, bajo mis ventanas, y que no tiene en su casa un pequeño mundo artificial tan gracioso como el mío.
Allí dentro estoy en mi reino. ¡Si vierais qué bonitas actitudes! Un día tengo una postura magnífica de Zeus tonante y digo a mis muñecos: Cuidado, yo soy vuestro dios y señor, soy vuestro creador y vuestro destructor, puedo cambiaros de lugar o haceros pedazos. Por ejemplo, yo te puedo poner a ti, fantoche cornudo, en el fondo de aquel cajón en lugar de dejarte pavonear en lo alto de esa escalera, y te echaré por la ventana, ¡oh bailarina indecente que haces tantas muecas con tu cara de cartón rosado!
Otros días, en cambio, entro allí con aires de Fausto enfadado. Cierro las ventanas para dar a la escena un aspecto misterioso, riego con polvo gris las cosas para que parezcan más melancólicas, me siento gravemente en el sillón, tuerzo la boca, levanto los ojos al cielo y acabo llorando con lágrimas calientes sobre la vanidad de la sabiduría y sobre los engaños del mundo.
Pero poco importa que yo sea clásico o romántico: soy siempre un pobre niño que juega en su cuarto y dice para consolarse: Afuera hace demasiado frío y los caminos están llenos de lobos!
Yo soy —¿lo habéis adivinado?— un cerebralista. Los cerebralistas son una raza muy curiosa: merece la pena conocerla. Te contaré la historia del padre de todos nosotros. Una historia tan grotesca que no he sabido olvidarla.
Un día, un hombre se ató los calzones, se envolvió en una capa y salió de casa, hacia los países del Este, para conquistar el mundo. Estaba lleno de grandes pensamientos. Su corazón era mayor que el mundo. Y pensaba: Conquistaré un tesoro tan grande que un día podré llenar un lago de monedas de oro, si quiero; gozaré de blancas mujeres en camas de color de mar; derribaré terribles enemigos, en las montañas, con el fuego de mi mirada. Hoy soy un hombre pequeño y pobre, y sólo una capa me cubre, pero mis pensamientos son magníficos y quiero llegar a ser señor de todo lo que existe y dueño de todo lo que vive.
Este hombre fue a una ciudad y, cuando anunció que quería ser rey y conducir a los hombres a la guerra para hacerse un gran reino, todos rieron a su alrededor. Entonces pensó que castigaría a aquella ciudad cuando hubiese llegado a ser poderoso y se dirigió a otra, donde le sucedió lo mismo. Y así anduvo por todo el mundo, y en todos los países se reían de él y le daban dinero tomándolo por un loco mendigo.
Finalmente, un día se encontró delante de su casa. Nada había cambiado: sólo sus sandalias estaban gastadas, su capa llena de agujeros y sus cabellos se habían vuelto blancos. Entró en su casa y pensó: "Nadie ha querido seguirme. No he tenido la fuerza de levantar ni un solo ejercito. No he conquistado ni siquiera un tesoro. Nunca seré, según parece, dueño del mundo." Entonces se puso a meditar sobre su suerte y estuvo muy melancólico durante varios días.
Pero una mañana —era marzo y en los prados ya apuntaban las primeras flores amarillas— se despertó todo alegre y dijo entre sí: finalmente he comprendido mi destino. Yo estuve ciego al ir a conquistar el señorío del mundo. Lo que yo creía tal no es el verdadero, lo real, el mundo supremo, sino el mundo de las apariencias, de los sentidos, del engaño. Es el mundo del arado y del mercader. El mundo verdadero sólo se descubre en el pensamiento, y yo puedo ser dueño de él cuando quiera, con tal de que lo busque en mí, en lo más profundo de mí Y el hombre encanecido se puso, con una lámpara encendida, a buscar al verdadero, al profundo, al perfecto mundo. Y aquel hombre —¡recordadlo bien!— fue el padre de todos los poetas, el padre de todos metafísicos, el padre de todos los soñadores. Él fundó la dinastía de aquellos que, no poseyendo un pedazo del mundo real, se fabrican cada día cien mundos pequeños de aliento, de polvo y de barro. Y tú —hombre lector— y yo, y todos nuestros compañeros, somos los últimos descendientes del hombre que no pudo ser emperador.
Una noche, mientras caminaba a lo largo del río pensando en un sueño extraño, el príncipe Hamlet, que me honra desde hace mucho tiempo con su amistad, se colocó a mi lado y me dijo:
—Amigo, tu empiezas a estar enfermo podrido. Nadie se ha dado todavía el gusto de anunciártelo, pero yo no puedo prescindir de ello. No te toques la frente, no te vuelvas pálido. Aunque haya transcurrido mis mejores años en la triste Witenberg, no soy doctor. Pero percibo desde lejos el olor de esos morbos terribles de que no hablan los médicos de grandes barbas reflexivas. Tu mal está en el espíritu, amigo mío, y solamente en el espíritu. También yo hace mucho tiempo estuve enfermo bastante enfermo, y fue necesario una espada bien afilada y una bebida bien amarga para curarme del todo. Ahora, desde hace muchos siglos, tengo una salud perfecta y por eso, acaso, me divierto ocupándome de la salud de los demás. Esta noche me preocupa la tuya. Cúrate: te lo repito, estás gravemente, terriblemente, peligrosamente enfermo.
Dicho esto, calló y siguió andando a mi lado. Lo miré —¡qué delgado se ha vuelto el buen príncipe Hamlet!— y le dije:
—¿Y no puedes decirme, príncipe, cuál es mi mal, para que pueda librarme de él?
Hamlet se volvió y sonrió. Luego, con la mano —¡qué fría y leve era su mano!— me condujo hasta debajo de un farol. Y cuando estuvimos en el círculo rojizo se puso delante de mí, en plena luz, me miro a los ojos y dijo lentamente:
—Mírame: te pareces a mí.
Y desde aquel momento no he vuelto a ver más el rostro del príncipe Hamlet.
No te he vuelto a ver más, buen príncipe, pero muchas veces, en estas noches llenas de calor sensual y del perfume de la hierba segada, he pensado en tus últimas palabras; he buscado el mal que me hace parecido a ti, melancólico príncipe, y creo haber encontrado este pavoroso mal del que ni siquiera osaste pronunciar el nombre. En lugar de la espada y el veneno fue el que te mató enigmático Hamlet, y es que ese mal que nos hace hermanos en las noches solitarias en que vienes a visitarme y me dices con la voz velada aquellas cosas singulares y graciosas que no oyeron ni Horacio ni Polonio.
Y ese mal, Hamlet, ese terrible mal, ¿no es caso el pensamiento, no es acaso la reflexión de sí mismo? ¿Acaso no eres tú el melancólico, héroe de aquella familia de hombres que piensan en lo que quisieran y deberían hacer en lugar de hacerlo? ¿No eres acaso uno de aquellos espíritus cansados y afeminados que prefieren las palabras, que son hembras, a los hechos, que son machos?
Y ese mal, príncipe de Dinamarca, no solamente está incubando sus tóxicos en mi alma. No sólo yo, en esté tiempo y en está tierra, me parezco a ti, sino ¡cuántos alrededor de mí se nos parecen! Hay una tribu de Hamlets a los que todavía no se les ha aparecido ningún fantasma y no los espera ningún padre no vengado, pero que llevan en el espíritu, como tú, el sutil y terrible mal de la reflexión que lima y del querer que duda.
También en mí, también en ellos, como en ti, la pálida sombra del pensamiento decolora el rico tejido de la vida.
Pero tú te curaste con la muerte. Y nosotros queremos vivir, ¿sabes?, queremos vivir también con el pecho abierto, queremos vivir a marchas forzadas, a tiempo acelerado. ¡Una vida que no sea andar, sino correr, bailar, volar!
Yo no te he vuelto a ver más, buen príncipe, y sin embargo me parece que tú hablas, hoy, en mi corazón, por mi boca. Pero no podría jurarlo. Así como tú oscilas entre la angustia y la ironía, así yo sé decir si mi alma habla en ti o si la tuya habla en mí. Pero éstas son, sin duda, las palabras que debes decir:
¡Adelante, amigos, adelante! ¡Valor! ¡Vuestros hierros son bastante cortantes, vuestros instrumentos son lo bastante afilados! No os espantéis por un poco de sangre, no tembléis si vuestra alma gime un poco. Sin debilidades, amigos, sin miedo! Trabajad, escavad, hurgad, hacia el fondo, abajo, todavía más abajo, en lo profundo, en la más intima, profunda profundidad. No dejéis ninguna fibra cubierta, haced que no quede en un solo receptáculo intacto, un solo rincón oscuro. Buscad bien dentro, poned al descubierto toda herida, todo nervio fino y todo hueso duro. ¡No os detengáis en los huesos! Dentro del hueso algo vive, hay la sangre que corre, hay la pulpa y el meollo. No tengáis piedad, amigos, ninguna, ninguna, ninguna piedad Abrid vuestra alma y ponedla al sol. Aunque se vuelva árida, aunque arda no importa. Es preciso ponerse a uno mismo en exposición, a pedazos, delante de la gente. Sed, amigos, los cirujanos, los carniceros, los descuartizadores de vuestras almas.
Como el héroe de Terencio, que cada uno se atormente sin tregua a sí mismo. Como el Dios que se ofreció en holocausto, que cada uno se ofrezca a los demás como alimento. Que todos sepan, en la ciudad, en la patria e incluso fuera, incluso lejos si es posible, que en estos tiempos vamos a la iglesia a coquetear con Cristo o que hemos soñado en aventuras y viajes circulares e imaginarios. Hagamos saber al mundo que ayer íbamos de paseo con Apolo y que hoy vamos hacia Weimar, que somos viejos y que somos jóvenes, que hace tiempo hemos dejado a Nietzsche a mitad del camino y que mañana, acaso, abandonemos al caudillo poeta. ¡Seamos, en suma, los proclamadores, los narradores de nosotros mismos!
¿Acaso no es esta la señal de nuestra superioridad? ¿Acaso no es la aureola de nuestra grandeza?
Aceptemos, pues, la carga; no nos cansemos de hacer y rehacer nuestras cuentas. ¡Pesémonos cada día en la balanza del espíritu, tomémonos el pulso cada hora, publiquemos cada década el boletín de nuestra salud o de nuestras enfermedades!
Y, sobre, todo hagamos proyectos, amigos míos. Hagamos muchos, grandes, continuos proyectos. ¿Acaso el proyecto no es el proyecto no es el té, el café, el opio, el hachís de la vida?
¿Acaso no es el sustituto, el sucedáneo, las arras de la humanidad? ¡Dulcísimo y benigno Dios, cuánto te he amado, acunado y acariciado en el secreto de mi alma!
¿Quién cantará tus alabanzas, quien hará para ti una apología con proemio, notas y apéndices? ¿Quién te amará como yo te he amado?
Dos felicidades concedes a los hombres. La de tener un pretexto para no hacer nada en la espera de la elección y la de persuadirse que se goza en el presente lo que se medita en el futuro. Tu eres, pues, proyecto, el doble y santo sendero del reposo, la dúplice escala ascendente hacia el ocio perfecto.
¡Hagamos, pues, proyectos amigos! Que vuestra vida esté hecha de planos y esbozos, que la muerte no encuentre en nosotros otra cosa que promesas, que la vida no sea para nosotros más que espera eterna. Pero ¿qué digo? Todo esto vosotros lo hacéis, lo habéis hecho. Es más —confesadlo—, sólo habéis hecho esto.
¿Acaso no somos, por ahora, hombres que hacen un gran consumo de fantasía, y no somos los castos novios de la vida y de la gloria?
Oímos rugir a nuestro alrededor la vida, como un gran mar entre los cantos de las sirenas y el rumor de las carnicerías. Pero estamos todavía aquí, en la orilla, con los pies en la arena que cede, y no hemos superado todavía las primeras olas. Es más, ni siquiera estamos en la orilla. Muchos de nosotros están todavía encerrados en sus casas, en sus viejas casas, entre el hogar paterno y la celda mística. Y yo creo a estos grandes niños que tienen grandes mapas delante y con el dedo señalan los caminos y con los ojos siguen los confines en lo alto de cada carta está escrito: El Mundo
Cada noche, cuando las estrellas nos hacen más pensativos, cuando los hombres regresan del trabajo y tienen tiempo de pensar lo que han hecho o harán, cuando pasan por las calles los cantos y los sonidos de aquellos que no pueden olvidar, nosotros nos situamos delante de nuestros mapas y buscamos con los ojos un poco húmedos y la mano un poco temblorosa el itinerario de nuestra vida.
¡Terrible angustia de estas horas de búsqueda! ¡Terrible miedo de los abismos y de los pantanos! Todo está dibujado en estos mapas con signos ligeros y de varios colores. Está allí, a un lado, el país de la Ternura, coloreado de azul y de rosa, con bosquecillos bien podados, con riachuelos de plata en los cuales corretean pececitos de oro. Pero está también el País del Terror, hosco de bosques, entrecruzado de sangre, hirsuto de montañas, sin ríos ni lagos, árido y despiadado como el corazón de aquel que muere de ira. Y al lado, por extraña ventura, está el País del sueño, cubierto de móviles vapores, vivo de ágiles linces, llenos de fantasmagorías, con desiertos que se animan al soplo de la Morgana, con precipicios que hacen nacer por milagro fuentes bajo los pies de los peregrinos. Y más allá se ve el País de los Mercados, con su tierra opulenta y sus graneros repletos; el País de Dios, con las cabañas de ermitaños y las armonías de las basílicas; el País de la Palabra, rumoroso de gritos y maloliente de hálitos.
Todas las regiones y muchas otras vemos, en el mapa del mundo, por la noche, bajo la luz familiar de la lámpara. Y vemos los caminos que llevan a los tesoros y a los éxtasis, que nos conducen a la camita del recién nacido o nos arrojan en un océano sin orillas; que tienen por meta la locura o el poder, la fosa o el trono. Los vemos todos y los seguidos, señalándolos lentamente en el mapa con nuestros dedos febriles. Y las horas pasan pesadas y tristes, pasan los hombres que alborotan, pasan las mujeres que ríen, y nosotros seguimos los desarrollos de los caminos, descubrimos atajos adivinamos los senderos y señalamos a nuestro cuerpo que espera el retiro perfecto o la conquista de toda tierra.
Mientras tanto, el tiempo pasa con su silenciosa crueldad. Lo oímos a nuestra puerta, que pisotea llanamente como un ejército de demonios descalzos. Cada día es un demonio, cada hora es un demonio, cada minuto es un demonio amigos. ¿Nadie se da cuenta de ello? ¿Nadie lo dice en voz alta? ¿Tendré que recordaros con temor que cada día, cada hora, cada minuto, nos hace menos jóvenes, nos hace menos fuertes, nos hace menos eternos? ¿Tendré que haceros temblar pensando en la muerte del tiempo, en la muerte de la vida, en la muerte que no conoce redentores, que no sabe de resurrecciones? ¿Tendré que deciros, una vez más, con susto, que tenemos muy poco hilo que desarrollar, escaso aire que respirar, pocas bocas que besar, pocos instantes para crear?
¿Nunca pensáis en todo esto? ¡no sentís este acoso del rápido destino que no descansa nunca? ¿Y nunca os sorprende, mientras despedazáis vuestra alma mientras sacáis al balcón vuestros trapos, mientras hacéis vuestros itinerarios, no os asalta nunca el desdén, el desprecio, el asco de vosotros mismos? ¿Nunca tenéis un impulso violento que os haga salir de la sala anatómica y del mapa geográfico, no experimentáis nunca un deseo salvaje de esconder vuestras interioridades y de romper vuestro mapamundi pintado?
¿Hacedlo, pues, de una vez, amigos! Decid: ¿Acaso estamos aquí para darnos en espectáculo? ¿qué divino empresario nos ha contratado? ¿Acaso estamos en la feria para vomitar por la boca naderías doradas, como un juglar charlatán? ¿Tenemos que consumir la vida, brizna a brizna, gota a gota, diciendo lo que haremos en lugar de hacerlo, dibujando con graciosas curvas los viajes que nunca iniciaremos, trazando sobre el papel los triunfos que no obtendremos, dibujando los caminos que no conocerán nuestros pasos?
Un pequeño esfuerzo, amigos, Arrojemos a aquel mar furioso y espumoso que tanto nos atrae nuestros mapas. El mar es un Dios prudente que sabe guardar los secretos: no nos traicionará. No arrojará a la orilla los cadáveres de nuestros propósitos. Acabemos, un buen día, de narrar con bellas palabras lo que somos o lo que buscamos ser, dejemos de proponernos con acentos heroicos fugas nocturnas y exploraciones, y andemos. Qué por última vez las palabras sean pajes que no preceden a ninguna ley.
Dirijámonos hacia el sur, o bien hacia el norte. Clásicos o románticos: ¡qué importa! Por Cristo o por Satanás. Líricos o dialécticos, señores de palabras o capitanes de voluntades: lo que queramos, o podamos, o sepamos. Pero hagamos algo, ¡en nombre de Dios! Demos a nosotros mismos, a nuestros compañeros, a los enemigos, nuestra obra, la prueba de nuestra fuerza conquistadora y generadora. ¡Que cada uno realice su propio trabajo, por grande o pequeño que sea, que cada uno recoja su cosecha, ya sea de humilde avena o de rubio trigo!
La nave está junto a la orilla, en el puerto embreada de negro alquitrán, cono todas las velas al viento, con todas las banderas a la luz. El capitán a proa, escruta el horizonte; el contramaestre está inclinado sobre las cartas oceánicas buscando la ruta futura. Pero la nave permanece junto a la orilla, las anclas están todavía agarradas al fondo, la nave no se mueve, la nave no zarpa todavía.
A las puertas de la ciudad, el caballero ha subido a caballo. El caballo está enjaezado, el caballero lleva en la mano el arco nervioso, al costado, la obscura espada. Pero el caballero no mueve ningún miembro, el caballero no arroja flechas, la espada no sale de la vaina.
Tú, hombre, estás en el umbral de la vida, y se columbran tus fríos ojos, que ven muy lejos; se oye el latido de tu corazón, que desea y aborrece con igual vehemencia escucha tu respiración anhelante de fiera que está a punto de arrojarse sobre la tierra.
Pero he aquí que a la hora de la espera sucede la de la impaciencia. La nave oscila y se estremece sobre el espejo de las aguas y hace gemir los cables que la retienen cerca de la tierra; el caballo patalea, relincha tiende el morro hacia adelante, hacia el prado que huele, hacia el campo que ondula…
De una oscura cárcel de carne venimos al mundo, amigo y hermano mío. Y apenas liberados, queremos edificar una cárcel nueva; una cárcel más terrible; una cárcel del espíritu. De niños crecemos trabajando con nuestras manos impacientes para elevar los muros; cada día amontonamos las piedras, cada lágrima nos sirve de cemento, cada dolor nos hace más solitarios; cada descubrimiento, más lejanos. Con los ojos de sueño nos encerramos en nuestra persona, como en una casa fiel.
Y llegados a la adolescencia, nuestra cárcel (nuestra fortaleza) está terminada, y sólo alguna madre o alguna amante intenta penetrar por los agujeros de los ojos. Y empieza la pena dolorosa. Le crecen alas al alma, pero el espacio se hace más pequeño. Inclinaos sobre alguna de esas almas y oiréis su latir subterráneo, inútil y furioso. El ojo se hace más adecuado a la luz, pero la luz va faltando. La voz busca los primeros acordes, a su alrededor ya nadie escucha, ya nadie la comprende. Las lágrimas caen y nadie las descubre; las iras estallan y nadie se asusta. El cerco se va estrechando, las aspilleras se cierran, la fortaleza parece transformarse en caverna. Entonces nos encontramos atenazados y encerrados dentro de esa fortaleza y de esta prisión. Ninguna ventana, ninguna puerta, ningún cielo que no sea soñado, ninguna luz que no provenga de golpear con la mano las pupilas. Estás encerrado como una mónada, secreto como una celda, mudo como un felino nocturno que ya nada espera de la inteligencia de los hombres. En la obscuridad, en el silencio, una voz repite: nadie dirá aquello que querrás decir; nadie sabrá aquello que has sabido; nadie estará contigo en el momento de la muerte. La voz de la cobardía te ayudará a cometer nuevas prostituciones y temblarás detrás de tus muros, y querrás hacer una buena salida, y entonces te adornarás y prepararás; en tu puño brillará como llama de antorcha tu más bella bandera, y te pondrás los vestidos de más variados colores, las plumas más ondulantes, los adornos más frágiles, las armas más bruñidas. Y querrás salir al sol, a la tierra, a la luz, a la libertad. Te quemará el fuego mesiánico, se agitará en tu pecho el espíritu profético de Ezequiel y de Joaquín. Querrás hablar a tus semejantes, y los llamarás a tu casa como una moza de partido, y lo seducirás con caricias y sonrisas. Sentirás por todos un gran amor desconocido, una loca sensación de ternura materna, un amor ardiente que cuanto más se intenta aplacar más exaspera. Entonces la máscara cristiana se moldeará sobre tu rostro, por ella misma, como cera blanda, sin que tu te la fabriques ni la busques. Querrás revelar la verdad, la bondad, la grandeza, la riqueza. Las palabras acudirán a tu garganta como nudos de llanto, manarán de tu boca como aguas incansables, encontrarás la dulzura que hace palidecer y la inventiva que hace temblar. Tus manos se elevarán en el aire como troncos que prometen sombra a pesar de su desnudez, tus cabellos se agitarán como una multitud ansiosa, tu cuerpo crecerá como si quisiera dominar sobre la montaña o tenderse en la cruz.
Irán entonces a tu cabecera nocturna las sombras sacerdotales de los antiguos reveladores: verás a Moisés todavía deslumbrado por la zarza ardiente que tiende las leyes terribles; verás a Cristo, que llora lágrimas de sangre bajo los olivos cansados; verás a Mahoma cabalgando por la arena, con la esperanza feroz en su corazón. Y todos te parecerán hermanos, y tú quisieras, como ellos incendiar un pueblo, embriagar de sueños a una raza, alterar al mundo.
Y tus pies buscarán las montañas, tu voz seguirá las huellas de las multitudes y querrá ser único y creador. Te parecerá que en ti comienzan nuevos tiempos y nuevas leyes, y mirarás sonriendo las imágenes de los antiguos dioses, y tendrás tentaciones de romper con tus manos las viejas tablas encerradas en los santuarios.
Todo esto sentirás cuando tu alma esté colmada, cuando la caverna donde te hiciste grande te parezca demasiado angosta, cuando creas que de tu tiniebla solitaria tienes que salir a la luz. Y entonces te sentirás semejante a un Dios, cuando no te sientas con fuerzas para matarlo.
Así vendrás al mundo, a caballo, glorificante, rico de joyas y de guardarropas, orgulloso como un rey, dador como una sultana, riente como un loco de corte.
Sobre todo, como un loco ¡oh amigo, oh hermano mío! Y, sobre, todo como un loco de corte. Tu salida será tu derrota, Tú darás a los demás tanta luz, que serás el primero en ser deslumbrado por ella. Y estarás más sólo, todavía más sólo, porque sabrás que más allá de la fortaleza no hay nadie, mientras que tú esperabas, tú deseabas una multitud, amigo y hermano mío. Y un día después de haber sacudido todos tus cascabeles, después de haber arrojado todas tus palabras, después de haber hecho brillar bajo el sol todos tus vestidos, después de haber agitado todas tus banderas y soplado en todas tus trompas, te quedarás sólo, abandonado, doliente, como un charlatán al que de repente la muchedumbre dejó en la plaza. ¡ Y llegará el día del llanto, el día del gran, profundo, silencioso llanto, oh amigo y hermano mío! ¡El día del descubrimiento del desierto!
Y entonces te despojarás de todos tus vestidos y toda palabra te parecerá un sonido vacío, pequeño, ridículo, una cascara vieja, un despojo inmundo, un juguete inútil. Y tus banderas caerán en el barro, y tus trompas estarán mudas, y solamente los viejos arboles, balanceándose bajo la ira del viento, parecerán menear la cabeza y compadecerte. Te quedarás desnudo como un mendigo, desenraizado como un vagabundo en una estepa, desesperado como quien estuviera condenado a la vida eterna. Lo habrás dado todo y todo lo habrás perdido. El sol ya no te calentará, el agua no vendrá a satisfacer tu sed. El aire parecerá huir de tu pecho. Y entonces recordarás la trágica desaparición de los padres: de Moisés, que se dice llamado por Dios y desaparece sin que ojo humano nunca más lo vea, y va a la soledad a llorar sobre la vanidad de su obra; de Cristo, que no llora, en la noche terrible, por su próximo martirio, sino por el descubrimiento de la inutilidad de su misión…
Y también tú sabrás que quisiste dar lo que no tenías: la verdad; que quisiste dar a quien no tenía, recipientes para recoger tus dones; que hablaste sin que nadie te comprendiera; que no comprendiste lo que querías decir.
El último día habrá llegado. Tu alma será como una ciudad devastada, como una torre destruida, y querrás remover los profundos estratos de cenizas para encontrar en el corazón del mundo alguna llama escondida. Pero todo estará apagado, todo estará frío, ninguna llama oscilará entre las ruinas, no se verá ninguna hoguera que desde lejos llame al peregrino. Todo estará muerto porque tú estarás muerto. ¡Y ni siquiera tendrás fuerza para cavarte una buena tumba!
Entonces, amigo y hermano mío, sólo te queda una cosa: tu vieja caverna, tu cubil misterioso, tu fortaleza cerrada que abandonaste el día de la plenitud. Tú recuerdas todavía los muros altos y negros, los laberintos subterráneos, las tinieblas tentadoras. ¡Vuelve, oh mendigo moribundo, a tu madriguera de niño! Ten la fuerza de emparedarte de nuevo en tu clausura, encerrado bajo siete llaves, cerrado en siete sellos. Sé tu prisionero y tu carcelero. Sabe, como los pájaros de las montañas, morir solo entre las rocas.
Y deja a tu espada, más allá de la puerta, a los enigmáticos fantasmas que tú llamas los otros. Si quieres ser tú, no los llames tus semejantes. Para ser semejante a ellos tienes que ser otro, tienes que ser distinto de ti, tender redes, encapucharte con formas extrañas, recubrirte con sucios mantos. Y piensa —terrible cosa!— que acaso, cada uno hará lo que tú te ves obligado a hacer, y cada uno se rebajará para conocer a los rebajados, se esconderá para encontrar escondidos, ira con máscara para reconocer a los enmascarados. Entonces no te rías más de tu locura, no odies tus palabras, no maldigas tu empresa. Todavía es tiempo de morir bien. Volverás a entrar desnudo en tu fortaleza, ¡pero cuánto más fuerte será esta desnudez que la antigua riqueza! Afuera tú habrás arrojado lo que más te pesaba, todas tus apariencias y todas tus soñadoras esperanzas. Ya no tienes lo que te constreñía y lo que te devoraba: lo que perdiste entre los matojos de los setos que superaste y en las aguas fangosas de los ríos que atravesaste.
Antes tú querías decir, y ahora sabes que nadie puede decir, sino sólo cantar; antes querías entrar en las almas ajenas, y ahora sabes que toda alma está solo es inaccesible, rebelde, como tu alma misma, amigo y hermano. Y si querías dominar sabes que nada puede llegar a ser tuyo, ya que todo es tuyo.
En este momento la caverna a la que has vuelto después del ruidoso exilio ya no te parecerá estrecha ni tenebrosa. Cada día que pase se irá ensanchando, ampliando, como si algún gigante quisiera romper con rabia sus paredes. Y tu ojo dejará de percibir la distinción bíblica de la luz y las tinieblas. Ya no comprenderás lo que de niño te dijeron sobre la noche y el día. Habrás pasado los confines de la antítesis escolásticas. Y la caverna se disolverá poco a poco, como una corona de niebla, como una muralla encantada, y un mundo que no sabes y no conoces, que no conocerás pero vivirás, será tu real asignación Y un día, en este mundo de vida silenciosa, una gran serpiente centelleante y voluptuosa te enseñara la boca abierta para hacerte ver su lengua cortada. La antigua debilidad, la antigua cobardía estará vencida. Eva morirá, ya no tentada por la palabra insidiosa, ya no alimentada por las manzanas morales del avaro horticultor judaico.
¡Y no harás ningún himno para celebrar esta victoria!
El Demonio me Dijo
En toda mi vida he hablado con el demonio solamente cinco veces; pero, de todos los que ahora están vivos, estoy seguro que soy aquel con quien más familiaridad y que lo conoce más íntimamente. Me trata —lo afirmo con cierto orgullo, que no intento esconder—- con una benigna condescendencia, que alguna vez ha conseguido emocionarme. Cuando estoy con él no hago más que escucharlo. Es decir, me equivoco: lo escucho y lo miro. El demonio, por lo menos tal como se me ha aparecido hasta ahora, es una persona que se sale de lo ordinario. Es alto y muy pálido: es todavía bastante joven, pero de aquella juventud que ha vivido demasiado y que es más triste que la vejez. Su rostro, blanquísimo y alargado, no tiene nada de particular, más que la boca sutil, cerrada y apretada, con una arruga, única y profunda, que se levanta perpendicularmente entre las cejas y se pierde casi en la raíz de los cabellos. Nunca he sabido bien de que color tiene los ojos, porque no los he podido mirar nunca más que un instante, y tampoco sé el color de sus cabellos, porque una gran boina de seda, que no se quita nunca, se lo esconde completamente. Viste decentemente de negro y sus manos están siempre impecablemente enguantadas.
Es un poco difícil que en estos tiempo se decida a venir a la tierra. Un día me confesaba con aire de tristeza:
—Ahora los hombres ya no me interesan. Se compran por poco, pero valen cada vez menos. No tiene ni meollo, ni alma, ni aliento: acaso ni siquiera tendría sangre bastante roja para escribir el contrato de rúbrica.
A pensar de eso, cuando se aburre, algunos días, en su país, demasiado poblado, sube entre nosotros. Nadie, en verdad, se da cuenta de ello, porque los hombres ya no lo reconocen y pasan por su lado tomándolo por uno cualquiera de sus semejantes, sonriendo y quitándose el sombrero con aire de superioridad que da miedo. Pero yo siento siempre la estela de su paso y procuro gozar de su compañía. La conversación del Demonio es la más provechosa y agradable de cuantas conozco. Es de aquellas que hacen comprender el mundo, y, sobretodo, el mundo que está en nosotros, bastante más que los pequeños y grandes tratados de propedéutica que se leen en la biblioteca universitaria de Heidelberg.
Nunca he encontrado un ser más indulgente que el Diablo. Conoce perfectamente las perversidades, las bellaquerías, las porquerías y bestialidades humanas, que nada lo maravilla ni lo indigna. Es pacífico y sonriente como un sabio antiguo, y a veces me parece más cristiano que todos los cristianos que hay en el mundo. Ha perdonado incluso a Aquel que lo condenó y expulsó de su lado. Cuando habla de él reconoce que el Omnipotente obró justamente arrojándolo del cielo, ya que un rey no puede permitir que haya a su alrededor seres demasiado soberbios e indisciplinados.
—Si hubiera estado en su lugar —me confesó una vez—, hubiese condenado al rebelde a la inacción, a la inmovilidad. En cambio, Dios fue generosamente clemente conmigo y me proporcionó el modo de seguir la carrera para la que era más adecuado. Aunque hoy día estoy un poco aburrido de ella, no tengo, sin embargo, demasiada razón de quejarme; me hubiera aburrido mucho más en el seno de la beatitud celeste.
Está animado, incluso hacia los hombres, de una bonachonería un poco irónica, acompañada, es preciso decirlo, por un desprecio convencido, que no siempre consigue disimular. Por su oficio, es el atormentador de los hombres; pero la larga costumbre lo ha vuelto menos feroz y y menos terrible. Ya no es el hirsuto y monstruoso demonio del medioevo, con cola y cuernos, que iba a acariciar a las vírgenes a los monasterios y a provocar las fiebres solitarias de los padres del desierto. Se ha dado cuenta ya que la tentación es perfectamente inútil. Los hombres pecan por sí mismos, natural y espontáneamente, sin necesidad de excitaciones y de reclamamos. Los deja en paz y ellos corren hacia él como el agua corre por la pendiente. Por eso ya no los considera como enemigos a los que hay que conquistar, sino como buenos y fieles súbditos, dispuestos a pagar su tributo sin hacerse rogar. Por eso, en estos últimos tiempos, ha nacido en él una cierta piedad por nosotros. Ha persuadido en esta opinión el último coloquio que he tenido con él, en el cuál me ha revelado una cosa que tiene cierto valor para todos aquellos que buscamos el más arriba y el más allá.
Lo he encontrado, la última vez, por una de aquellas calles solitarias que hay alrededor de Florencia, encastradas entre muros grises por los que asoman ramas de olivo. Andaba leyendo un librito encuadernado en negro y reía para sí, como sólo él sabe reír. Me he acercado y, en cuanto me ha visto, ha cerrado el libro, me ha tomado del brazo y ha empezado a decirme:
—Conozco desde hace siglos este librito: es la Biblia. La releo de cuando en cuando, cuando tengo necesidad de ponerme de buen humor. La que leo ahora está en inglés y me ha dado cuenta de que el inglés se presta admirablemente para el Antiguo Testamento, mientras que prefiero el italiano para el Nuevo. Estaba releyendo ahora, por milésima vez, los primeros capítulos del Génesis, ya comprende usted por qué. En ellos yo tengo un papel importante y algunas veces soy, además de soberbio, un poco vanidoso. Me gusta, digo la verdad, volverme a ver, bajo los bellos despojos de la serpiente, enroscado en el árbol como en los viejos grabados, teniendo mi cabeza negruzca hacia el blanco cuerpo desnudo de la agradable Eva. Pero es una lástima que la historia de la tentación haya sido alterada por los historiadores siervos de Dios. Un día u otro, si tengo tiempo, haré una edición corregida de la Biblia, y no sólo corregida, sino también aumentada, porque los santos y piadosos escritores han sentido repugnancia de escribir demasiado frecuentemente mi nombre, y han dejado en la obscuridad alguna mis mejores hazañas.
>>Volviendo a la tentación, repito, mi querido amigo, que la narración bíblica está descaradamente falseada. Nunca he dicho esto a ningún hombre, pero creo que tú eres uno de aquellos a los que se les puede decir lo que ningún hombre podría inventar por sí mismo. Te confesaré, pues, que no fui, en el verdadero sentido de la palabra, un tentador y un engañador. Cuando me dirigí a Eva para empujarla a probar el fruto prohibido, no tenía ninguna intención de hacer caer a los hombres en desgracia, mi único propósito era vengarme de Jehová, el cual como yo creía en aquellos tiempos, me había tratado indignamente. Es decir, quería crearle rivales en potencia, y por eso no mentí en absoluto cuando le dije a Eva: "Comed de estos frutos y seréis semejantes a dioses."
>>yo decía, te lo aseguro, la pura verdad. En efecto, el árbol prohibido era de la sabiduría, el árbol de la ciencia, no sólo del bien y del mal, como dice el Hebreo, sino de lo verdadero y de lo falso, de lo visible y de lo invisible, del cielo y de la tierra, de los animales y de los espíritus. Y tú sabes, querido amigo, que sapiencia es potencia, y que ser Dios significa precisamente ser sapiente y potente. Por eso no quería en absoluto estafar a los hombres indicándoles la manera de hacerse semejantes a Jehová. Mi interés era que lo lograrán, por que confiaba en su ayuda para conquistar el cielo.
>>Te explicaré brevemente, si quieres, este aparente misterios. Eva, en la confusión, no advirtió que los frutos del árbol eran muchos y diversos entre ellos, y no oyó lo que dije; es decir, que no bastaba comer algunos, sino que era necesario despojar enteramente al árbol, es decir, toda la sabiduría. En cambio, apenas hubo comido uno, no tuvo la presencia de espíritu de coger y comer rápidamente todos los demás, y a sí fue como Jehová tuvo tiempo de darse cuenta del peligro y de poner inmediatamente remedio a él con el destierro perpetuo. Si Adán y Eva se hubieren comido todos los frutos del maravilloso árbol, el gran Viejo no hubiese podido arrojarlos del Paraíso. Hubieran sido Dioses contra Dios, y ningún ángel, por provisto de espadas llameantes que estuviera los habría puesto en fuga. Dios pudo castigarlos porque no habían pecado enteramente. El pecado original fue castigado porque no fue bastante grande. Así sucede siempre en la tierra, y no quiero recordarte una vez más el coloquio de Alejandro y el pirata para demostrarte cómo un delito es castigado cuando es pequeño y ensalzado y premiado cuando es grande.
>>El hombre, en aquel día lejano, perdió, pues, una magnífica ocasión de volverse Dios, y yo perdí una de las pocas posibilidades de regresar al Cielo. Pero yo creo, excelente amigo, y te lo digo, aunque tú y otros hombres no presten mucho crédito a los consejos del demonio, yo creo que todavía estaríais a tiempo de terminar los frutos del árbol, que todavía estaríais a tiempo de volveros dioses. Ya no os acordáis del camino del Paraíso Terrenal, pero yo sé que alguna semilla de aquel árbol ha volado fuera y es ya robusta. Se trata de buscarla en vuestros bosques, criarla y podarla hasta que dé, una vez más, sus frutos. Y entonces —creed a vuestro viejo amigo, que algunos servidores envidiosos quieren haceros creer vuestro adversario—, entonces podréis comerlos a vuestro placer, hasta la saciedad, y mi promesa sea cumplida.
>>¿Quisiera preguntarme alguna indicación, alguna señal de reconocimiento de ese árbol y de sus frutos? No puedo decirte nada. Es preciso que lo busquéis vosotros mismos, con paciencia y constancia. Y avisadme en seguida que lo hayáis encontrado, porque entonces mi misión habrá terminado y acaso el buen Dios volverá a llamarme a su lado.
La voz del demonio, a este punto, se hizo un poco melancólica. La arruga profunda y recta, que se levanta en medio de su frente, me pareció más obscura. Después de haberse detenido unos momentos, como asaltado por un pensamiento, continuo su camino en silencio contemplando las estrellas que empezaban a temblar en el lánguido cielo crepuscular.
Esta noche he soñado una extraña hazaña, esta mañana la he realizado, esta tarde la cuento. Que me escuchen todos aquellos que son tan sabios como para creer en la realidad de aquello que no sucede.
Suelo encontrar al demonio en mis sueños, y también esta noche lo he visto. Lo he soñado, además, una tentación, pero no era él —comprededlo bien— quien me tentaba, ¡era yo quien tentaba al demonio! El sueño ha sido tan improvisto y extraño, que me he despertado sobresaltado y durante todo el resto de la noche no he podido apartar mi pensamiento de aquella escena entrevista un momento, de aquellas palabras escuchadas por pocos instantes.
Esta mañana me he persuadido de que no tenía otro medio de librarme de esa extraña visión nocturna que hacerla real durante la vigilia y, sin reflexionar más, me he puesto en camino.
Al fondo de la calle donde está mi casa, el Demonio me esperaba. Por un momento creí que sabía lo del sueño y que él mismo lo había provocado para e irse de mí. Estaba a punto de volver atrás con un poco de temor, cuando me he acordado de que hace algunos días habíamos quedado en encontrarnos para visitar a un viejo ciprés que varias veces ha protegido con su negra y maciza sombra nuestros diálogos.
Nos hemos puesto en camino en silencio, sin ni siquiera saludarnos. Cuando hemos estado fuera de la ciudad, el Demonio ha seguido callado, pero el sueño ha vuelto ha aparecérseme más vivo e imperioso que nunca y mis labios se han movido.
Pero no he hablado. ¿Cómo empezar un discurso ante aquel obstinado silencio? Hemos llegado, finalmente al viejo ciprés, que movía un poco su copa con aire de impaciencia y de reproche. Nos hemos sentado, con la espalda apoyada en su ancho y duro tronco, y el demonio ha seguido callado.
Entonces, como si en lo más profundo algún venero se hubiera abierto de repente, he sentido gorgojear, subir derramarse las palabras que debía decir. Y he hablado al Demonio de esta manera;
—Maestro y amigo mío, he aquí que ha llegado para ti el día de la tentación. Tú ya no eres capaz de tentar a los hombres y es preciso que los hombres vengan a tentarte. Tuviste éxito con Adán, fracasaste con Cristo, pero no eres hombre ni dios, y yo soy hombre que va volviéndose dios. Por eso tengo el derecho y la fuerza de inducirte en tentación y de vengar a Adán y a sus hijos.
>>Tú ofreciste a los primeros hombres a los primeros hombres la divinidad; a Cristo, los reinos de la tierra; a Fausto, el poder. Pero yo te ofrezco algo mejor; es decir, te ofrezco que no imites a Dios, que no poseas lo que existe, sino que seas el verdadero oponente de Dios, el definitivo destructor del ser.
>>Dicen que eres el gran adversario del Señor y el gran negador y subvertidor de las cosas, pero no es verdad. Tú has procurado imitar a Dios con los milagros, has intentado gobernar como él, lo has copiado y seguido igual que un macaco copia a su dueño. Si hubieses sido verdaderamente la antítesis, lo contrario a de Dios, hubieras tenido que hacer desde hace tiempo lo contrario de lo que Él ha hecho; hubieras dejado de provocar solamente antipapas y anticristos: te hubieras convertido en el verdadero Anti-Dios. ¿Cuál ha sido la gran obra de Dios? La creación del mundo. ¿Cuál debería ser tu gran obra? La destrucción del mundo. Tú deberías, ¿comprendes?, no desordenar y complicar el mundo, sino destruirlo suprimirlo, aniquilarlo.
>>¿Cómo has tolerado, cobarde jactancioso, que el mundo siga existiendo? ¿Por qué no has sabido, cómico revolucionario, quitar de en medio el universo? ¿Cuándo conseguirás dar la gran respuesta al Fiat de Dios, responderle, después de una pausa de algunos siglos, con un Pereat todavía más poderoso?
>>Mientras sigas haciendo los acostumbrados pequeños agravios al señor, mientras sigas disputándole algún alma pusilánime, mientras sigas alterando alguna parte del cielo y de la tierra, serás infiel a tu misión, que es la de ser el envés de Dios. En nombre de algunos hombres, abúrrete de estas fingidas batallas; vengo a intimarte a llevártelo a cabo o desaparecer.
>>Yo te diré de qué manera puedes conducir el mundo al fin. Es necesario que cambies del todo tu manera de actuar. Has sido hasta ahora un subvertidor y un desordenador, un espíritu móvil y múltiple, es decir, un creador de movimientos y de cambios. Todo eso es perfectamente estúpido. Tú sabes que el movimiento es el cambio en el tiempo, y que el cambio es creación de diferencias, y que la realidad es el conjunto de las cosas diversas. La realidad es tanto mayor, cuanto más son las diferencias. Aumentar las diferencias, es decir, mover y cambiar, es aumentar la realidad; disminuir las diferencias, es decir, inmovilizar e igualar, es disminuir la realidad.
>>Los hombres han intentado esta muerte de la realidad con las palabras, las cuales sirven para clases de cosas y no para cada cosa diversa, es decir, de cada grupo de cosas consideran solamente aquello que las hace semejantes. Algunos hombres, que el vulgo llama filósofos, o sea enamorados de la sabiduría, han ido más allá que los demás y han intentado reducir todo el mundo, con su infinita variedad de movimientos y de formas, a una sola palabra. Después de esto han entonado himnos en honor de sí mismos y han creído haber puesto la palabra fin al libro del universo. Pero éstos no se han dado cuenta de que la palabra, precisamente porque quería encerrarlo todo, negaba toda diferencia, no contenía ya ninguna realidad. En el mundo de las ideas, lo único se llama inconcebible; en el mundo de las cosas, lo único se llama inconsistente. Sería necesario que tú hicieras realmente lo que los filósofos han hecho solamente en sueños; tendrías que ser el filósofo que obrara con las cosas y no con las palabras. El hombre filósofo quiere reducir el mundo a una sola cosa y obtendrías la nada verdadera, la auténtica nada, la nada última y definitiva.
>>Yo te he señalado el camino. A ti, que todavía eres poderoso, toca seguirlo. Funde, asimila, une, liga, nivela iguala, suprime las diversidades, reduce todos los animales a uno solo, y este animal a una planta, y todas las plantas a esta planta, y esta planta a un mineral, y todos los minerales a este mineral, y todos los cuerpos a un solo cuerpo, todas las substancias a una sola substancia, todas las substancias a una solo substancia, todas las formas de la fuerza a una sola forma, y esta sola forma de la fuerza al único elemento de la sustancia, y verás entonces que el mundo, poco a poco, palidece se atenúa, se desvanece entre tus manos, y tú mismo y el mismo Dios sois una sola cosa, y esta cosa única forma parte del todo y desaparece con él.
>>Odia la diversidad, persigue la distinción, detén los movimientos, impide los cambios, y entonces serás verdaderamente el enemigo de Dios, el cancelador de sus obras, su radical regenerador. Que tu actividad se dirija, no a suscitar, sino a suprimir toda actividad. Anima el ocio, provoca el éxtasis, ayuda a los fabricantes de ideas generales. Poco apoco el mundo se irá volviendo perezoso como un asceta e incoloro como un concepto.
>>Así habrás respondido finalmente al Génesis, y si alguien pudiese todavía escribir tendría que decir que después del fin no hubo ni tierra, ni cielo y ni siquiera abismo. Dios verá desaparecer la obra que tanto lo satisfizo, y tú, viejo desterrado rebelde, estarás vengado.
Nunca nadie te ha propuesto una obra tan grande; ¡Nadie te ha creído capaz de tanto! ¿Tendrás el valor y el poder de volver a arrojar el universo a la nada de que fue sacado y de lanzar tu No ante el Sí milenario del creador? Esta es mi respuesta a tu tentación, ¡oh demonio! Tú me ofreciste ser Dios; yo te ofrezco ser alguien más poderoso que Dios, es decir, el destructor de su obra maestra, el primer y último Anti-Dios.
A este punto, las palabras dejaron de subirme a la garganta y el manantial interior se cerró. Contemplé a mi compañero, que me había escuchado con gran recogimiento, hasta entonces, sin moverse ni decir nada.
Esperé que me contestará, pero él siguió callado y miró el sol que empezaba a disolver las nieblas del llano. El mundo aparecía poco a poco ante nuestros ojos desde lo alto de la colina donde surge nuestro amigo el ciprés
El viento se llevaba jirones de nubes y silbaba en sordina. Y el demonio miraba y callaba. Finalmente, se levanto, me miró y dijo con voz resuelta:
—Vamos, no puedo entretenerme más.
Entonces me di cuenta de que el Demonio lloraba, y por primera vez vi que sus ojos llenos de lágrimas. ¿Lágrimas de lamento, de rabia, de alegría? Lo he pensado durante todo el día y no he sabido decirlo. Espero la noche para preguntárselo en sueños.