EL PELIGROSO EFECTO DEL ÁRBOL DE NAVIDAD

Por Santos Bernardo
Devenir Europeo Num 16

Decir que uno de los elementos distintivos de la Navidad es el árbol, constituye sin duda un tópico, como también lo es la omnipresente alusión desde ciertas filas de que éste es un símbolo tomado del paganismo. Es probable que así sea, pero a tenor de la magnitud de las fuerzas erigidas en contra del árbol de Navidad, resulta evidente que no han sido estos cultos hoy marginales quienes las han movilizado.

Posiblemente al lector le chirríe la mención a la “magnitud de las fuerzas erigidas en contra del árbol de Navidad”, y considere por tanto que se trata de una concesión al victimismo. ¿Quién en su sano juicio puede oponerse de manera activa a un ornamento cuando menos hermoso y del todo inofensivo? De ello precisamente versa el presente artículo, de sus enemigos, que lejos de constituir una quimérica suposición suponen una poderosa realidad.

Una primera muestra de lo anterior puede constarlo cualquiera mediante una sencilla prueba. Cuando se encuentre en un distendido círculo de conocidos o compañeros de trabajo, mencione su intención de colocar un árbol en ocasión de la Navidad. No faltará alguno que actuando como un resorte reponga algo parecido a: “soy contrario al árbol de Navidad; me da pena el pobre arbolito y los bosques ya están de por sí bastante esquilmados”. Un argumento sin duda muy loable… para quien quiera que en su vida cotidiana renuncie a la madera. Nadie pone objeciones a quien compra una mesa de nogal o un armario de roble, por no mencionar elementos mucho más usuales como cerillas, papel, etc., pero basta nombrar al árbol de Navidad para que de manera inconsciente se despierte una vena ecologista que yace dormida para ámbitos mucho más vastos.

Que el sistema, en relación a un mero objeto decorativo que nos acompaña un par de semanas al año, se haya molestado y siga molestándose en inocular entre la población bienpensante uno de sus conocidos clichés, da prueba de que no nos hayamos ante un mero objeto decorativo. El árbol de Navidad constituye un seductor elemento proselitista, y para ello hemos de fijarnos no tanto en el poder que ejerce entre los creyentes, sino más bien entre los no-creyentes.

Un ejemplo muy ilustrativo lo encontramos en la norteamericana Julie Salamon, autora de un sugestivo libro titulado precisamente The Christmas Tree, cuya adaptación televisiva ha sido emitida en nuestro país. El protagonista del libro es un árbol situado en un convento de Nueva Jersey, pero lo resaltable aquí no es tanto su atractivo contenido sino el perfil de la autora. Resultaría lógico pensar que para escribir un libro así fuera preciso contar con un sólido bagaje cristiano, pero no es éste el caso. Tanto su padre, un doctor internado en Dachau, como su madre, internada en Auschwitz, son judíos checos que emigraron tras la guerra a los Estados Unidos.

Ni mucho menos es éste un caso aislado del influjo que ejerce el árbol navideño más allá del ámbito de su propia religión. En la muy interesante biografía escrita por la historiadora germana Brigitte Hamann acerca del Dr. Eduard Bloch, el muy devoto doctor judío de Linz que en su día tratara al adolescente Hitler así como a su madre mortalmente enferma, podemos leer:

«En 1923 hubo en la comunidad judía de Linz un cambio generacional. El muy querido rabino Moritz Friedmann, que había conducido a la comunidad a lo largo de 40 años, traspasó su cargo al Dr. Viktor Kurrein, de 45 años, que anteriormente había ejercido en Meran, Salzburgo y Karlsruhe. Kurrein se perfiló pronto como un resuelto reformador. […].

Kurrein también dedicó mucho empeño a que en Linz ‹se eliminase la mala costumbre del árbol de Navidad entre los judíos, y se hiciera justicia a la celebración de la festividad de Chanukka› [Egon Basch Wirken und Wandern St Pölten. Mss. 3]. Aquí sin embargo fallaron sus esfuerzos. Desde siempre en las Navidades había en casi todas las familias judías de Linz, también entre los Bloch y los Kafka, un árbol de Navidad y muchos regalos –y por supuesto también se celebraba la Chanukka. Y así lo mantuvieron los judíos de Linz, a lo que también se opuso siempre el rabino.

Que Kurrein, desde su punto de vista, tenía buenos motivos para su petición, se evidencia en la nieta de los Bloch, Johanna, nacida en 1929. Más tarde ella manifestaría que la celebración anual de la Navidad en Linz con el árbol fue el comienzo de su amor por el cristianismo, al que pronto se mudaría» (1).

Podríamos añadir más ejemplos para ilustrar la materia, pero el espacio lo impide. Al menos en el anterior contamos, en el caso de la nieta del Dr. Bloch, con la muestra del efecto conversor ejercido por el árbol de Navidad, y en el del rabino Kurrein, con la constatación de que dicho efecto no pasa desapercibido.

Llegados aquí y como colofón, cabe dirigirse al incrédulo lector de nuestra actual sociedad, que todo lo sabe. Y hasta los niños de pecho saben que hoy en día los únicos focos de integrismo generalizado cabe encontrarlos, con excepción de Islam, en el propio Cristianismo. Hoy la sociedad es plural, y ejemplos como el del rabino de Linz no son sino muestras pasadas de una natural reacción de defensa de los propios valores, amenazados por un antisemitismo entonces en alza y hoy felizmente superado. Hablar de campañas contra el árbol de Navidad es propio de mentes calenturientas. Eso tal vez suceda en Arabia Saudí o en países análogos, que ya sabemos que son dictaduras teocráticas. Ningún Estado democrático daría lugar a semejante memez, ni consentiría que desde grupos de presión –no digamos ya desde las propias instituciones- se coartara o amenazara veladamente a quienes desearan exhibir públicamente un árbol de Navidad.

La agencia de noticias hebrea ynetnews.com, publicaba el 8 de diciembre del 2009 la siguiente noticia bajo el título “El lobby judío desata la guerra contra los árboles de Navidad”, y cuyo encabezado reza:

«El lobby para los valores judíos distribuye volantes contra los hoteles y restaurantes que colocan árboles de Navidad y otros símbolos cristianos en vistas al Nuevo Año Civil, declaran hombres de negocios que con ello se arriesgan a perder el certificado kosher

Firmado por Ari Galhar y con el subtítulo de “Un nuevo frente para las batallas religiosas: hoteles y restaurantes”, el artículo prosigue:

«El “Lobby para los valores judíos” comenzó esta semana a operar en contra de restaurantes y hoteles que planean colocar árboles de Navidad y otros símbolos cristianos en vistas a la Navidad y al Nuevo Año Civil.

De acuerdo al presidente del lobby, Ofer Cohen, han recibido apoyo de los rabinos, “e incluso estamos considerando publicar los nombres de los negocios que pongan símbolos cristianos en vistas a la fiesta cristiana y a solicitar un boicot contra ellos”.

Volantes y adhesivos distribuidos entre el público rezan: “El pueblo de Israel ha entregado su alma a lo largo de los años para mantener los valores de la Torah de Israel y de la identidad judía”.

“Debes por tanto continuar este camino de la tradición del pueblo judío y no ceder ante la atmósfera payasa del fin del año civil. Y ciertamente no ayudan aquellos negocios que venden o colocan los estúpidos símbolos del Cristianismo”.

El Rabinato de Jerusalén también trabaja cada año para asegurar que restaurantes y hoteles que reciben la certificación kosher del Consejo Religioso de Jerusalén no coloquen símbolos cristianos.

De acuerdo a un alto funcionario del departamento kashrut, esto se hace cada año de forma consensuada, pero el negocio que no cumpla este requerimiento puede ver revocada su certificación kashrut.

Debe hacerse notar que la mayoría de los hoteles de Jerusalén y una parte significativa de los restaurantes de la capital reciben permanentemente certificaciones kosher del consejo religioso de la ciudad».

Notas

(1) Brigitte Hamann: Hitlers Edeljude. Piper Verlag. Munich, marzo 2010. Pág.164.

(2) http://www.ynetnews.com/articles/0,7340,L-3815175,00.html