
HE INTENTADO hacerme vegetariano en varias ocasiones y tras períodos más o menos largos -el mayor algo más de un año- he fracasado. Esta iniciativa no ha servido pues para variar mi dieta, pero sí ha sido un ejercicio excelente para reflexionar sobre el tema y sacar algunas conclusiones.
En este artículo quiero discurrir sobre algunas de estas conclusiones, utilizando como pauta las preguntas que sobre mi postura vegetariana me hacían terceros en los breves intervalos en los que he ejercido aquella práctica. Por cierto, quiero antes advertir que los motivos de mis reiterados fracasos -luego lo veremos con más detalle- han estado en cuestiones puramente domésticas de carácter particular y no en causas relacionadas con esa dieta herbívora. Por último quiero justificarme por el contenido más práctico que ideológico de este escrito, pero es que como en' la mayor parte de los temas, mis conocimientos son los menos y la única herramienta de que dispongo es mi precario sentido común aplicado a los problemas que la vida me va planteando.
La primera cuestión que me viene a la memoria es una perogrullada, pero está en boca de muchos conciudadanos que me abordaban con tal preocupación; ¿se pude vivir comiendo sólo vegetales?. La respuesta es evidente, pues hay muchos vegetarianos de salud excelente. Los vegetarianos son abundantes y cosmopolitas. No insisto más en este punto.
La segunda pregunta es más sutil; ¿es mejor la dieta vegetariana que la carnívora?. En éste extremo hay mucha polémica. Sin embargo es una polémica meramente académica pues es evidente la capacidad de ambas dietas de cubrir satisfactoriamente las necesidades humanas en lo que se refiere a la alimentación. Sin embargo, es cierto que los especialistas y entendidos están enmarañados en la polémica. Por lo que-a mí respecta esa controversia no me preocupa en absoluto. Creo que ambas dietas deben ser, cuanto menos, iguales, pues los vegetarianos son, por lo menos, igual de saludables que los carnívoros. Quizás la dieta carnívora sea más exquisita y más variada o quizás la dieta vegetariana sea más sana, pero para mí el vegetarianismo es un problema de cerebro y no de estómago y por tanto es suficiente con la garantía de que la dieta vegetariana sea factible. Luego ya veremos si por estar menos difundida la debemos trabajar más o menos hasta adquirir un equilibrio adecuado.
La alimentación es pues -a mi entender- un medio y no un fin. Y por tanto polemizar sobre qué alimentos nos van a alargar más la vida no tiene para mí mucho sentido si esa vida no está llena de un contenido digno. Es decir, si entre mis valores está el respeto a la vida, no tendría sentido el optimizar mi satisfacción a costa de la destrucción de la vida, pues a la larga acabaría siendo una masa de células glotonas y ese no es mi ideal de hombre. Menos se justifica esa avidez de sangre cuando es evidente que se puede pasar sin ella.
En mis períodos vegetarianos me he sentido igual de nutrido que en mis épocas de carnívoro. Pero hay dos sensaciones que me llaman la atención, una de carácter meramente físico y otra de carácter espiritual: secuela de mi etapa herbívora es una sensación permanente de asco a la carne. En el ámbito espiritual anoto que cuando sólo comía vegetales me encontraba más a gusto conmigo mismo y con mi entorno natural. Siempre me ha gustado la vida silvestre y me he sentido solidario con la Naturaleza y cuando como carne siento que me estoy traicionando y que estoy traicionando a los animales. Me parece que las caricias que les hago son falsas y que mi comportamiento es cínico. No estoy a gusto.
Mis paseos por el campo y mi estado de ánimo han sido más apacibles cuando he estado acorde con mi conciencia, en mis etapas vegetarianas. No es fácil explicar el sentimiento y por ello sugiero-al lector que se plantee el experimento; que, piense sobre la belleza de los animales, en la perfección de sus movimientos, en la sincronía de sus reflejos, la armonía .de los ciclos naturales donde existe "tanta mudanza con tanta permanencia... de modo que de las ruinas de la primera se levanta la segunda" y que luego piense en la muerte violenta, en la destrucción sin sentido de esa armonía para satisfacer un paladar que no necesita semejante destrucción para ser satisfecho.
No creo que ningún camarada se haga a estas alturas dos preguntas que he soportado infinidad de veces de interlocutores que se creían originales; una, que "el hombre es el dueño de la Naturaleza y tiene derecho a dominarla". La otra, que "las plantas también sienten".
Que el hombre es el rey de la Naturaleza es evidente, pero si aceptamos la acepción de rey en ese sentido que no es ni más ni menos que el que hoy se tiene, por ejemplo, en los poblados del interior del continente africano o en los despachos de Wall Street resulta de esto una merienda de negros. No hay más que ver la TV o leer un periódico para ver cómo nos va con esa concepción de rey. No puedo evitar recordar las palabras de Baltasar Gracián en El Criticón: "¡Oh monstruosa codicia de los hombres! Tomó la mano el Soberano dueño y dijo: Mirad, advertid, sabed que al hombre lo he formado yo con mis manos, para criado mío y señor vuestro, y como rey que es, pretende señorearlo todo. Pero entiende, ioh hombre! (aquí hablando con él), que esto ha de ser con la mente, no con el vientre, como persona, no como bestia. Señor has de ser de todas las cosas criadas; pero no esclavo de ellas, que te sigan, no que te arrastren". Es la diferencia entre un Hombre y un hombre.
La otra observación "las plantas también sienten" era de las pocas cosas que me despertaban la agresividad, lo reconozco, tan dormida por la templanza que da el régimen vegetariano. No es la pregunta en sí, sino la estupidez que se supone en quien la realiza. Evidentemente que las -plantas también sienten y evidentemente que es una violencia comérselas. Pero hoy por hoy no hay más remedio que sacrificar algo para sobrevivir. El vegetariano que lo es por amor a la Naturaleza está en constante lucha para alcanzar la utopía y pasarán generaciones hasta que lleguemos a un nivel aceptable de respeto a nuestros subordinados, nuestros compañeros de planeta. Creo que cuando el Hombre sea Señor de todas las cosas creadas será cuando alcancemos una buena parte de nuestro objetivo.
El comer vegetales me lo he planteado como una alternativa que explico con un ejemplo. Tenemos frente a nosotros dos jarrones, uno de loza vidriada de Talavera y otro de manufactura celta, este con dos mil años de antigüedad. Y por lo que sea, nos obligan a romper uno de ellos. En mi caso, con pena, rompería el de Talavera. Ambos me gustan y son de reconocido valor estético, pero el segundo posee unas características de interés histórico que le dotan de mayor valor. Con los vegetales me pasa lo mismo, elijo el mal menor en la espera de las alternativas nutritivas, cada día más elaboradas, que nos permitan estar bien alimentados sin destruir. Renuncio a los placeres de la mesa en aras de la solidaridad con la Naturaleza y en aras a los beneficios espirituales que reporta a mi condición de Hombre, esa solidaridad.
Dejemos ya ese terreno de las preguntas y vamos a planteamientos prácticos, - que es al fin el objetivo de la revista que acoge el artículo. Para ello voy a intentar exponer mi postura completamente inconsecuente con lo que pienso y el camino que creo debo recorrer. Y si lo planteo así es porque me consta que a muchas personas que tienen sentimientos de amor a la Naturaleza como yo los tengo, se les plantean estos mismos problemas y ante la dificultad de resolverlos se abandonan. Veamos qué me pasa.
Con todo lo dicho y como comentaba al principio, como carne. Y lo hago porque mi circunstancia familiar, social y económica no me permite otra cosa. Mi familia no comparte enteramente mi idea de que la carne es superflua, en nuestras circunstancias; mi entorno -una zona pre-desértica con un nivel de vida de subsistencia- no me permite acceder a más variedades vegetales que las del huerto familiar y poco mas; y mi escaso nivel de renta no me permite salirme de la dieta de mi entorno social, con lo que tampoco puedo ofrecer a mi familia una alternativa vegetariana variada. Ante la precariedad de esta situación, ¿debemos claudicar?. Sin duda no. Por lo pronto y hablo como unidad familiar, hemos decidido reducir a un mínimo el consumo de carne y de pescado (este último sólo los viernes, cuando se puede). No consumimos más que animales de granja y prescindimos de vísceras. Somos incapaces de consumir nuestros propios animales de granja y de matar a cualquiera, sea nuestro o no. No cazamos ni pescamos.
Esta solución no es la óptima, pero es un paso más. Con el tiempo probablemente la podremos mejorar. Y desde luego es una opción práctica desde el punto de vista político, pues es accesible por una gran parte de la población si se consigue despertar en ella esos sentimientos de solidaridad a que hacía referencia.
En relación con lo anterior, se plantean dos problemas importantes que sin embargo tienen solución en ese marco práctico que he planteado. Y lo que ocurre es que en la dieta de vegetarianos, -que lo son por respeto a la Naturaleza- se incluye leche y sus derivados (yogur, queso...) y huevos. Ambos alimentos exigen la existencia de machos que no tiene sentido mantener en las granjas y que por tanto deben ser sacrificados. No es factible mantener más de un gallo en el gallinero pues se pelean a muerte y tampoco lo es mantener más de un macho cabrío, un borrego o un toro por rebaño. Aunque decidamos mantener las -hembras improductivas -que es lo que hacemos en nuestra granja familiar si bien ello no sería posible con un gran volumen de animales- debemos deshacemos de los machos. Esto plantea situaciones prácticas de muy difícil solución pues los animales domésticos son fruto de una selección genética que ha tenido por objeto el crear fuente de recursos alimenticios. La solución pues sería volver al principio y prescindir de esos animales. Esto es inviable políticamente a corto y medio plazo.
El día en que se controle la genética quizás podrá optarse por el nacimiento de sólo hembras y las improductivas por viejas podrán ser sacrificadas sin dolor para un destino a determinar. Como alternativa, la alimentación a partir de laboratorio con complemento vegetal puede ser un paso próximo y como meta quizás se pueda pensar en una alimentación equilibrada y sabrosa exclusivamente procedente del laboratorio. El lector se asombraría del número de alimentos que consume habitualmente, que se encuentran en las puertas de esta última alternativa.
Mientras tanto, la aproximación al vegetarianismo -salvo envidiables excepciones deberá pasar todavía por etapas cruentas, aunque lo importante es tener conciencia de que existe un camino transitable desde el punto de vista práctico para una población mayoritaria. Para la opción individual al vegetarianismo no está más que la puerta de la propia decisión.
SER VEGETARIANO -COMO DECIA HITLER- ES MUY SALUDABLE
Se dice con frecuencia que los vegetarianos mueren en perfecto estado de salud. En todo caso ahí va un ejemplo, antiguo por lo demás, de las excelencias del vegetarianismo: "Durante el destierro en Aviñón, uno de los Papas que allí residieron, Urbano V, tuvo la idea de modificar la regla de los Cartujos; pensaba, efectivamente, que la abstinencia total de carne podría perjudicar a los enfermos y a los religiosos de salud delicada. Este proyecto sembró la consternación entre los Cartujos. Las objeciones del General de la orden no consiguieron que el Papa cambiara de opinión.
"Así las cosas, un día apareció en la corte pontificia un grupo original. Se trataba de una representación de la orden de los Cartujos, compuesta por sus miembros más ancianos y rebosantes de salud. Un portavoz avanzó hacia el Papa para decirle: "Agradecemos a Vuestra Santidad el interés que dedica al bienestar y a los sufrimientos de sus hijos. Hemos venido para demostrar a Vuestra Santidad que el uso de la carne no es necesario para vivir, largos años en plena salud. Pensamos primeramente traer aquí a nuestros hermanos que contaran de setenta a ochenta años. Pero creyendo que la demostración sería más contundente viniendo religiosos aún más ancianos, hemos sido nosotros los elegidos pare defender nuestra santa regla. El más joven de cuantos aquí estado; cuenta ochenta y siete años; el más viejo soy yo, que tengo noven, y nueve".
Esta demostración fue coronada por el éxito y subsistió la regla. (A. Meyer, "Anécdotas papales")
