
NOSOTROS LOS ALEMANES Y EL FASCISMO DE MUSSOLINI
Por: PAUL JOSEPH GOEBBELS. 1936
Mi tema básico deseo que sea una frase de Treitschke, tomada en cualquier ocasión de
Mussolini: la historia se construye con los hombres. Frase la cual sería una
sofisticación, si se pretendiese inferir que, en la serie de evoluciones
político-históricas en que se sustancia la vida de los pueblos, el elemento hombre
constituye la determinante única y exclusiva. He aquí, por el contrario, la verdadera
interpretación: los hombres representan la materia prima.
Abandonada a, sí misma, la materia prima no sabría ni darse
una forma ni asumir una estructura. Por ello es ineludible condición la intervención de
una mano ordenadora, el acto creador de una individualidad de superior naturaleza. La
cualidad del intelecto político es artística: toda materia prima se transmuta por él en
sustancia modelable. La cima máxima de la acción política reside, forzosamente, en la
transformación inicial de la materia elemental humana en un pueblo: en su paulatina,
elevación a estado nacional, portador de un valor político. Sin Mussolini es imposible
concebir el fascismo, es imposible concebir la Italia contemporánea. Al principio y al
fin de la evolución política denominada fascismo, se halla Mussolini. Con Mussolini el
fenómeno denominado fascismo ha entrado por vez primera en él mundo fenoménico.
A Mussolini le debe el fascismo, no sólo su propio núcleo
ideal, sino también su forma, estructura, organización. En cada expresión vivífica de
la Italia contemporánea está impreso, también, y profundamente, el sello inimitable de
esta individualidad de especie única.
Mussolini, él mismo, es la encarnación de una voluntad y de
una idea. Debido a ello su acción -revelada al afrontar una situación política que no
era ya el fruto concreto de la superioridad individual en acción, sino la resultante de
un juego de grupos, facciones, entidades- ha podido aparecer tan gigantesca, tan duradera,
tan capaz. En medio de un conjunto democrático y baboso de procuradores de sociedades
anónimas y secretarios de cámaras de trabajo, su aparición había implicado, por
primera vez, la presencia de un arquetipo, de una entidad independiente, de un hombre. En
él se expresaba por vez primera, una individualidad política completa, proyectante de
los problemas políticos en mi ángulo visual, no ya material y mecánico, sino político
en sus fines.
Mussolini ha abierto así a la Italia contemporánea su ruta.
Y contra una humanidad bajo la plena y entera supremacía del liberalismo, ha osado por
vez primera el experimento de encuadrar a los hombres en marcos radicalmente renovados, de
proponerles incluso un ideario social y nacional nuevo. Su máximo mérito histórico se
anota aquí: que, a través de revolución política tal, ha demostrado al mundo, de
manera original, el teorema de la posibilidad de desmantelamiento del marxismo. Del
marxismo, entendámonos, en su esencia. Nunca, hasta ahora, se había efectuado, ni
siquiera intentado, esta demostración: y, ante todo, se estaba convencido unánimemente,
sea de la indemostrabilidad del teorema, sea de su absurdo. Una vez sobrepasada cada fase
difícil, se elevaba ante Mussolini, un obstáculo ulterior, cada vez mayor. Sin embargo,
no solamente ha terminado por reducir a cero el marxismo por primera vez en la historia,
tanto en su eficiencia política como en su propio peso específico real. Además y
siempre, por vez primera, ha rendido la prueba clásica del modo de superarlo; y hasta
como movimiento y fermento obrero; no con el recurso de la teoría y los métodos de la
reacción, sino con doctrinas y raigambres sociales. El fascismo ha resultado, por
consiguiente, el primer proceso político y victorioso contra el liberalismo,
Generalizando más contra aquella corriente ideológica y mitológica que derramada
inicialmente en 1789 con la toma de la Bastilla, inundó después, unas tras otras, las
naciones, y las azotó con una secuela de convulsiones revolucionarias, y al final, hizo
sumergirse a los pueblos en el pantano del marxismo, la democracia, la anarquía, la lucha
de clases. Mussolini había opuesto, por vez primera, a aquella corriente, una noción de
solidaridad nacional unificadora de clases, de sectas, de confesiones y profesiones, en el
terreno de un denominador común nuevo, fundada en la participación nueva de un destino
nacional común.
Esta sí que es una real y esencial revolución, puesto que
Mussolini había visto de pronto, y lúcidamente, la inutilidad e imposibilidad de todo y
cualquier pacto y compromiso con la humanidad, liberal y democrática. Dos principios
diametral y espiritualmente antitéticos se erguían uno frente al otro, y cualquier
fórmula de convivencia pacífica recíproca era inconcebible. El problema se había
concentrado en la liquidación de toda una actitud psíquica, en su substitución por una
actitud contraria.
Irrupción - en este caso - de la juventud. De la juventud
pasada por el fuego del purgatorio de la guerra mundial y hecha digna y capaz de guardar
las cosas de la patria; más con visión que la humanidad liberal y democrática no podía
sospechar ni lejanamente. Naturalísima, pues, en las generaciones italianas menos
jóvenes, la ininteligencia del fascismo surgente; ininteligencia, antes y después,
inevitable. Sí: el reactivo introducido por Mussolini en el mundo fenoménico se
presentaba, en este punto, con caracteres tales de heterogeneidad, de modernismo, de
novedad absolutamente inédita, que a una humanidad semejante era negada, por definición,
la idoneidad de comprensión. Confirmándose viceversa la famosa máxima de Schopenhauer.
Y, una vez más, los paraísos de hoy son los lugares comunes del mañana. En realidad,
mí persuasión a tal propósito está consolidada. La onda política, vencedora hoy en
Italia bajo la constelación del fascismo y en Alemania bajo la constelación del
nacionalsocialismo, conquistará poco a poco a Europa entera. Para detenerla, ya no hay
ahora, ni más adelante, dique o represa que baste. Y en el día de su primera
manifestación, empieza la historia nueva de toda nuestra parte del mundo.
Europa se incorporará a esa forma a la cual nuestras miradas
tienden. Y a Mussolini le habrá sido asignado el alto destino de haber sabido ser el
primero en instaurarla en su patria, en vivificarla en el pueblo y con el pueblo italiano.
En efecto, ninguna revolución es más internacional en su propia génesis: la toma de la
Bastilla es un hecho típicamente francés. Pero todas las revoluciones son siempre
internacionales en la totalidad de su desarrollo. Las revoluciones insurgen inicialmente
contra sistemas, regímenes y concepciones gesticulantes -sé comprende - de maneras
diversas en sus diferentísimos estados. Durante, y a la conclusión de cada ciclo
revolucionario, en casi todo el mundo reina un orden nuevo. Los amotinados que en 1789
asaltaron la Bastilla parecían y eran, diez años después, la vanguardia de la joven
Europa. Las cosas no podían suceder de otra manera. No transcurrirán años, sino que,
deberán pasar sin duda decenas de años; no lo voy a negar.
Que es directamente actuante y operante la dinámica íntima
de los recursos históricos; y la lógica de su desarrollo es una, inmutable, y siempre
igual a sí misma. El recurso histórico ha sido proporcionado por la Marcha sobre Roma.
Para la democracia liberal, la Marcha sobre Roma ha sido, en realidad, la campana del
¡prontos al asalto! contra la democracia liberal. Es el primer ensayo de fracaso de las
construcciones ideológicas y cielos mitológicos liberales y democráticos, de su
substitución por una concepción nacional y social orgánica y original. El fascismo no
es artículo de exportación. Pero, entendámonos, ¿hasta qué punto? Con seguridad que
no hasta el punto de entender que el fascismo debía aparecer limitado a ser un puro y
simple episodio de la historia de Italia, sin ninguna repercusión posible fuera de ella.
La frase mussoliniana significa exactamente lo contrario.
Significa que el fascismo es la forma, el fenómeno italianísimo de la actitud y tensión
psíquica nuevas; lo mismo que el nacionalsocialismo es el fenómeno muy alemán; igual
que en Inglaterra, Francia, Rusia, Austria, etc., ya en camino, la renovación
revolucionaria asumirá aspectos y expresiones, en cada caso, inglesas, francesas, rusas,
austriacas, etc. Del curso revolucionario completo, general, habrá emergido una Europa
diferente. No un coacervo poseído en conjunto con una red de cadenas internacionales, sin
una Europa afianzada sobre fundamentos nacionales propios, basada en la naturaleza.
Nación por nación, Europa habrá hallado una estructura singular en que concertarse, al
mismo tiempo en consonancia con las tradiciones y condiciones singulares.
Pero la generación espiritual de la multiplicidad de estructura habrá sido común,
única y una. Y dentro de diez, veinte o treinta años, la cara de la Europa entera - lo
repito - no parecerá la de ahora, expresión de la actitud y tensión anterior. Me
limito, pues, a una tentativa de examen del fascismo en su génesis ideal y concreta, y
dejo al lector cualquier paralelo eventual con el similar fenómeno alemán.
Es el fascismo, por esencia, antiliberal, no solamente en el
tronco, sino sobre todo en las raíces espirituales. Ha liquidado de hecho este cosmos
liberal en que el ser humano se calcula siempre y solamente un individuo, un número entre
los números, y nunca un hombre. Al fetichismo común de la masa, el fascismo ha
substituido por vez primera, en la vida política, administrativa, económica de la
nación entera, una justicia jerárquica, equilibrada bajo un sistema de responsabilidades
individuales, postulando el principio de comando personal. Haber acentuado de manera tan
explícita la responsabilidad personal del mando la idea de dignidad del pueblo. Y similar
extensión ha habido en el orden corporativo instituido por el estado fascista. Dos
pilares. Una institución lúcida del ser humano singular en su humanidad personal; una
noción segura, y profundizada hasta las últimas consecuencias, de su aptitud para la
responsabilidad, y el mando, por un lado. Por otro, una doctrina corporativa, encuadrando
a la totalidad de los productores en la conciencia de un destino nacional común. Pero el
fascismo no es solamente antiliberal; es también antipacifista. Y he aquí que pareciera
presentarse un asomo de contradicción, puesto que, siendo antipacifista, encarna, sin
embargo, una garantía de paz. ¿Cómo resolverlo?... El pacifismo es doctrina, por su
naturaleza, radical, democrática. En la práctica política cuotidiana, se inspiran
sistemáticamente los cabecillas y santones de la democracia en él, cuando no son, por lo
general, más que portavoces de intereses particulares y utilitarismos privados: abogados
y procuradores de profesión la mayoría. Es realmente la cosa más natural del mundo que
hombres de esta procedencia intenten introducir en la lucha política interna e
internacional los procedimientos y la valentía de su profesión, y aunque no se lo
propongan deliberadamente. Y esto conduce al descubrimiento del cáncer del régimen
liberal, su enfermedad constitucional, el por qué congénito de su gangrena. Todos sus
partidos no eran sino coaliciones de intereses privados; todos sus partidos no podían
proyectar ni otear los problemas políticos estaduales más que de acuerdo al ángulo
visual obligado por esos intereses privados.
Añádese que, para los príncipes del foro, la tentación de
hacer del parlamento nacional un duplicado del foro, es verdaderamente demasiado fuerte.
Sigue como consecuencia que, en todo parlamento liberal, las indignaciones no son en
realidad indignaciones, los entusiasmos no son realmente entusiasmos.
Son odios y amores facticios y ficticios, para pasto de la
barra; son fintas esgrimidas bajo banderas programáticas ondeadas sin ninguna
convicción; son batracomiomaquias para la defensa de posiciones que, a telón bajo, nadie
piensa ya en defender. Y en los, intervalos entre acto y acto, los enemigos mortales de
poco ha continúan el paseo de bracete por los corredores, amigos y hermanos como antes,
mejores que antes.
Hombres de este género - es natural - no llegarán jamás a
comprender cuánta humildad y reverencia se deben hacia la patria, si de veras se sienten
hijos de ella. Ni siquiera en la patria, ni aún en la vida de un pueblo, saben reconocer
algo diferente, superior al despliegue de los intereses materiales más o menos asimilado
a cualquier otra alineación de intereses privados, más o menos confiados a su
patrocinio. Jamás ha visto ni sufrido tanto Europa que cuando se ha puesto en manos de
los abogados. Y en primer lugar, porque los señores abogados no son, tontos, y el ir a la
guerra no les gusta, prefieren enviar a sus clientes. Se necesitaba, por otra parte, que
el pueblo tonto no descubriese el truco un poco sucio; y, para ocultarlo mejor, se invento
y concluyó la doctrina pacifista. Los señores, con poco gasto, se habían pagado hasta
el lujo de ser humanitarios, en los salones, entiéndase bien. Lobos rapaces de frac y
sombrero de copa, como dijo en cierta ocasión Mussolini. El fascismo ha puesto las cosas
en su lugar, y también en el capítulo de la guerra ha querido ser franco ha preferido la
falta de misericordia de llamar a las cosas por su nombre. Tiene a menos condenar la
guerra en abstracto, y no recurre a ella en concreto sino cuando ha tropezado una, dos,
tres veces, conque la integridad nacional no podía, salvaguardarse ya de ninguna otra
manera.
Y Europa, repuesta sobre los propios fundamentos naturales y
nacionales - estoy seguro de ello - sabrá mantenerse en paz mucho mejor que la Europa de
hoy, espejo del desorden liberal. Los nacionalsocialistas de todas las naciones, hablamos,
en el fondo y hechos, la misma lengua; lengua de radicales espirituales idénticos; y nos
comprendemos por ello, mucho mejor que los liberales y demócratas; lengua que tiene el
coraje de defender a ojos vistas el honor de la patria propia, y rinde pleitesía siempre
al honor de la patria ajena. A través del antipacifismo de Mussolini, se había venido
afirmando, pues, una voluntad de paz tan profunda como valiente y, para los señores,
descarada; fue necesario ponerla en acción cuando Mussolini, en momentos en que semejante
actitud era contra el sentido de la corriente y los humores del tiempo, defendió frente
al mundo la causa de Alemania.
Tercer liquidación del fascismo: la extirpación del
anónimo. La democracia liberal jamás tuvo el hábito de llamar a las cosas por su
nombre. Quedar en la sombra: he ahí su gran pasión. Trabajar entre bastidores, exponerse
en el proscenio lo menos posible, no aparecer nunca por completo: estos eran los usos y
costumbres invariables de sus directores efectivos. Los que hoy están capitaneando la
oposición democrática, mañana hacen el hilo y manejan los títeres de la mayoría
gubernativa, y pasado mañana, si es necesario, pueden volatilizarse. Todo un estilo y
moralidad política, cuyas formas con- cretas y acabadas se llamaban, en Italia,
masonería: Sentadas, pues, las premisas antiliberales y antipacifistas del fascismo, no
debía dialécticamente descender su declaración de guerra a la masonería, hasta su
aniquilamiento total.
En realidad, la central psíquica de la masonería y la del
marxismo son de idéntica naturaleza; la socialdemocracia, el marxismo y la masonería no
obstante ser diversos en los matices antitéticos y métodos respectivos, se funden y
confunden en el modo de pensar y obrar, forman en sustancia uno sólo. Este modo de obrar
y pensar, Mussolini lo ha substituido con las normas de la responsabilidad plena, entera,
Mussolini ha asumido todo el, poder y ha dado todo el poder a todo el fascismo. Más no
para proporcionarse privilegios o preservarse de rendir cuentas. Antes bien, exactamente
al contrario, para echarse encima las cargas gravosas, y responder entera, abierta y
solemnemente de ellas frente a toda Italia y a todo el mundo. Norma y actitud que
presuponen a su vez una toma de posición antihumanitaria, el ataque frontal contra el
espíritu humanitario falaz, del cual nosotros sufrimos experiencias más que suficientes
bajo el régimen liberal democrático.
¡Humanitarismo!: Ostentarlo hacia los enfermos, hacia los
enclenques y todos loa oprimidos; más para poder después rechazar cualquier solidaridad
humana con la salud y la firmeza. Hacer profesión de la humanidad hasta que se detiene en
los ciudadanos, pero uno a uno, por separado; y renegar de toda humana caridad de patria.
Montar cátedra para predicar una especie de humanitarismo falsificado, morboso,
hipócrita; hacerse pregonero de una forma mental social, nutrida con promesas que son
mentiras; y no tener sucesivamente el valor de un acto humanitario, de una acción
realmente de hombre, de cortar por las raíces las desviaciones y las causas de los males.
Destruir esto ha sido la gran valentía de Mussolini. Implacable cirujano ha puesto al
descubierto, ha aislado las llagas de su tiempo y del nuestro, y, a través de un
tratamiento duro y doloroso de años y años, las ha cauterizado. Ha demolido hasta los
cimientos el mito humanitario embrollón de la democracia liberal, colocando y añadiendo,
más allá, una meta viril y heroica, no solamente para la clase política dominante, sino
para la totalidad del pueblo. La totalidad del pueblo marcha hoy hacia aquella meta y, en
la vanguardia, su flor: la juventud fascista. Pues la juventud italiana de hoy está
transformada, irreconocible; jamás, antes de ahora, su rostro viril europeo había
ostentado tanto valor, tanta firmeza, tanta confianza en sí misma, tanta audacia, tanta
temeridad. Es el resultado de la acción de Mussolini, es un heroísmo probo y generoso,
ofreciéndose a sí mismo a la nación, colocando la mayor y más meritoria aspiración
humana en estar al servicio de la nación fisiológica y psíquicamente templado para
dejar de lado el lucro material.
Juventud tan templada, dibujase hoy como la seña más saliente del aspecto político de
la joven Italia, y es natural. La peor maldición caída sobre la Europa de 1914 se ha
transparentado, quizá, en la fatalidad que todos los gobiernos de todos los estados, eran
gobiernos de gente vieja, que ninguna palanca de mando fuera maniobrada, en ninguna
nación, por los jóvenes. Y los viejos sabían demasiado bien que, si la guerra
estallaba, ellos y su generación no tendrían que hacerla ciertamente. Pero la
gerontocracia sobrevivió a la guerra mundial. Regresar de las trincheras a la casa y
encontrarse conque, después de cuatro años de calvario, todo en política seguía
andando como si nada hubiese sucedido...: he aquí algo que superaba la capacidad de
soportar de los jóvenes, algo que los exasperaba hasta el paroxismo. No hay que
maravillarse pues, si las ideas y palabras de orden de Mussolini se lanzaron bajo el punto
de vista en cuyo campo se agolpaba el pueblo y su furor, si el fascismo prístino, en su
centro, resultó un movimiento de combatientes, si Mussolini resucitó el estado de ánimo
de los soldados en las trincheras, si esta tensión, resucitada, se convirtió en la
levadura patética de la propaganda fascista inicial. En el llevar la juventud italiana al
frente, Mussolini se había dado cuenta claramente que la trinchera, para los jóvenes
había sido un curso acelerado de sabiduría civil y política, contrabalanceando con
exceso la insuficiencia técnica eventual, la hipotética falta de práctica.
Existiendo, además, prerrogativas que son virtud exclusiva de
la juventud, que no se le enseñan, que no hay escuela donde se puedan aprender. El valor
del riesgo, la facultad de poder hacer todo, de inventar todo, la posibilidad de la
acción política a largo plazo, sin la condena ni la espina del no deber ver la
desembocadura..., éste es hoy, por el contrario, el privilegio inestimable de la clase
política dominante fascista.
Clase de jóvenes, y, por lo tanto, de hombres, no con un gran porvenir dentro de sí,
sino con la vida y el vasto futuro delante; que se han desprendido del miedo a la muerte,
más para reconquistar el sentido reverencial de la muerte; que saben ver las cosas tal
cual son, y de como se quisiera que fuesen; sin contagios sentimentales, sin inclinaciones
patéticas deformadoras, sin romanticismos nebulosos. En su lugar, un estilo mental y
moral nuevo, un romanticismo viril y energético, acerado y heroico; el romanticismo de
nuestro siglo. En realidad, la Italia joven y fascista es riquísima y abundante en
fuerzas creadoras. Gracias a éste su almacenamiento de energía, pudo proponerse e
imponerse los problemas aparentemente más insolubles; y cuanto más difícil se le
presente la solución, con tanto mayor entusiasmo lo ataca de frente y en bloque. La
Italia fascista y joven puede osarlo, porque está en posesión de las premisas
indispensables, porque lo mejor de su pueblo está en el vértice de su régimen.
Envuelta en el ardor de crearse su nueva historia, libre de la
bola de plomo al pie de las coaliciones de intereses y los complots de facciones, puede
poner ahora, efectivamente, en el platillo, el peso entero de su potencialidad. El
fascismo es, en sí, la idea de un hombre único, madurada en la mente de una
individualidad de especie única, de un genio; pero la chispa se acrecentó cuando la
idea, inexpresa todavía, estaba sin embargo ya en el aire, casi en suspensión .Y
Mussolini aborda empresas propias de rarísimos ejemplares humanos, en nombre de los
cuales habla Goethe: ...y si los fiambres bajo el dolor enmudecen, un dios me conceda la
palabra de aquel que sufre...
La tensión, la aspiración flotante en el aire, oscilante,
continuamente indecisa, la captó Mussolini, supo constreñirla en verbo activo, en
acción lógica; suyo fue el arte de transportarla, de la zona de lo incognoscible, a la
esfera del conocimiento, suya fue la virtud de promoverla, de la oscuridad de la
subconsciencia, a la luz meridiana del mundo consciente. Idea de un hombre único, el
fascismo deviene la confesión y profesión de fe de un partido político nacional; fe de
una parte política, brota según el modo de pensar, sentir y vivir de un pueblo, surge
con la esperanza de toda una nación.
Es superfluo extenderse en demostrar que el ejecutor de una
obra tantoe molis debería ser un hombre, necesariamente, de dotes innatas
extraordinarias. Duro, muy duro, para la serie de los más diversos y variados exteriores
que se han abocado a una interpretación definitiva del fenómeno Mussolini. Lo ha
experimentado, en su juicio, la dialéctica hebraica, se han fatigado por ello las
retóricas reaccionaria y marxista; Fatiga inútil, a mi ver, Mussolini escapa a la
órbita del cuadro de toda especie de cesarismo, su estatura sobrepasa el parangón con la
de todo jefe de partido.
En él, la juventud se multiplica por la voluntad; Es lógica,
coincidencia y resultante de elementos, desde ya y de por sí, no solamente necesaria,
sino suficiente para poder llevar a cabo una transformación política cuando, como en el
caso de Mussolini, la personalidad en que la síntesis se efectúa sea detentadora del
poder, o si las corrientes delineadas u hombres le bastaran para esperar conseguirlo.
Además, en quien haya nacido de la cuna popular con la misión de atraer sobre si la fe
popular, de objetivar en sí la dedicación nacional entusiasta, ocurre y ayuda una
tercera determinante: el crisma de la facultad de entrar en contacto y quedar en contacto
inmediato con el pueblo, con esta aura sutil propiciatoria, con esa aureola de especie
mágica, siempre advertida y reconocida en torno de los héroes nacionales predestinados.
Un factor incoercible en la fórmula de una definición, un
poder que es imposible llegar a expresar, un equilibrio entre la conciencia de la
superioridad y la generosidad humana y viril, entre la aptitud ingénita para el mando y
la moderación sabia: ésta es la esencia de Mussolini. Hombre todo instinto y percepción
magnética, es la llave que abre el camino real orientado al corazón del pueblo italiano.
En nuestra primera entrevista, a los diez minutos estábamos
ya de acuerdo.
Organización del partido, tiempo de la revolución, orden
corporativo, partido y estado, forma y contenido del estado; este complejo totalitario de
problemas, Mussolini lo abarca unitaria e instintivamente. Si existe una persona con la
cual un nacionalsocialista auténtico se entienda al vuelo, esa persona es Mussolini. Con
él no hay necesidad de discutir punto por punto ninguna cuestión: una relación, un
bosquejo, y todo queda claro y en su lugar. El corazón de las multitudes Italianas late
al unísono con el de él, y jamás estuvo con nadie como con él. Y si doce tribunos
marxistas trinan contra la dictadura italiana, no hay más que volver a aplicar una
historieta famosa, y los oradores no son otros que los zurradores de piel que se han
quedado sin piel.
Puerilidad, insulsez, traje ridículo, todo el mundo sabe
cómo van las cosas en realidad. Material magnífico para cualquiera, en Italia. Y un buen
corte. En Italia, el vocablo marxismo ha desaparecido por completo de la lengua viva, y
cuanto más la palabra bolcheviquismo, que hay que ir a buscarla en los diccionarios donde
la vida la ha expulsado y confinado.
El Duce siempre tiene razón. Es una frase tal vez en parte ininteligible, al menos para
nosotros los alemanes; no obstante, hablando y pensando de manera italiana, la fe de todo
un pueblo se expresa en su complemento y coronación. Es una frase humanamente no
acuñable sino dónde y cuándo la mayoría enorme está archiconvencida, en su fondo más
profundo, de que el hombre de clase única está del lado de la razón. Al faltar hechos
explicativos de perentoria premisa similar - es evidente - hubiera tenido repentino sabor
a delirio o bufonada, y no hubiera sido tomada en serio ni repetida. Il Duce ha sempre
ragione. Es, por el contrario, una proposición plenamente creída y representa una suma
tan enorme de confianza y dedicación, un capital psíquico nacional tan seguramente
imponible y convertible en acciones políticas concretas, que quererlo aumentar aún
sería realmente imposible.
Mussolini es el arquetipo ideal de la juventud italiana. No
hay balilla que no lleve consigo su fotografía, no hay italiano que no lleve su imagen en
el pensamiento.
Es el hombre de los obreros y de los campesinos, que comprende
al pueblo y se encuentra bien sobre todo en medio del pueblo, que no quiere hacerse fuerte
con el pueblo, sino hacer fuerte al pueblo italiano.
El tipo militar nuestro - prusiano, germánico - se ha
encarnado históricamente es una dualidad antitética de caracteres físico psíquicos
preponderantes: en complexiones macizas, más bien robustas y duras, por una parte, y en
complexiones descarnadas, ágiles y nerviosas, por otra. Se puede reconocer la perfección
ejemplar del segundo subtipo en Moltke, general que sabe manejar lo mismo la pluma y la
espada, tan artista nato como estilista consumado en las Cartas turcas. Y sobre todo, en
el equilibrio inimitable de Federico II de Prusia, rey y condottiero, músico enamorado de
su flauta, y escritor Soldado insigne, mataba continuamente en sí al artista para que el
creador de historia viviera, y en lucha tal se ejercitaba máximamente su heroísmo, se
testimoniaba su calidad virilmente humana. En Mussolini, ahora me parece vislumbrar algo
semejante. Es un soldado, pero también es artista; es también todo instinto, intuición,
percepción magnética; en conclusión, conocimiento directo, conocimiento virtualmente
infalible. Alguna vez, en cualquier particular secundario, podrá darse el caso que se
equivoca también; él; pero en las cuestiones capitales es constantemente rectilíneo,
seguro, con una seguridad sublime, de clarividente.
Proponeos ahora una definición semitemeraria, y llamaréis a
Mussolini romano prusiano. Un antiguo romano, con la disciplina prusiana, la alegría de
trabajar prusiana, el heroísmo prusiano; aparición única y, a punto en su unidad, no
concebible ni posible más que en la tierra madre del romanismo.
Y si el fascismo es la obra maestra, su persona es el centro
viviente de la Italia fascista. Mientras, la infalibilidad instintiva mussoliniana se
revela y afirma en su método de acción demiúrgico en haber obrado siempre de abajo
hacia arriba, y no al revés. Y entendamos bien que, si lo hubiese querido, habría podido
elegir, en su lugar, el sistema contrario, sin dificultad, sobre todo sin la dificultad de
Hitler, por cuanto se hallaba, ya a la cabeza de un partido potente y, por lo tanto, en
las alturas. No; Mussolini prefirió establecerse en las raíces, deliberada y
conscientemente; que para subir se va de las raíces al vértice, pero desde el vértice
no se puede ya descender; las cosas son así y no de otra manera.
Conciencia heroicamente lúcida, Mussolini debió, por ello y
ante todo, plantearse a sí mismo este axioma: sí el fascismo vence, le espera una
victoria total. El fascismo no ha nacido para comerciar con los demás partidos, y mucho
menos para soportar otros dioses en su cielo. El fascismo se juega el todo por el todo: o
llega, o fracasa; si fracasa, ha perdido de una vez para siempre: mas si llega, todo le
pertenece por derecho y también para siempre. Y en consecuencia, con una serie cerrada de
golpes asestados al corazón, pone fuera de combate, uno tras otro, a todos los viejos
partidos.
De los viejos partidos, en Italia, hoy ya, no se acuerda
nadie: socialistas, anarquistas, comunistas, populistas... pertenecen a la arqueología,
¡y de qué calidad! El fascismo ha encuadrado políticamente a la totalidad del pueblo;
ningún pueblo, en realidad, pudo ostentar jamás un cuadro, una armazón semejante que lo
sostenga y distienda, diferenciada según los diversos lugares y tiempos, sea, como es
evidente, en la configuración externa, sea en el proceso formativo íntimo. El sistema
encuadrador asume una estructura histórica, en cada caso variada; es un orden religioso y
guerrero, es una jerarquía militar, es un organismo político y civil, denominable
partido: condición inmutable, rigurosa, que perdura solamente por la presencia y la
acción de mando de una minoría dirigente.
El patriciado romano antiguo, el ejército prusiano, el fascio
de combate en la Italia fascista, el movimiento nacionalsocialista en la Alemania
nacionalsocialista. Una armazón, una osamenta tal, no es posible ni concebible más que
dentro del estado: fuera, sería absurda. El estado orgánico se constituye y construye
alrededor de este esqueleto y armazón que es la presuposición ad hoc de su organismo, de
su solidez, de su consistencia. Hacer del fascismo una función orgánica del estado: he
aquí el problema capital en la evolución fascista próxima pasada. Los fascios de
combate no flanquean el estado ni marchan a su zaga, sino que se funden y confunden con
él: fascio y estado se convierten en una unidad hasta en la convicción de cada fascista.
El tiempo se colorea con las imágenes y semejanzas de los mayores; para hacer la historia
quedan los descendientes.
Mussolini ha llamado oportunamente al secretario general del
partido fascista para formar parte del gabinete, confiriéndole el grado y las
prerrogativas de ministro en ejercicio.
Uniformándose con el impulso recibido desde arriba y partido
desde el centro, la intromisión del partido en el estado ha continuado en sentido
descendente y hacia la periferia, con un ritmo natural y sin sacudidas, en tal forma que,
al término de una evolución apenas decenal, fascismo y estado italiano son, exacta y
realmente, todo uno.
Y de esta manera ha podido dedicarse en cuerpo y alma a la
conjunción permanente con la totalidad del pueblo.
¡Desgraciado de aquel gobierno que se eche sobre las espaldas el peso de toda
responsabilidad y, después, sueñe mantenerse en contacto con el pueblo a través de la
aplicación de la ley desnuda y cruda! ¡Con seguridad que el régimen que no tiene
confianza en nadie y no cuenta con nadie, debe levantar su burocracia y policía! Un
régimen goza de vitalidad solamente cuando tiene tras sí y consigo una nación. Ni esta
condición tendrá si su política no es nacional y popular. Entendámonos: ser fascista,
como ser nacionalsocialista, constituye la prerrogativa ambiciosísima de una minoría.
Pero no estamos en presencia de una minoría que tienda a
depositarse en la superficie para cubrirla y hacer de revoque en la fachada, o viceversa,
propensa a aglutinarse en la capital, a coagularse, para disponer después a su capricho
desde la central. Trátase de una minoría distribuida jerárquicamente en el organismo
del estado entero, incorporada orgánicamente a la vida total y totalitaria de la nación.
El jefe de la jerarquía ocupa el vértice de la pirámide; en
la degresión del vértice a la base, la pirámide se ensancha proporcionalmente, y su eje
de simetría se identifica con el eje de simetría del pueblo, de la nación, del estado
italiano. Propulsor originario y órgano inicial de la revolución, el partido fascista se
convierte con pleno, con plenísimo derecho, en órgano del estado fascista.
El jefe del gobierno es, simultáneamente, jefe del partido, y
el partido no es, por consiguiente, sino la forma y la expresión plástica de la
voluntad, pensar y acción fascistas; la Italia contemporánea sería imposible
figurársela sin el fascismo, puesto que el fascismo ha permeabilizado, hasta la fibra
más íntima, el tejido del pueblo italiano.
La nueva generación es su hechura y propiedad; la juventud
crece a su calor exclusivo, sintiéndose parte viva del estado. Los fascistas más
jóvenes advierten también, casi por fuerza de un fenómeno de correspondencia
subconsciente, que en Alemania se está recorriendo una evolución similar. Fue demasiado
calurosa la acogida que me prepararon los jóvenes fascistas para poderla explicar como
convergencia de intereses materiales: demasiada cordialidad para poderla reducir a una
coincidencia de directivas políticas internacionales. Revelaba un estado de ánimo más
consonante, más profundo.
"Nosotros lo concebimos de la misma manera. Vosotros, en
Alemania, queréis llegar idéntica y exactamente a lo que nosotros en Italia".
Consonancia íntima, abiertos panoramas nuevos.
"Una cosa es una revolución y otra una asonada. En 1918,
los alemanes tuvimos una asonada en casa; hoy, en su lugar, se ha llevado a cabo una
revolución. En la víspera de la Marcha sobre Roma, Italia contemplaba la asonada en su
casa; la acción de Mussolini desde entonces hasta ahora, continua, y progresiva, todavía
en pleno desarrollo, constituye, por el contrario, la revolución fascista. Las
revoluciones jamás reniegan de las tradiciones nacionales: las tutelan, las salvan, en
cambio. Ni destruyen nunca por el gusto de destruir: demolen, aniquilan, sí, pero siempre
y cuando sea rigurosamente necesario, indispensable, para dar lugar a las fuerzas vitales
nuevas.
También la revolución fascista, también Mussolini, han
dejado estar las cosas como estaban frecuentemente, incluso con mucha frecuencia, cuando
no representaban una rémora para el impulso vital revolucionario.
Revolución de jóvenes la fascista, está en ligazón
consciente con la tradición nacional, está dotada del sentimiento reverente de la
historia nacional y del purismo tradicionalista más exigente. Y es profunda su aptitud
para transformar en propia tradición su mismo pasado próximo ya histórico. Todo
fascista está persuadido que la historia de la revolución fascista, desde su primer
comienzo, ha constituido una sola cosa con la historia de Italia; y tienen razón.
Igualados en la veneración nacional a los Mártires de la
causa nacional, los mártires de la cansa fascista son señales idénticamente luminosas,
como en nuestro lied (1), los fascistas muertos marchan todavía entre los fascistas
vivos.
Así ha sido el partido fascista el crisol metafórico del pueblo italiano; así es el
crisol real del pueblo fascista; así, en ese crisol, la heterogeneidad de la materia
prima humana se refunde en la homogeneidad de una sustancia humana plasmable, de cualidad
civil, política: la mano creadora del genio artístico-político extrae de allí la
figura viviente actual.
Y el régimen se auto defiende, sin necesidad de una policía adecuada, en especie, ni de
cualquier otra forma de coerción material, en género. La medida de su fuerza es igual a
la de la nación italiana, y es la misma medida porque es la misma fuerza. Es un hecho que
el partido ha absorbido el partido de la multitud, y la multitud al pueblo, y el pueblo a
la nación, y es erróneo decir hoy Italia, si no se quiere decir a la vez fascismo y
Duce.
En el sector Occidental de Europa se ha esparcido y propagado
la especie de que la inteligencia y cultura italianas, o son de corazón contrarias al
régimen fascista, o, en el mejor de los casos, subsisten bajo una actitud llena de
reservas. Cháchara cretina y manipulación de los notorios manipuladores profesionales de
la "opinión pública" occidental inspirados por los apetitos personales, ni
siquiera merece la pena de ser rebatida. Los intelectuales auto segregados del fascismo
son ramas secas que sería una lástima reverdecieran en tan buen terreno; ocuparse de
ellos, lo repito, sería perder el tiempo ahora, ya que han caído bajo la maldición más
antipática exactamente para toda eventual aspiración a la inteligencia: ¡fastidiosos!
Mas son personas sin ningún interés para nadie, mientras la vida incoercible y bullente
sigue derecho, mientras las fuerzas revolucionarias jóvenes suscitan y vivifican la forma
del nuevo orden social. Toda Italia se halla reconstruida, transfigurada: las multitudes
inmensas arden en el mismo ardor que no se extingue en su jefe, renacen en la voluntad
idéntica y unitaria de encarar de frente la totalidad de los problemas.
La revolución fascista recorre, vencedora, una vía real; y
si un par de intelectualoides desequilibrados y dejados de la mano de Dios, se hacen los
locos en la calle y gritan, y echan veneno, habrá que recordar que los rebuznos del asno
no llegan al cielo. La actividad cinematográfica fascista apenas ha entrado en un ciclo
productivo radicalmente renovado; principios por ahora modestos, mas ya significativos,
por otra parte.
Se ha visto una serie de los primeros ensayos hasta aquí, en
Alemania. Desde el punto de vista técnico paro, nosotros, en verdad, estamos más
adelantados que en Italia; si en su lugar el juicio se efectúa sobre la voluntad de
figuración de la causa, de representación del destino nacional, Italia está más
adelantada que nosotros, al menos hoy.
Y lo esencial, a mi parecer, es esto. Todo lo demás se puede
aprender; habilidades prácticas e ingeniosidad técnica, son accesorias: basta trabajar
con un cerebro sano para llegar a apropiarse de sus secretos; lo que no se enseña es el
espíritu vivificador, el impulso suscitante.
El fascismo, en primer lugar, ha osado la experiencia de hacer
del cinematógrafo un instrumento de acción estadual-nacional directa. Hoy por hoy no
sabría dar una opinión definitiva sobre el éxito final del experimento, ni tampoco,
sobre la oportunidad eventual de una repetición de él en Alemania. Yo he considerado,
desde el principio, que toda nación es y debe ser nacionalista a su modo, que importar a
tontas y a locas un nacionalismo extraño será tan cómodo como insensato y
malaventurado, que es necesario tomarse el trabajo de pensar con la propia cabeza, que es
preciso descubrir, inventar la armonía perfecta entre el orden jurídico-social nuevo, de
un lado, y la estructura nacional-específica alemana, de otro.
Inspira admiración, en esta Italia rejuvenecida, la audacia tenaz con que se edifica.
"Una línea similar empieza a trazarse ahora en Alemania; y no con la intención de
calcar la horma de la revolución fascista, sino en realidad, para corporizar nuestra
convicción madurada. Ni las reformas que transmutan el flujo continuó de la vida, ni las
revoluciones que transforman el ritmo cotidiano, son automáticamente suficientes para
eternizar a sus héroes, las naciones; no es eterna más que la indestructibilidad de la
piedra. Hacer de la piedra eterna un monumento a la eternidad de la nación: he aquí el
privilegio superior, del cual se exige sean investidas.
Italia lo posee. Inmediatamente alrededor a la Roma antigua y vieja, se ha levantado otra
ciudad; se han derribado barrios enteros; se ha edificado en las afueras un foro de
mármol ciclópeo; se ha irradiado en la península un sistema de carreteras de
inigualables longitud, comodidad, amplitud, estabilidad. Habrá quien se figure que de
estas hermosuras, no disfruta el pueblo italiano; habrá quien se imagine, en los hombres
del campo, monólogos como éste: ¿Qué beneficio trae hasta mí el foro romano?... ¿La
autovía?... ¡Por ella van los autos de los señores!... No es cierto, sino lo contrario.
Desde el primero al último, todo Italia no siente y sabe que éste es su campo de
deportes, que ésta es su autovía, que este conjunto de obras lo ha creado la fuerza
creadora perpetua del ingenio italiano; y en años en los cuales el resto del mundo estaba
sacudido por accesos de fiebre, se hallaba convulsionado por la crisis.
Nosotros tenemos el deber de llegar también al mismo punto,
en Alemania; la voluntad de perpetuarse en la perpetuidad de la piedra, hasta ahora
prerrogativa de hombres singulares, debe brotar en el orgullo de todas las naciones sin
excepción. Todas las naciones deben imponerse este acto de voluntad. Y dentro de dos mil
años, los monumentos sobrevivientes serán testimonios de nuestras generaciones de
constructores.
En Italia, la ley de prensa ha sido reformada
fundamentalmente. También en Alemania es de urgencia fijar con rigor los derechos y
deberes de la prensa alemana, y pronto. El criterio legislativo italiano en esta materia
no lo podremos adoptar más que parcialmente, al no coincidir, en una porción de casos,
con la índole nacional alemana.
Pero tendremos que afirmarnos en una base común, y la prensa germánica estará también
disciplinada en cuanto a actividad y responsabilidad pública se refiera, ya que el
derecho de ejercitar la profesión periodística es, para con el estado, un deber. A los
médicos no se les permite efectivamente el ejercicio de la medicina sin la habilitación
del estado, y nadie encontró en ello nada censurable.
Con mayor razón, con mucha mayor razón, nadie tendrá que
censurar nada si el estado se arroga el derecho de conceder la habilitación inherente a
una categoría de profesionales que, en realidad, podrían y pueden envenenar el cuerpo
social.
Entendámonos: no se aspira a un nivelamiento total y totalitario de la opinión pública;
se exige y quiere, en orden a las instancias nacionales vitales, una opinión pública
nacional, pero una sola: ¡no dos o más! Hay Quien sale a predicar que la propiedad es un
robo, mientras otro dice que es la quintaesencia de la civilización y el progreso. Para
éste, la religión es el nivel definitivo de las aspiraciones humanas; para aquél, por
el contrario, es el opio del pueblo. Pluralidad inadmisible, simultaneidad absurda. Hay
que dar la razón al que la tenga, y el que esté de parte del error que elija.
En situaciones anónimas, en cuestiones de pura forma, los
pareceres son libres para multiplicarse; pero cuando se trata de problemas capitales, la
solución, la respuesta, es y debe ser siempre única. Y si las cosas no marchan así
espontáneamente, entonces el deber de quien responde del estado nacional es uno solo:
hacerlas marchar así de cualquier modo, meter en cintura al que lo necesite; y no dejar
que campeen por sus respetos, con su "temperamento individual", el señor Tal o
el señor De Cual. Nosotros no nos hemos colocado en el lugar de mando para vigilar un
cultivo bacteriológico de "temperamentos individuales; nos hemos colocado para
conquistar para la nación, su derecho a la vida.
Desde la copa a la raíz, la Italia fascista está saturada de la savia de la energía y
de la seguridad en sí misma. Lo cual es formidablemente hermoso, y á nadie le pasa
jamás por la mente que eso pueda terminar.
Se reemprende a todo momento, y al encontrarse con cualquier
nudo de dificultad, se corta; y no se interrumpe jamás el ritmo acelerado del trabajo; y
se exploran sin descanso los sucesivos obstáculos, abatiéndolos sin un instante de
titubeo; y el pueblo es consciente de ir guiado por los mejores de sus hijos, por la
sabiduría más segura y más responsable.
Y a los italianos se les nota hoy en la cara. El primer
italiano con que os cruzáis al salir, es un individuo convertido en propaganda viviente
de la idea fascista. Por otra parte, es una experiencia sencilla de verificar; cualquiera
que pase la frontera italiana, fíjese en el primer camisa negra de la milicia; ese
romanismo viril, sano, consciente de su fortaleza, se podrá buscar por toda Europa, mas
no se le encontrará en otro lugar. Lo dice la fisonomía, el porte: somos los hijos de la
Italia fascista, los descendientes de los legionarios de Roma.
Experiencia para mí, tangible, sensación plástica, en la visita a Littoria. Hasta
ahora, ha habido quienes quisieran discutir si el rescate económico de la zona pantanosa
ha sido integral; pueden seguir discutiendo hasta que se entiendan. La misma circunstancia
de haberse o no instalado en ella ochenta mil personas termina por resultar, en último
análisis, secundaria. Lo que cuenta y vale es el coraje que ha querido y quiere, es la
fría temeridad de haber emprendido y haberse empeñado en empresas como ésta. En primer
plano no queda más que el hecho de que, en solo un hombre, en plena paz, haya madurado la
decisión de reconquistar para su país una provincia como ésta, haya madurado suficiente
persuasión como para persuadir y apasionar a la nación entera.
Para los nuevos italianos, Littoria es la gema más bella de
la corona de Italia: la ciudad, la provincia, la obra maestra de nosotros, del fascismo.
Observamos la obra maestra en acción, notamos que se personifica en los colonos de las
lagunas pontinas disecadas, uno por uno. Los colonos no hacen, ciertamente, una vida
señorial, y envidian la suerte de otros; pero no hay uno que no sea fascista al cien por
cien. Son gentes en quienes ha hecho presa la solidaridad creadora de aquella voluntad,
aunque las palabras que pronuncien sean rústicas. "Entre tanto, se ha reconquistado
una provincia.
En dos mil años no lo habían hecho: nos corresponde a nosotros fascistas. Nuestros
combatientes, que hicieron la guerra en las trincheras, se han destacado. Y quien nos ha
llevado a este lugar ha sido él, nuestro Mussolini".Y se ha acumulado así un
capital de confianza nacional enorme, que fructificará inmensamente. Y el fascismo es
para la nación como un demonio incitante a la acción constructiva.
Italia es un taller, una disciplina, una tensión, una urgencia: obra, y días
concentrados en la obra. Es un pensamiento coral, unánime, dominante. "No hay tiempo
que perder, no es suficiente la vida disponible para permitirse el lujo de
apoltronarse".
Un tractor puede servir de símbolo. Si se ve a un tractor
surcar un pantano de estos y, con, el tronco al sol, dos jóvenes fascistas manejarlo
cantando a todo pulmón, al unísono con el ronquido del motor, se siente entonces
verdadera admiración: ¡qué no sabrá hacer el pueblo italiano, qué no se obtendrá de
ese pueblo, si quienes lo guían son auténticos hombres! Y la admiración vuelve a
producirse al correr sobre las perfectas carreteras asfaltadas, amplias de un extremo a
otro, extendidas por toda la superficie, del territorio nacional; tipo formidable de
propaganda directa sobre los turistas extranjeros, red fantástica que ha absorbido
inversiones sobre inversiones, esfuerzos sobre esfuerzos. Mas la nación se enorgullece;
pero Italia ya no es el país del dolce far niente y del dejar pasar; pero los italianos
se han apropiado, como divisa silenciosa, de la respuesta de Guillermo I: "no hay
tiempo para sentirse cansado".
El pensamiento de Mussolini continúa influyendo sobre el
pueblo trabajador, aún cuando la jornada de trabajo de los prestadores de mano de obra
haya terminado. El Dopolavoro (2), con sus inscriptos a millones, es creación de sano
origen, del fascismo; y sus actividades, promovidas y patrocinadas por el régimen, son
múltiples y variadísimas: teatros populares, espectáculos y fiestas, sports de todas
clases, jiras culturales, excursiones y cruceros, enseñanza del canto coral. En Verona
encontré el Carro de Tespis: en un escenario improvisado en la Piazza dell'Erbe, se
representaba una obra.
Y desfilaron ante mis ojos el tenis; la cancha de foot-ball, los dispensarios y la
enfermería, los hospitales de la "Obra-Nacional Maternidad e Infancia", los
parques populares extensísimos, concebidos y ejecutados con gran atrevimiento.
Es ejemplar, en Roma, la actuación de la legislación social, el ajuste asistencial.
El ciclópeo Foro Mussolini lo encontráis lleno de niños y
adolescentes encuadrados en la "Obra Nacional Balilla". Persuasión inmediata,
propaganda irresistible; nadie puede sentirse jamás abandonado a sí mismo: el estado
nacional te toma por la mano, te educa, te forma, te recrea; (por una bicoca vas al
cinematógrafo, pasas la velada en el teatro, te abonas a una temporada de conciertos. Tu
soledad queda abolida, el estado es para ti asistencia, protección; ya no se encarna para
ti en la inquietud del agente de impuestos, se ha convertido ahora en el garante que no te
traiciona. La solidaridad social es de figura grandiosa y llena de majestad. Y no sólo
para las generaciones presentes y crecidas, sino también, sino sobre todo, a beneficio de
las generaciones futuras y a nacer.
Mussolini adora a los niños, es su, amigo reconoce en ellos
la riqueza nacional verdadera, predispone todo sistema de providencia social apto para
acrecentarla. Los asilos, las ambulancias, los hospitales y todas las demás instituciones
de su "Obra Nacional Maternidad e Infancia", son la última palabra en
cuestiones de prevención, profilaxis e higiene.