
¿POR QUÉ QUIERES AMARME?
Giovanni Papini
¿Hay verdaderamente alguien que tiembla si acaricia despacio mi frente o si esconde su
pequeña mano en sus cabellos? ¿Hay verdaderamente un rostro que enrojece cuando mi voz
confiesa una involuntaria ternura? ¿Hay acaso un pecho que suspira y se agita si le
acerco o lo estrecho con fuerza contra mi pecho, y unos labios que se vuelven cálidos y
blandos si yo los toco con mis labios?
Piensa, ¡piénsalo bien! No me contestes en seguida. No me digas que todo es verdad y que
yo no sueño, no tengas piedad de mí. Que nadie tenga esa piedad de mí. No permito a
nadie que me consuele. Mis lágrimas son mías, son de mi propiedad, salen de mi corazón,
bajan de mis ojos. ¿Por qué esta pequeña mano me acaricia lentamente para ser bañado
por el llanto que es mío?
¿Es posible que alguien quiera arrebatarme una parte de mi dolor? ¿Es posible que
alguien me espere con impaciencia, con ansiedad, observándome desde lejos con ojos
claros, escuchando con la respiración contenida mis pasos que se aproximan? ¿Es posible
que mis palabras más indiferentes sean recordadas: que una mirada mía pueda producir
alegría; una sonrisa mía, la promesa de la alegría; un gesto mío la certeza de la
alegría?
No me contestes todavía. No me digas que todo eso es posible, y que otras cosas, además,
que no conozco son posibles. No podría creerlo, ¡no quiero creerlo! Piensa, pues,
¡piénsalo bien! Se trataría de un hecho tan maravilloso, tan increíble; tal vez nuevo,
tal vez único. ¡Piensa pues, por un momento, en lo que significaría si fuese cierto!
Otro ser-un ser distinto de mí, no conocido antes por mí-vive solamente para mí, piensa
con mi pensamiento, siente con mis sentimientos, se atormenta con mis súplicas, goza con
mis alegrías, acerca su cuerpo a mi cuerpo, penetra en mi alma con su alma y me ofrece
todo lo que posee y todo lo que tendrá y todo lo que yo pueda darle.
¿Tú crees que eso puede ser verdad, aunque sea por un momento? Yo recuerdo, sí, haber
apoyado mi cabeza en su hombro, haber estrechado juntas sus frágiles manos llenas de
venas, haber besado varias veces su boca y haber escuchado durante horas enteras la
suavísima música de su aliento; pero todo esto ¿qué demuestra? ¿Era verdaderamente yo
mismo, en persona, en aquellos momentos? Y ella, ¿quiso decir verdaderamente lo que yo
quise entender en la inconsciencia de la efímera felicidad?
No sonrías, no muevas la cabeza, no contestes ni siquiera sí, te lo ruego. Tú sabes
perfectamente que todo eso es una ligera tela de imaginación tejida por las blancas manos
del ocio.
¿Por qué debería ser cierta para mí una cosa tan imposible? ¿Qué he hecho yo para
tener el derecho de recibir en don una vida?
¿Qué soy sino un pobre poeta vergonzoso que esconde sus torturas, igual que una mujer
avara esconde sus collares? ¿Qué soy sino un trágico peregrino, orgulloso de su gran
capa, pero que no sabe encontrar su casa y su cama?
¿Acaso he realizado algo grande? ¿He dicho unapalabra que los hombres no hayan olvidado?
¿He hecho olvidar a los hombres una sola de sus penas?
¡Si supieras cuánto me desprecio y qué desesperado disgusto tengo por mi alma! Cuando
los otros me creen soberbio, orgulloso, satisfecho, yo estoy pensando en cómo hacer menos
despreciable mi vida, menos desagradable mi alma. De una sola cosa siento a veces
soberbia: del sincero y profundo desprecio que tengo por mí mismo.
¿Qué hay, pues, en mí que pueda hacerme amable?
¿Qué encuentras en mi alma insatisfecha y, sin embargo, vil que pueda darme el derecho
de hacer sufrir a tu alma? ¿Qué puede interesarte de mis alegrías olvidadas, de mis
sueños siempre derrotados, de mis voluntades impotentes, de los recuerdos que yo mismo
temo ver desaparecer?
No es posible, no, que alguien me ame. No quiero que alguien viva para mí. No puedo amar
y no quiero ser amado. Dejadme tranquilo. Dejadme solo. No quiero sentir nada, no quiero
ver a nadie. No sé qué hacer con vuestras caras sentimentales y vuestras frases
punteadas de suspiros.
¿No sabéis lo voluptuosa que es la voluntad voluntaria? ¡Qué dulzura en el alma que ya
no quiere esperar!
¿Todavía estás aquí? ¿No te había echado sin mirarte? ¿Por qué me miras como si no
quisieras ver otra cosa que mis ojos? ¿Por qué tus cabellos son tan finos y por qué
algunos mechones son casi rubios? No abras la boca. No respires demasiado fuerte. Tu mano
es dulce, lo sé. Tu mano es fuerte, lo sé. Pero ¿por qué te aproximas tanto? ¿Por
qué tu corazón se estremece de repente? No me mires así, no me aprietes tan fuerte la
mano. Bien sabes que yo te amo y que no quiero amarte
¡Pero, bésame pues! ¿No notas que ya no sé resistir? No me digas que sí. ¡Bésame
más! Bésame en los ojos. Ciérralos con tus labios y que yo no vea nada, que no sepa
nada, y solamente sienta tu corazón que late-tu corazón apresurado, furioso, frenético,
tu pequeño corazón que late y que late para mí.
Giovanni Papini, Narraciones- El Piloto Ciego, 1959, Ediciones Aguilar, Madrid.
 |