El Paso inmortal del Capitán
Corneliu Zelea Codreanu

Escrito por stukas_im_visier

"...Me he tendido en la cama. Estoy cansado y tengo frío. Parece que hace tanto frío como en Jilava. Me duermo, pero un ruido me hace despertar. Miro a mí alrededor. Un ratón, subido sobre la mesa, había comenzado a roer la comida de un paquete. Lo ahuyenté. De nuevo he dormido y desperté de nuevo. Estuve así hasta las doce, volándome lejos los pensamientos. Me trajeron para comer sopa con carne. He probado un poco de carne y algunas cucharadas de sopa. Salgo al patio, vuelvo a la celda, me acuesto, me levanto y así me paso el día. La cena consistía en sopa sin carne. No tengo apetito. Por la noche después de cenar, me ha examinado el médico de la prisión. Una mala noticia. Me encontró las puntas de los pulmones y la parte inferior atacados. Me ha dado una receta. Inyecciones de calcio, una pomada para untarme y algo para recuperar el apetito. Mis pobre pulmones no pueden sufrir más. Después que he sido atacado en mi ser moral, después que he sido tratado con barbarie desde el punto de vista físico, ahora viene sobre mí un tercer ataque: me atacan los microbios."
¡Pero Dios ve y recompensará!

Así sube el Capitán, como lo llamaban sus Legionarios, Corneliu Zelea Codreanu, con el alma cargada de amargura, hacia la última etapa de su calvario. Pues si con todas las mentiras y las calumnias le salpican los grandes del día, si todas las maquinaciones infames que se urden en torno suyo, no le pueden arrancar del alma de su pueblo, un solo camino queda aún abierto a los perseguidores; es el camino de la supresión, camino por el que tantos otros tribunos han caído pagando la culpa de haber pedido un poco de justicia para una Nación entera.

En la noche del 29 al 30 de noviembre de 1938, una seudo-oficialidad sin Dios y sin ley, una seudo-oficialidad extraña a las aspiraciones legítimas de la estirpe rumana, capitaneada por el rey Carol II y su manceba Elena Wolf (o Lupescu), consuma el último acto de la gran infamia quizá, inscrita en los anales de este funesto reinado. Corneliu Zelea Codreanu, junto con otros trece camaradas suyos, figuras prominentes del Movimiento Legionario, son asesinados.

Subidos a una camioneta, bajo el pretexto de volverles a Jilava, los catorce legionarios, encadenados de pies y manos (tal como ha podido reconstruirse el crimen mas tarde), emprenden el último viaje hacia el lugar del suplicio, preparado por voluntad humana. Y mientras el siniestro vehículo hiende arrollador las sombras nocturnas, son estrangulados por la espalda, con cuerdas, por catorce gendarmes, verdugos cuidadosamente seleccionados para este fin.

Pero allí, en medio de la carretera solitaria, bajo el sudario tenebroso de la noche, no se mata solo a un hombre. Se intenta matar aun símbolo de renovación nacional, se intenta matar la esperanza en días mejores que el Capitán había encendido en el alma rumana, se intenta matar a una estirpe que entraba victoriosamente por el camino de su rescate.

En un rincón perdido del bosque de Jilava, una tumba sin cruz y de nadie conocida, guardó durante dos años cerrado en sus entrañas, mezclada con cal y vitriolo para borrar cualquier huella, el aterrador testimonio de una demencia regia.

Pero la locura es vana. El martirio santo remueve en sus profundidades el ser de la nación. Desde la torre del templo nacional, una campana invisible enviará tañido de duelo y todo un pueblo, comulgando en el sufrimiento, murmurará su oración de fe sobre la tumba desconocida.

El hecho fue estigmatizado por toda conciencia honrada. Muchas energías hasta entonces latentes se despertaron y así el divorcio entre el país y el rey.verdugo, y con sus siervos traidores, se hizo definitivo. Sobre la alegría desvergonzada de la favorita de palacio y sus connacionales, sobre las carcajadas de satisfacción salidas de la oscuridad de logias siniestras, la juventud rumana, coronándose de nuevo con las espinas de la muerte, para llevar adelante la llama viva de su Capitán, llevaría hacia las cimas de gloria la verdad rumana.

Dos años agonizará aún el reinado carlista. Son dos años de satánico desencadenamiento para aniquilar la Legión del Arcángel Miguel y todo el edificio creado por Corneliu Zelea Codreanu. Las prisiones se llenan de nuevo. Las matanzas se cometen ahora en masa, diseminando muchas tumbas sin cruz ni nombre sobre la carne ensangrentada de la nación. Cuerpos torturados en las cuevas policíacas son dados como pasto a los humeantes crematorios. Miles de rumanos de todos los estratos sociales, transfigurados por el gran sacrificio del Capitán y bebiendo en el cáliz de su martirio, se alinearán serenos y despreciando la muerte, ante las ametralladoras de la gendarmería. Y cuando la descarga homicida le penetra la carne y destroza los pulmones, con la última gota de la vida que se extingue, murmuran como luminosa profecía para la historia, la verdad suya: "¡Viva la Legión!"

Pero el terror cesa bruscamente en la noche del 3 al 4 de septiembre de 1940, cuando la ira de un pueblo traicionado se desborda por las calles. Carol, espantado y solo, abdica, huyendo a través de las fronteras con su siniestra manceba. Pero le persigue y le perseguirá por doquiera la maldición de un país desgarrado en todos sus confines, la maldición de un ejército humillado por el abandono sin lucha de tierras rumanas, la maldición de las madres, esposas y niños huérfanos, la maldición de los miles de asesinatos anónimos que han ahogado vidas sin mácula, vidas purificadas en magnánimo impulso hacia la verdad. Detrás de él, sus acólitos recibirán el castigo que merecen por todos sus miserables crímenes.

El Capitán murió, a la temprana edad de 38 años, pronunciando con su muerte el último discurso para su pueblo. Y este discurso será escuchado por siempre a través de los siglos rumanos.

"Enviarán para pendernos y matarnos. Huiremos; nos esconderemos; lucharemos; pero al final seremos, seguramente vencidos. Pues nosotros seremos pocos, perseguidos por batallones y por regimientos rumanos. Entonces recibiremos la muerte. La sangre nuestra, la de todos, correrá. ¡Este momento será nuestro mas grande discurso, dirigido al pueblo rumano, y el último!"

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