Huésped en Navidad

J.G

Diciembre 24, 8:15, salí de un centro comercial, compras de último minuto. Esa mañana fría estaba solitario el estacionamiento, una neblina espesa empezaba a disiparse, abrí la puerta del automóvil, una vocecita me dice.

- Señor, ¿me puede decir en qué siglo estamos?, ¿y en qué año?

Dirijo mi mirada al autor de esa extraña pregunta, era un niño, de unos nueve años, pantalones de pana y una chamarra gruesa y larga lo protegía del frío.

- En el siglo XXI, en el año 2012. Me sorprende que preguntes eso. ¿Qué no lo sabes?

- Señor, vivo en 1951. Me hice amigo de un viajero del tiempo, quería ver cómo era en el siglo 21 y qué juguetes había, me trajo hasta esta época, el siguió hacia el futuro, pero vendrá por mí antes de la Noche Buena.

Había tal sinceridad e inocencia en su voz, que hasta parecía real lo que decía. Pensé: "puede ser un niño actor, ganándose su título de fin de curso a costa mía". Por ser yo un niño en 1951, de esa edad, le dije.

- En qué viajaste, en el Trompo del Tiempo.

- No señor, no es como el de Brick Bradford. Es una Máquina pequeña, nada más para dos personas.

Quedé impresionado por su respuesta, sólo un niño y que leyera tiras cómicas en los periódicos en ese tiempo, sabría ese dato. Lo invité a mi casa hasta que volvieran por él. En el camino me preguntaba si mi automóvil volaba y si habría ya cintos antigravitacionales o cohetes como los de Buck Rogers, se asombró que no hubiera nada de eso.

En casa les pareció simpático y educado el huésped y les dio gusto que compartiera la Navidad con nosotros. Desayunó y salimos a visitar jugueterías, por no haber en la ciudad una especial, recorreríamos la de los centros comerciales. En el camino le dije.

- Pero si no estás dónde te encontré, no podrá llegar la Máquina del Tiempo por tí.

- Si, sí llegará, traigo esta pulsera rastreadora - al momento que me enseñó su muñeca - además otra idéntica de refacción en un tobillo.

Veía fascinado los juguetes, impresionado por los automóviles a control remoto, le ofrecí regalarle uno.

- Me encantaría, pero muchas gracias, no puedo llevar nada de este tiempo, solamente los recuerdos en la mente.

- Bien, en la casa hay uno, al volver te lo prestaré para que lo conduzcas.

- Señor, no veo pistolas de mixtos, ni soldaditos o vaqueros.

- No, no, eso ya no hay. Hubo una campaña contra juguetes bélicos, rifles y pistolas.

- ¿Y ahora cómo juegan a los vaqueros?

- No se juega ahora a los vaqueros, ni con soldaditos.

- Pero señor, no habrá ahora muchos jotos.

- Sí, sí, por desgracia, es lo malo de este tiempo.

Al salir fuimos a una revistería, compré el periódico, el niño me dijo extrañado.

- Casi no hay cuentos.

- Así es, ahora les dicen cómics, pero casi se terminaron, la televisión acabó con ellos, ya la gente no quiere leer ni eso.

Comió en la casa, jugó en la tarde con un carrito de control remoto, estaba feliz. Al oscurecer se rezó el rosario y acostó el Niño Dios. Comentando que en su casa seguían esa costumbre. Apenas empezaba la cena, cuando sonó la pulsera en la muñeca y tobillo.

- Mi amigo ya está por mí.

En el patio de la casa se veía un resplandor. Salimos, estaba la Máquina del Tiempo, diferente a cualquiera de las películas, daba una semejanza a un Messerschmitt (aquellos en forma de carlinga de avión, con tres ruedas), pero éste con dos puertas laterales del lado derecho, dos asientos en tándem. El niño se despidió de todos, claro, de mí con mucho cariño. Entró al asiento posterior, nos saludó el viajero del tiempo, hombre de unos treinta años.

Mientras se acomodaba, escuché.

- ¿Qué tal te fue?

- Me trataron excelente. Pero fíjate, ya no hay pistolas de mixtos.

Su amigo contestó.

- ¡Qué desastre!

Cerró la puerta, dio un giro la Máquina y se desvaneció ante nuestros ojos.

- Quiera Dios llegue con bien a su destino y a tiempo para la Navidad.

Dijo mi esposa.

Al paso de los días, al ver el carrito de control remoto con él que jugó, lo recuerdo mucho, tenía esa simpatía y sencillez, que ahora ya se han perdido.