¿Francia en llamas?
por Alain de Benoist

"¿Qué esperamos para encender el fuego?", decía no hace mucho tiempo una canción del grupo de rap NTM ("Nique Ta Mère"; en argot: "Jode a Tu Madre", nota). La respuesta no ha tardado en llegar. Más de 3000 vehículos carbonizados; escuelas, gimnasios, depósitos de carburante, almacenes y garajes de autobús incendiados; disparos reales contra la policía y los bomberos; las fuerzas de orden bombardeadas a pedradas, también con bolas de petanca, con botellas de ácido sulfúrico y con carritos del supermercado arrojados desde las azoteas; periodistas agredidos; escuelas y guarderías presas del vandalismo; los bancos públicos y las paradas de autobús arrancados de cuajo; los centros de socorro asediados: durante más de 12 noches han ardido los suburbios franceses. Suceso espectacular del que han dado cuenta las televisiones de todo el mundo. Pero sobre todo suceso previsible. Hasta tal punto que lo asombroso no es que se hayan producido estos motines, sino que no se hayan producido antes.

Suceso previsible que no fue previsto por una clase política, de derecha y de izquierda, que puso en marcha una urbanización salvaje y permitió durante veinte años la construcción de más de 600 "zones de non-droit" (barrios sin ley), es decir de barrios-ghetto completamente poblados por inmigrantes, en los cuales el correo no se distribuye, ni existen servicios de urgencia, donde no penetran ni los médicos ni los bomberos, donde la policía solamente se arriesga fuertemente armada, barrios transformados en una suerte de "contra-sociedades" que no conocen otra ley mas que la de la jungla, la "economía subterránea" y los tráficos de todas las especies.

En estos barrios, en donde se ha desarrollado un odio incandescente frente a la sociedad y sus representantes, la menor chispa es susceptible de inflamar la pólvora. El pretexto, en esta ocasión, ha sido la muerte de accidental de dos jóvenes de origen africano de Clichy-sous-Bois, en la periferia de París, que, creyéndose perseguidos por la policía, se refugiaron dentro de un transformador eléctrico y murieron electrocutados.

Originado en la región parisina, el movimiento se ha extendido rápidamente por toda Francia. En la práctica totalidad de los departamentos han ardido los automóviles, han sido incendiados los almacenes, la policía ha sido atacada. En total, una sesentena de comunas han sido afectadas por verdaderas acciones de guerrilla, protagonizadas por pequeños grupos informales u organizados. "Es como la guerra", ha declarado un bombero.

La izquierda denuncia la supresión, después de mayo del 2002, de una política "de proximidad" repleta de una red de "mediadores sociales". La derecha se alarma y se indigna. Los poderes públicos declaran su voluntad de dar pruebas de "firmeza" mientras a un tiempo apelan a "restablecer el diálogo". Las autoridades religiosas musulmanas lanzan "apelaciones a la calma". El ministro del interior Nicolas Sarkizy, que concentra en su persona todo el odio de los jóvenes de los suburbios, y que después de visitar el terreno aseguró que iba a "barrer la gentuza", se encuentra en primera línea.

Lo más asombroso es el modo en que las palabras "inmigrantes" e "inmigración" han logrado no ser pronunciadas, en una especie de pudorosa ilusión semántica. Los grandes medias, especialmente, practican sistemáticamente el eufemismo, señalando a los alborotadores como "jóvenes" procedentes de medios "desfavorecidos" y habitantes de barrios "sensibles" (o "difíciles"). En Argelia, el ciudadano El Watan, menos púdico, mencionó lo esencial al hablar de la necesidad de "situar la problemática de los suburbios en el proceso más global de la inmigración". Un proceso que en apariencia nadie sabe hoy como manejar.

Los amotinados no tienen motivaciones fundamentalmente políticas o religiosas. Incendian sus propias escuelas, sus propios hospitales, los coches de sus vecinos. Practican en sus "territorios" la política de la tierra quemada. Lo que expresan es una absoluta hostilidad hacia todo aquello que, de cerca o de lejos, evoca en ellos la autoridad, las instituciones, el Estado o los poderes públicos. La violencia a la que estamos asistiendo estos días es un sonoro grito de odio, pero también de desesperación, por parte de "jóvenes" que son presa del paro, en situación de desahucio escolar, que constatan que no existe para ellos un puesto en una sociedad global en donde la pobreza no deja de progresar, mientras las grandes sociedades industriales ven aumentar regularmente sus beneficios. Se revuelven contra esta constatación, pero contra más se revuelven más pierden su pie de apoyo. Para estos jóvenes revoltosos, liberados desde la infancia a la delincuencia y a la calle, simplemente no existe un porvenir. Una "vida normal" aparece como un sueño inaccesible. No future.

Muchos presienten que estos sucesos significan el fin de la "sociedad multicultural". La fórmula es demasiado simple. Contrariamente a lo que pueda decirse, no tenemos ninguna sociedad "multicultural", sino una sociedad a un tiempo multiétnica y tristemente monocultural (en donde la cultura se reduce a los valores mercantiles y a la pasión por consumir). Al apartheid étnico se suma un apartheid social favorecido por la aplicación de la ley del mercado en materia inmobiliaria y la privatización de todos los espacios de la vida. Los amotinados dicen que ya no pueden más. Lo que se deduce de sus actos es que no pueden más. Y nadie sabe cómo puede acabar todo esto.

Las responsabilidades de los amotinados son evidentes, pero más responsables aún son los que han permitido instalarse esta situación y los que sostienen la idea de que los problemas deben ser reducidos a un simple tratamiento "técnico". Francia es hoy en día un país totalmente bloqueado. Su clase política es la más vieja de Europa. Sus élites económicas no sueñan sino en "deslocalizarse". Todo debate intelectual ha desaparecido. La calma terminará por llegar al fin. Pero ningún problema de fondo se soluciona por sí solo.

7 Noviembre 2005