
LA VERDAD SOBRE EL IGUALITARISMO
Hoy, en el mundo llamado occidental, donde imperan las democracias como sistema de control
y gobierno de estas sociedades. Fundamentadas en los conceptos de la Revolución de 1789
-que era de todo menos francesa- como son Libertad, Igualdad y Fraternidad; podemos ver lo
que representan públicamente, es decir, para la mayoría de las personas, como también,
si profundizamos un poco más en dichos conceptos, podremos entrever lo que en realidad
suponen para nosotros como ciudadanos de sociedades regidas bajo dichos principios.
Tanto Libertad, Igualdad como Fraternidad hacen gala de la
equiparación de todas las personas bajo un mismo rasero, ya sea buena o mala, mejor o
peor, con más o con menos compromiso para con su pueblo, y así un largo etcétera de
situaciones donde es imposible valorar a todos por igual, ya que todos, en esos casos no
actúan de la misma forma.
Empezando por el concepto de Libertad, que no es sino libertad
para hacer lo correcto según el gobierno y los medios de comunicación, es decir, lo que
sea políticamente admisible y de buen ver para el conjunto de la sociedad, que
lógicamente, está polarizada por los medios de comunicación.
Seguimos por la Igualdad, este quizás, sea el concepto más
claro y comprensible por su propia definición académica: "Principio que reconoce a
todos los ciudadanos capacidad para los mismos derechos", por tanto, al criticar este
concepto no tratamos de reivindicar la desigualdad de los diferentes estratos sociales,
sino la desigualdad entre las diferentes personas dentro de una misma sociedad, sean del
mismo estrato social o no. Porque lo que realmente nos concierne a nosotros, es la
capacidad que tiene cada cual en compromiso y responsabilidad, para de esta manera, poder
conquistar los derechos que le sean dignos respecto a sus acciones. Por último, el
principio de Fraternidad es otra definición de igualitarismo, en este caso: buena
relación entre iguales. Esta vez, la propia definición va mucho más allá de los
propios límites políticos de las libertades sociales, sino que se permite el lujo de
definirnos a todos como iguales de forma directa y sin tener en cuenta ninguna norma de
calificación.
En estas breves líneas hemos podido analizar de forma fugaz
pero suficiente como los tres conceptos hacen referencia a una misma idea, que
representada con diferentes y atrevidos sustantivos la pueden llegar a hacer más
atractiva e incluso revolucionaria. En la actualidad, dicha idea ha dejado de ser
revolucionaria para pasar a ser de obligada ejecución en todos los sistemas políticos
que se quieran definir como un estado de derecho y garante de libertades, tanto es así
que desde la más pequeña institución pública comarcal hasta el propio gobierno se
rigen por estos principios. Claro está que todo lo que dependa del estado también lo
debe asumir como norma fundamental. Por ejemplo, en la educación, el funcionariado,
empresas públicas
El gran problema de la instauración paulatina de estos
principios en los sistemas políticos, no es que ellos mismo se rijan por el
igualitarismo, sino que calan y cada día con mayor amplitud en los pilares de nuestra
sociedad. Esto produce situaciones de involución en todos los niveles de desarrollo, bien
en la cultura, en la industria o en cualquier otro campo. Esto es debido a que el
igualitarismo deja al mismo nivel a todas las mentes sean brillantes o no, es más,
procura potenciar a las menos favorecidas marginando a las brillantes.
Esto en un primer momento pudiera parecer positivo y un signo
de solidaridad para los menos favorecidos, pero a la larga supone una marginación de las
mentes más capacitadas y un auge de la mediocridad.
Poniendo el ejemplo del sistema educativo, sistema que por
otra parte nadie discute su mal funcionamiento, podemos empezar analizándolo desde el
comienzo de la vida de un estudiante. Todo empieza en la educación básica seguido por la
secundaria y si dicho estudiante continua de forma positiva sus estudios, accede sin mayor
problema a la universidad, de aquí al mundo laboral pasarán no demasiados años si no es
que no lo ha hecho ya, y tendrá dos grandes posibilidades, empresas públicas o privadas.
Como explicamos anteriormente, el igualitarismo trata de
mantener todo al mismo nivel, que nada despunte, que nada destaque, y claro está, esto
sólo se consigue bajando el nivel hasta un punto donde la mayor parte de la sociedad
pueda alcanzar. Este concepto se verá bastante más claro con un ejemplo cotidiano que
estamos cansados de ver y que por desgracia es extrapolable a cualquier situación, sea
laboral o educativa. El caso podría ser válido para cualquier universidad de cualquier
punto de la geografía estatal, en un grupo más o menos nutrido de alumnos.
Si analizamos el baremo de calificación podemos observar, que
hoy en día no se premia ni se valora a nadie sólo por resultados objetivos, sino que por
el contrario se valora de forma subjetiva dentro de un compendio de datos como son:
interés por la asignatura, trabajo realizado, esfuerzo, tiempo dedicado y un sin fin de
datos que sólo el alumno puede saber con certeza y el profesor sólo puede suponer. Por
último y aunque parece evidente, está la calificación más importante y objetiva,
-siempre que sea contando con la buena voluntad del profesorado- como es la nota obtenida
como resultado de un examen, pues incluso esa calificación estará influenciada por el
resto de los datos anteriormente comentados para la resolución de la nota final.
En una situación tal no hallaremos a nadie que califique de
excelente a un alumno que a ojos del profesor muestre nulo interés, poco trabajo, apenas
tiempo y tampoco ningún esfuerzo pero por el contrario muestra unos esplendidos
resultados en los examen, es decir, posee un gran nivel en conocimientos objetivos. Aunque
realmente el alumno no fuera así, este sufriría una transmutación de su nota de forma
negativa y probablemente en la nota final, obtendría unos resultados similares o peores
que otro alumno de calificaciones medias en todos los campos. En este punto se podría
decir, efectivamente es justo que esos dos alumnos obtengan una calificación final
similar, porque un alumno suple sus carencias capacitivas con un mayor esfuerzo y trabajo
para dar de media el mismo resultado que otro de mayor capacidad y menos muestras de
esfuerzo y trabajo.
Y ahora nos deberíamos preguntar ¿Tienen los dos alumnos los
mismo conocimientos y la misma capacidad para afrontar y resolver un problema con un
resultado satisfactorio? ¿Se pudiera compensar la falta de capacidad mediante el trabajo?
Lógicamente no, quizás se podría llegar a un nivel aceptable en base a esfuerzo y
trabajo pero nunca a los niveles de una mente adelantada. Además, el alumno brillante en
talento y capacidad portentosa tendrá unas miras muy por encima del menos capacitado,
así posibilidades que sólo da lo innato.
Pero parece ser que esto no tiene ninguna importancia y que
todo se puede alcanzar con trabajo y esfuerzo, es más, ya no es necesario para alcanzar
ninguna posición importante el talento. Es en este preciso momento, donde se nos platean
las dudas de la justicia absoluta y de la ética profesional, deberemos superar nuestros
prejuicios sociales-culturales y ver más allá de las personas, ver el potencial de uno y
otro caso, el bien que podría resultar para el conjunto de la sociedad si tuviera la
responsabilidad siempre el más capacitado. Desde luego, una sociedad dirigida por los
mejores no tendría comparación con una como en la que vivimos, donde nos dirige la
mediocridad.
¿Cómo podemos calificar de la misma manera a una persona que
llega muy por encima de otra en conocimientos objetivos y con mucho menos esfuerzo? Lo
justo, lo que se entiende por justicia absoluta, sin prejuicios culturales o políticos,
es valorar a cada cual por lo que realmente puede o no puede hacer y en todo caso ayudar a
potenciar lo lúcido de cada persona. Pero claro, si aceptamos esto, también hallamos
otro dilema, puesto que implícitamente ya no somos todos iguales
Ahora cada uno tiene unos límites por naturaleza no por
educación, algo innato en él le hace poder soportar mayor responsabilidad, mayor
complejidad y aún así obtener excelentes resultados.
Lo justo no se haya en que alguien tenga mayor responsabilidad
porque es el más trabajador o el más cordial sino en que sea el que más capacitado
esté para ello, para dicha responsabilidad. Y esto, como primera premisa para la
creación de una sociedad dirigida por una élite intelectual crea un abismo entre la
propia élite y el resto de las personas.
¿Quién que no sea de esa élite intelectual será lo
suficientemente sensato y justo para calificar de manera objetiva y permitir ascender a
puestos fundamentales a alguien que si sea de la élite?
Por la deformada educación y cultura que han impuesto estos
principios igualitarios existe una incapacidad de elección hacia lo superior y siempre
que no se sea de dicha élite se apostará por la mediocridad antes que por la brillantez,
para de esta manera, consciente o inconscientemente, asegurar la permanencia de los mismos
valores. Porque lo que la mediocridad califica no son resultados objetivos, sinceros, sino
todo lo contrario, arbitrariedades subjetivas que ni el mismo sabe con certeza que son,
pero que al menos le permiten seguir en su puesto de trabajo y sin preocupaciones de que
algún día alguien mejor pudiera venir a relevarle de su puesto.
Lo anteriormente expuesto, nos hace ver una abstracción de un
bucle sin salida donde lo mediocre llama a lo mediocre, donde se potencia la igualdad de
todos por encima del beneficio general, aún sabiendo las grandes diferencias existentes.
Y todo esto porque la misma mediocridad es una carga para ellos tan pesada que no les
permite ver más allá de su propia altura, o mejor dicho, de su inmensa llanura.
Finalmente, es importante resaltar que para el buen desarrollo
y la buena dirección de una sociedad, no se necesitan mentes mediocres que quieran ver a
todos por igual, sino mentes brillantes que separen y escojan a los más dotados para los
puestos de mayor dificultad, donde la cláusula primordial sea la aceptación completa de
la responsabilidad hacia los demás y la aceptación de toda consecuencia. Que no se
deforme la responsabilidad en un simple esfuerzo de resultado desastroso o medianamente
aceptable que siempre termina evitando toda carga de culpabilidad individual, abogando
como defensa que el error ha sido del colectivo y no sólo suyo. Así se consigue una
completa evasión de la responsabilidad escudándose en que todos podemos cometer errores
y él no es mejor que nadie, tan sólo es uno más del conjunto que pretende hacer su
tarea lo mejor posible.
Desgraciadamente ya sabemos que resultados conlleva esto,
grandes desastres ningún culpable. Una vez más nos encontramos en un laberinto sin
salida, a no ser, que el igualitarismo sea eliminado y se de paso al elitismo, al
verdadero, donde prima siempre el mejor por sus capacidades y no por su estrato social o
posición económica.
Como última reflexión, conviene hacerse un profundo
planteamiento, de si no es realmente el igualitarismo el afán por potenciar lo mediocre
en detrimento de lo mejor, la élite.