
JULIUS EVOLA, UN HOMBRE DE ACCIÓN
No hace demasiado tiempo hubo quien tuvo la ocurrencia de realizar una comparativa entre
un conocido político -fallecido hace ya unos cuantos años- y Julius Evola. Se defendía
la postura de la superioridad de éste como hombre de pensamiento y, por el contrario, la
superioridad del personaje político como hombre de acción. Para nosotros este tipo de
comparaciones nos parecía que carecían de cualquier sentido; que se hallaban fuera de
lugar. Y nos lo parecía debido a que los planos en los que esencialmente cada uno
desarrolló la mayor parte de sus actividades -al menos las que más renombre y/o
notoriedad les han dado- eran planos diferentes que no admitían parangón alguno. De
todos modos, aún en el caso de que hubieran ejercido quehaceres más parecidos, las
comparaciones siempre han adolecido de una fuerte carga de subjetividad, puesto que los
criterios que pueda alguien utilizar para realizarlas pueden ser totalmente disímiles a
los que pueda usar otro. Y todavía podríamos añadir aquel conocido dicho de que
"las comparaciones resultan odiosas".
Nosotros nos proponemos no entrar en este tipo de debates y es por ello por lo que no
vamos a hablar del personaje político al que se ha hecho alusión. Nos vamos, por el
contrario, a centrar en la figura de Evola y lo vamos a hacer no para hablar de su faceta
como hombre de pensamiento o -tal como él prefería que le definieran- intérprete de la
Tradición, sino para centrarnos en su faceta de hombre de acción. Así lo haremos puesto
que es bien conocida su alta competencia en el ámbito cultural pero no así tanto su otra
vertiente que le sitúa fuera de las bibliotecas, de los estudios y de los escritorios;
vertiente ignota para muchos y vertiente digna de ser tenida en muy alta consideración.
No tenemos otra mejor manera de hablar de esta su otra faceta que narrando episodios de su
vida que resultan altamente significativos a tal respecto. Episodios que confirman la
vocación que (en su autobiografía "El camino de cinabrio") afirmó tener desde
muy temprana edad y que consistía en un impulso hacia la acción que le hizo adherirse
rápidamente al ideal del guerrero o (recurriendo a la tradición del hinduismo) shatriya.
"Acción" que hemos de entender no sólo desde el punto de vista externo sino
también interno, pues es un intenso, prolongado y metódico accionar en el interior del
ser humano el que le puede llevar por el sendero del descondicionamiento (con respecto a
todo aquello que encadena, perturba y ciega a su conciencia) hacia su Despertar a la
Realidad de lo Incondicionado, Eterno e Inmutable que se halla en el origen de todo el
mundo manifestado. Pero no es de esta acción interior (1) de la que
vamos a tratar en el presente escrito sino de la otra: la exterior; haciéndolo, como
señalábamos arriba, con la exposición de episodios acontecidos en la vida de nuestro
autor.
Así, podríamos empezar recordando su alistamiento en el ejército italiano a la temprana
edad de 16 años. Al año siguiente de su alistamiento (1.915) Italia entró en una
Primera Guerra Mundial que había empezado el año anterior. Evola fue en ella oficial del
arma de artillería. Su participación en acciones bélicas fue muy escasa. Prácticamente
no tuvo opción para ello, lo cual sin duda tampoco provocaría gran desagrado en él,
puesto que, a pesar de su vocación hacia la ´vía del guerrero´, él hubiera preferido
que su país se hubiese alineado con los llamados Imperios Centrales en lugar de hacerlo
-como lo hizo- con las plutocracias demoliberales. Cierto es que antes de la
conflagración bélica Italia formaba parte de la Triple Alianza, junto a Alemania y al
Imperio austro-húngaro, y que si, sobre todo, a esto le unimos la convicción que tenía
nuestro autor (junto a sus entonces compañeros de viaje dadaístas y junto a los también
vanguardistas futuristas de Marinetti) de que la participación de Italia en la guerra
(con los traumas, sacudidas y remociones de conciencias que la guerra conlleva) ayudaría
a romper esquemas, valores y anquilosamientos burgueses enquistados en la sociedad
trasalpina de la época, obtendremos con claridad las razones que impulsaron,
primeramente, -entre otros- al joven Evola a promover la entrada de Italia en la guerra y
que le hicieron, finalmente, participar en ella.
A este ´Evola hombre de acción´ lo podemos ver, desde una sección de la revista La
Torre que él fundara y dirigiera en 1.930, denunciando sin cortapisas cualquier atisbo de
decadencia y corrupción observado en el seno de la dirigencia política de la Italia del
ventenio fascista. No hubo el menor refreno a la hora de airear los modos aburguesados y
las prácticas contrarias a la buena ética que se observaban, por ejemplo, en la vida
social de esta alta clase dirigente política. Por ello, no es de extrañar, que,
finalmente, estos sectores denunciados empezaran a presionar para que fuera clausurada la
revista (hecho que aconteció a los pocos meses de su fundación) y tampoco es de
extrañar que uno de los directamente aludidos en estas implacables críticas -Mario
Carli- acudiera en busca del protagonista del presente escrito con ánimos de agredirle
físicamente; aconteciendo, en cambio, que el que salió malparado fue el Sr. Carli, el
cual recibió con su propio garrote, abarrotado por Evola, un serio correctivo en el
rostro y hasta la rotura de sus anteojos
Nuestro hombre de acción se convierte en un alpinista de élite. Así lo podemos ver en
agosto de 1.934 en la cima del Monte Rossa, a 4.200 metros de altura, acompañado de un
guía -Eugenio David- que 40 años más tarde -también en agosto- volverá, ya a una muy
avanzada edad, a culminar dicha cima para depositar las cenizas del difunto Julius Evola.
A lo largo de la década de los ´30 y durante los primeros ´40 nuestro hombre de acción
recorre un buen número de países de Europa tras un objetivo preferente, que no es otro
que el de crear una red secreta en la que se implicarían las más aptas personas
defensoras y/o difusoras de la cosmovisión propia del Mundo de la Tradición; algunas de
ellas muy enfrascadas en las vicisitudes políticas del momento. Este propósito de Evola
obedecía a su intención de que aquel saber ancestral, sacro y eterno que él afanaba por
transmitir no quedase en papel mojado y tuviera quien lo conservase con ánimo, ¡por qué
no!, de poder transplantarlo algún día al plano de las efectivas realizaciones
políticas de una futura Europa; de poder plasmar la Tradición en el ideal del Imperium (2). Esta aludida red secreta obedecía a la idea de la constitución de una
Orden que sería la garante de ese legado sapiencial y sagrado y la rectora de ese
anhelado Imperium.
A pesar de los trágicos avatares acontecidos con motivo de la Segunda Guerra Mundial
Evola nunca cedió en este empeño de constitución de una Orden. Es por ello que,
transcurrido mucho tiempo, bien avanzados los años ´60, incluso tenía ya elegida la que
según su criterio podría ser una persona muy apta (por su acendrado sentido del honor y
de la fidelidad y por su talante aristocrático) para convertirse en la figura rectora de
esta Orden. Era en el príncipe Valerio Borghese en quien pensó para dirigir la que Evola
denominaba Corona Férrea; esto es, la Orden. Desgraciadamente, el fallido golpe de Estado
dirigido por Borghese en 1.970 frustó este recurrente proyecto de Evola.
Nuestro hombre de acción vivió como gran protagonista buena parte de la convulsión
política que se desata en Italia como consecuencia de la reunión del Gran Consejo
Fascista del 25 de julio de 1.943 en la que se depone de sus cargos y, posteriormente, se
arresta a Benito Mussolini. Evola se convierte, tras ello, en uno de los principales
personajes encargados, en Roma, de intentar hacer volver a Italia a la situación
política anterior al 25 de julio. Pero Evola, no sin atravesar peligros, deberá
abandonar el país para, tras varias escalas, arribar a Rastenburg, en los límites de la
Prusia Oriental, donde se hallaba el cuartel general de Hitler -la conocida como
"guarida del lobo"-, donde, junto a algunos de los más fieles e irreductibles
representantes del ilegalizado Partido Nacional Fascista (Preziosi, Pavolini,
Farinacci,
), empieza a organizar una especie de gobierno en el exilio y a
proclamarlo en Italia a través de la radio. Es en este lugar donde todos aquellos
recibirán (junto a Vittorio Mussolini -hijo del Duce-) al Benito Mussolini que acababa de
ser liberado de su prisión en Los Abruzzos por el intrépido SS Otto Skorzeny. Evola y
aquellos irreductibles son los que, en Rastenburg, se reunirán con el recién liberado
para preparar la instauración de la República Social Italiana -conocida también como
República de Saló- en el Norte de Italia y para actuar de forma clandestina en el resto
de la Península con objeto de reorganizar el defenestrado fascio. A Evola se le
encomiendan decisivas funciones en una Roma que volverá a tener que abandonar en el
momento de su ocupación por las fuerzas armadas aliadas, en una huida en las que las
peripecias empiezan en su mismo domicilio familiar en el momento en que agentes secretos
británicos acuden al mismo para arrestarlo y él consigue escapar (gracias a las
maniobras de distracción protagonizadas por su anciana madre) por la misma puerta por la
que aquellos habían entrado y cuyas peripecias continúan al atravesar, primero, las
líneas del ejército estadounidense y, después, las del francés hasta unirse a columnas
del ejército alemán en retirada hacia el norte del país.
Los últimos días de la IIGM en suelo europeo hallamos a nuestro autor en Viena. En
colaboración con la Anhenerbe (departamento dependiente de las SS) está estudiando
archivos de sociedades secretas subversivas. En una especie de reto al Destino propio de
un shatriya Evola nunca acudía a los refugios antiaéreos en momentos de bombardeos
aéreos enemigos. En uno de éstos las heridas que recibe le dejan paralítico de por vida
de cintura para abajo. Pero este fuerte contratiempo no significará para Evola renunciar
a su condición de ´hombre de acción´, puesto que tras 3 años de convalecencia en
hospitales suizos vuelve a Italia dispuesto a unirse "al resto del ejército" (3). Y son sus actividades con el "resto del ejército" (en el que
encontramos a gente como Giorgio Amirante o al General Graziani) las que le llevarán, en
1950, medio año a la cárcel y las que provocarán su enjuiciamiento bajo la acusación
de "intento de reconstrucción del Partido Fascista"; juicio del que saldrá
absuelto.
Evola, desde entonces hasta el fin de su existencia terrena, nunca dejará de ser guía
político y hasta espiritual para destacados militantes del conocido como neo-fascismo
italiano que acudían a su residencia en Roma (sita en el Corso Vittorio Emmanuele) para
recibir su saber y sus consejos. Y no tan sólo personas sino que también importantes
sectores de diversos grupos y/o partidos de esta área política hicieron de algunos de
sus escritos su principal fuente de inspiración ideológica. Evola nunca renunció a este
tipo de influjos porque como hombre de acción que era siempre se resistió a que no se
pudieran aplicar en la praxis política todos aquellos valores, ideas y posiciones propios
a la Tradición.
No está de más aclarar que, pese a todos los avatares narrados que le relacionan con la
política, Evola, obviamente, nunca fue fascista (de hecho nunca estuvo afiliado al
Partido Nacional Fascista de Mussolini) ya que su adhesión estaba para con el Mundo de la
Tradición y desde el punto de vista marcado por los parámetros que informan el Mundo
Tradicional el fascismo siempre adoleció (al igual que le sucedió al nacionalsocialismo)
de influencias de la deletérea modernidad. La colaboración de nuestro autor con el
fascismo se entiende porque, por otro lado, esta corriente política también mostró
posicionamientos de claro distanciamiento con respecto a las taras propias del mundo
moderno (4).
Al decir de diversos escritores (no todos ellos narran el mismo final) nuestro hombre de
acción quiso morir de pie (5), firme como un shatriya, y mirando de
frente al sol que entraba por la ventana de su habitación.
¿Habrá todavía, después de todo lo que hemos narrado, quien ningunee la faceta de
Evola como hombre de acción?
(1) De los más que presuntos logros de la
acción interior llevada a cabo por nuestro protagonista se habló de forma directa en
nuestro artículo "¡Que nos disculpe Evola!".
(2) Al respecto ya desarrollamos este tema en nuestro artículo "El
Imperium a la luz de la Tradición".
(3) Esta expresión la utilizó Evola en el transcurso de una
conversación que, tras su regreso de Suiza, mantuvo en Bologna (antes de su llegada a
Roma) con su amigo Clemente Rebora; un poeta que se convirtió al catolicismo y se
integró en la orden de los padres rosminianos.
(4) Como no es de doctrina de lo que se debía de tratar en el presente
escrito no hemos querido concretar ninguno de los aspectos que acercaban al fascismo al
mundo moderno ni ninguno de los que, en cambio, lo aproximaban al Mundo Tradicional. Lo
que sí podemos hacer es emplazar al lector que tenga interés en ello a que le dedique
una lectura a nuestro artículo "Los fascismos y la Tradición Primordial". O,
si prefiere ir directamente a la fuente, el emplazamiento sería a la lectura del libro de
Evola intitulado "Il fascismo visto dalla destra" e incluso a su apéndice
"Note sul Terzo Reich".
(5) Esta actitud, por otro lado, no debería resultar extraña a Evola
puesto que ya en el verano de 1.952 había recibido en su casa de pie -con ayuda de su
padre y de una enfermera- a Mircea Eliade; tal como éste explica en sus
"Memorias".
EDUARD ALCÁNTARA
SEPTENTRIONIS LUX
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