Viaje al Amazonas

Por Julio Crisvón

Desde hacía tiempo deseaba conocer Iquitos, Perú e irme por el río Amazonas hasta Leticia, Colombia; unos 370 kilómetros. Por fin en este 2008 se dieron las condiciones. Por temor a los mosquitos, lluvias torrenciales, incomodidades y costo, no logré convencer a nadie que me acompañara.

El 17 de julio partí. En Lima estaba en contacto con el camarada Oso, de los Tercios NS de Nueva Castilla, así como también con el Observador Popular. Esa noche en el aeropuerto de Lima, después de migración, recoger el equipaje y aduana, buscaba al camarada, cuando escucho una voz.

- Camarada Crisvón, bienvenido al Perú.

Qué alegría ver a aquellos tres camaradas de los Tercios que atentamente fueron por mí, de allí al hotel, que ya me tenían reservado. Cómodo alojamiento situado en el barrio Miraflores, sector muy agradable de Lima.

El sábado los Tercios organizaron una cena en mi honor en casa de un camarada, con la asistencia de sus esposas. Cena muy rica y ambiente superagradable, qué tipazos los camaradas, educados, cultos, con gran ética y estilo.

Se asombraron que deseara ir a Iquitos y luego a Leticia por el río, me decían.

- ¿A qué va a la selva?

Visité varios lugares en Lima con los camaradas: Larco Mar, elegante centro comercial al lado del Pacífico; el Museo de Antropología con mi amigo, persona culta y además había trabajado allí, así es que tuve un guía de lujo; la catedral y catacumbas; parques y otros sitios.

El domingo en la tarde, Oso me llevó a casa del Observador Popular, allí estaba también el jefe del Frente NS Peruano, líder histórico del NS en ese país, con buenas relaciones en Chile y Argentina. , resultó que a ellos también les interesan los automóviles y quedamos de ir a un Museo que hay en Lima, a mi vuelta del Amazonas.

El lunes 21 partí a Iquitos, ciudad de 300,000 habitantes, en Lan Perú, en una hora y minutos de vuelo recorrí los 1,000 kilómetros . Era una tarde algo lluviosa, baja uno del avión en campo abierto, pero es rápido, hay dos puertas en el Airbus 319, mi maleta (de plástico) llegó mojada. En el aeropuerto hay casetas de información de varios hoteles, me convenció el Marañón (uno de los ríos que forma el Amazonas), una camioneta van me llevó.

¿Sería cierto que hay tantos motocarros y motocicletas?, como había leído y se ve en fotografías.

¡Qué ciudad tan diferente! Rodeada de ríos y selva, no hay carreteras ni ferrocarril, su comunicación es por río y avión. Lo que había leído fue poco, cientos de motocarros: motocicleta de tres ruedas, una adelante y dos posteriores, el conductor montado sobre el motor y atrás un asiento corrido para pasajeros, cuenta además con un portaequipaje. Abundan las motocicletas que conducen hombres y damas. Automóviles son muy pocos. Otra curiosidad son sus transportes urbanos, allí hacen sus carrocerías de madera, las ventanillas no tienen vidrios, cuentan con una mica en caso de fuerte lluvia. Hay una fábrica de motocarros y motocicletas Honda. La ciudad muy limpia y el área verde de sus plazas cuidada.

El río Amazonas fluctúa su nivel ¡siete metros!, dependiendo de la época de abundantes lluvias y poca precipitación. En esa fecha bajaba y aún le faltaban unos metros para llegar al mínimo. Afortunadamente no es la época de abundantes mosquitos, aunque claro, si había pero sin exagerar. Fui a conocer el barrio Belén, llamado la “Venecia de América”. El Amazonas, no pasa por Iquitos, con el tiempo ha cambiado su curso, el río Nanay casi lo rodea, claro, éste también varía su nivel siete metros. Parte de Belén ahora está libre del agua, sus construcciones están elevadas. Por una módica suma, me llevaron a dar la vuelta por el río Nanay en una pequeña embarcación de madera (casi una canoa), construida allí mismo. Al otro lado del río, hay casas flotantes con techo de palma, amaradas a altos postes de madera, allí viven sus ocupantes y éstas suben o bajan según el nivel del río.

El bote lo impulsa un motor de 5 caballos, al salir fuimos a la gasolinera, ésta es una casita sobre una balsa flotante, luego me acostumbraría a ver estas estaciones de servicio a lo largo del Amazonas. La anchura del Nanay es en esta zona de unos dos kilómetros, no había chaleco ni cojín flotante bajo el asiento, el bote era el salvavidas. Vi dos niños de escasos diez años, pescando retirados de la orilla en frágil embarcación, me comentan que allí todos saben nadar desde pequeños. Por las juntas de madera había una filtración de agua, le comenté eso al conductor del motocarro que nos acompañaba, contestó.

- Es muy poquita.

El agua es turbia, lodosa. Mucha actividad de lanchas, como autobuses, salen botes, algunos con techo de palma y sus asientos simples tablas, sin respaldo, otros, a sitios más lejanos, algo más cómodo. Un poco menos de una hora y volvimos a la orilla. De un brinco bajé del bote, para librar el lodo de la orilla, era el único par de zapatos.

Belén es un barrio que aconsejan visitarlo en la mañana, en la tarde puede ser peligroso, pero un punto bueno de sus habitantes: no vi basura en el río Nanay, ni en sus márgenes.

Los motocarros no tienen reversa (sólo los de carga), aunque livianos, unos 250 kg , si no están a nivel se necesitan dos para moverlos, la tracción es por cadena en la rueda trasera izquierda. Es común ver que transeúntes ayuden a salir a uno estacionado en batería.

Visita obligada es el parque Quistococha, hay un zoológico con animales de la región, situado en un bosque con grandes árboles y al lado de una laguna que sirve de balneario.

Mi intención era irme en barco por el Amazonas hasta Leticia Colombia (unos 370 km ), con una duración de dos días y medio. Estuve en los muelles y vi los barcos que surcan el Amazonas, por lo general de tres pisos, allí mismo hay que comprar el boleto. Gran actividad, casi todo llega de Pucallpa a 450 kilómetros . También observé un astillero en el que construían un barco. Comentarios que escuché sobre robo de equipaje y mala comida a bordo me desanimaron, más yendo solo. Opté por irme en bote rápido, con capacidad de 40 personas de la empresa Transporte Amazónicos de Turismo, fui a comprar el boleto para el día siguiente. Salida a las 6:00, hora de embarque 5:30. Costo $65 dólares.

Aprovechando que estaba en los muelles tomé una lancha, ésta con chalecos salvavidas y techo de lona, que me llevó a dar una vuelta hasta llegar al río Amazonas, de agua más oscura.

Esa tarde caminando por la plaza principal, sentí una sensación tan diferente a cualquier otra ciudad en que hubiera andado. Los motocarros tienen motor de 125 centímetros cúbicos y la mayoría de las motocicletas de igual o menor desplazamiento, lo que conocemos aquí como motonetas (scooter de ruedas pequeñas) son muy pocos. Escuchar cientos de motores de un cilindro al mismo tiempo, producen una sinfónica peculiar y para mí, agradable.

A las cinco de la mañana ya estaba en la puerta del hotel con el equipaje. Los motocarros son como las olas del mar, no importa la hora, están en movimiento. No está lejos el embarcadero. Escogí ventanilla en el lado derecho del bote, cada asiento trae su chaleco salvavidas anaranjado, sus asientos son reclinables. La mayoría del pasaje era gente de allí, casi la cuarta parte eran turistas, muchos europeos.

Traía un catalejo de potencia 8X y cámara fotográfica. Partió puntualmente, dejamos el río Nanay y entramos al Amazonas, aguas de color más café.

Feliz, desde hace años deseaba este viaje, sabía de las incomodidades, pero dije a mi familia que iba con la mentalidad de un soldado del Mariscal Francisco Solano López: “a vencer penurias y fatigas”.

El bote rebasaba a otras embarcaciones que iban a puntos cercanos. Con una anchura entre tres o cuatro kilómetros, la bruma del amanecer apenas dejaba ver la orilla.

Difícilmente pasaban 10 minutos (uno 8 o 10 kilómetros ), sin ver en la orilla alguna casita, un pescador o sembradíos de plátanos. Próximas estaban las fiestas patrias, en muchos hogares y lanchas, ondeaba la bandera peruana de rojo, blanco y rojo.

Pebas es la población más grande entre Iquitos y Leticia, hizo una pequeña escala, pero sin oportunidad de bajar. Ya había visto fotografías de esos poblados por internet, pero verlo en tercera dimensión y colores reales, me causó cierta depresión. Tuve la suerte de tocarme de compañero de asiento a Víctor, persona de Iquitos, trabaja en el gobierno y conoce todo el Amazonas, le pregunté.

- ¿Hay motocarros en Pebas?

- No, no, ni bicicletas, la calle principal son unos cuatrocientos metros y sin pavimento, hay unas cuantas motocicletas, pero no pueden ir a ningún lado.

¡Zas!, qué sorpresa, no me imaginaba así, pensé que todo era una continuación de Iquitos, claro, a escala más pequeña, pero con sus motocarros y esa alegría. La siguiente escala fue San Pablo y el mismo panorama. Además, la electricidad en esos poblados dura unas cuantas horas. Otra cosa que influyó en mi depresión fue la falta de juguetes, pensaba comprar un barquito del Amazonas, algún carrito o un motocarro a escala y ponerlo orgulloso al lado de mi pequeña colección de modelos, no encontré nada en Iquitos, bueno, ni siquiera un Hot Wheels. Lo más semejante son souvenirs de canoas con la leyenda Iquitos Perú, claro, obligado comprar uno.

Me comentaba Víctor que ese panorama era el mismo al margen del Amazonas y sus afluentes. Dije.

- Y el río Napo, ¿es igual?

- Lo mismo, con la diferencia que en Ecuador los poblados son más grandes. Semejante son los poblados al lado del río Putumayo, que sirve de frontera entre Colombia y Perú, allí los niños peruanos que viven cerca de un poblado colombiano, asisten a su escuela y viceversa, cuando los niños colombianos están cerca de una escuela peruana.

La embarcación de vez en cuando se detenía, para hacer funcionar en reversa los motores y limpiar los tubos de la turbina, que se tapaban con ramas, operación de uno o dos minutos, para luego arrancar. Se desplazaba a una velocidad de 50 a 60 KPH.

La comida no es rica a bordo, la sirven como en un avión, luego pasan una bolsa para recoger la basura. No vi basura en el Amazonas, ni un vaso desechable o botella, ni a las orillas de los pueblitos, cosa que me dio mucho gusto.

Por escasos minutos paraba el bote en: San Pablo, Chimbote, Caballococha. Me informaba que no había hoteles, aunque letreros indicaban que era atractivo turístico. Víctor bajo en un poblado y nos despedimos, quedamos de vernos en Iquitos el domingo. Cuando el bote paró un par de minutos a dejar un paquete (creo el correo) en Puerto Alegría, me deprimí aún más, era un caserío de techos de palma.

Después de once horas de viaje llegaba a Santa Rosa, una isla en el río y último punto del Perú. Atracó en el muelle, había que dar un brinco de unos 50 o 60 centímetros , quise ayudarme con un barrote del muelle y me indicaron: “no lo toque, acaban de pintarlo”. De un salto, con una mochila ligera en el espalda caí en el muelle, luego ayudamos a bajar a una mujer. Esperar el equipaje, tomé mi inconfundible maleta (le había pintado unas franjas anaranjadas y otras crema). Para llegar a tierra, hay que cruzar un puentecito formado por la unión de dos tablas de unos 20 centímetros cada una y de unos 15 metros de largo. Apenas cabían las rueditas de la maleta y como no es para “todo terreno” se atoraba en las tablas que no estaban al mismo nivel, dando saltitos me llevé la maleta.

Un guía de turismo nos dio la bienvenida a mí y a un joven de Iquitos que iba a trabajar a la Guayana Francesa con su hermano. No hay letreros, por eso están los guías, que por módica suma explican los pasos a seguir. El guía era un colombiano agradable y joven, el primer paso era ir a ¡la policía!, para mostrar identificación, luego a migración a sellar salida del Perú. De allí al margen del río, tomar una lancha para cruzar a Leticia, un viaje de unos cuatro kilómetros. Llegamos al muelle, había un puente similar al anterior para ir a tierra, con la modalidad que parte de este flotaba sobre troncos y era más largo (unos 20 metros ). Con cuidado, dando saltitos con la maleta, crucé aquello, como un fantasma pasaba por mi mente el temor de caer, con una humedad del 90% o más, ¿cuándo se secaría la ropa? Claro, como en el caso anterior no había pasamanos de ningún lado, vamos, ni una cuerda guía como respaldo mental.

Había visto fotos del muelle de Leticia, pero la realidad estaba más triste, en partes había lodo, las rueditas de la maleta se sumergían “hasta los ejes” y tenía que arrastrarla. Caminamos varias cuadras si pavimentar, pasamos por un mercadito. El mejor hotel, el Anaconda costaba $100 dólares diarios y el que seguía $65. El guía nos llevó al hotel Divino Niño, menos de 30 dólares, en cuarto con aire acondicionado. Hotelito limpio, pero sin agua caliente. Claro, había la posibilidad de ir a hospedarse a Tabatinga, pero varios testimonios aconsejan que es mucho más seguro Leticia.

Sellar la entrada a Colombia es en el aeropuerto, tenía 24 horas para hacerlo, el guía quedó de volver al día siguiente a las 9:00, para ir a migración y el joven de Iquitos arreglara un trámite de vacunación y migración en Tabatinga. Yo desde hacía más de un mes me había vacunado contra la fiebre amarilla y tétano.

Esa tarde fui a un negocio de internet y mandé varios correos, uno a mi esposa para decirle: “Qué bueno que no viniste. Me deprimí, venía preparado para vencer penurias y fatigas, pero no para verlas”. Y otro a Oso en Lima, que se quedó preocupado por mi viaje, explicando que llegué bien y agregaba: “si una hada me llevara de vuelta a Miraflores y apareciera allí de pronto, besaría el suelo como el Papa”. Luego recorrí el centro de Leticia, compré algunos recuerdos. Antes de dormirme temprano, aproveche la corriente de 110 voltios en Colombia, para cargar una de las cámaras y el celular (que no funcionaba allá, pero para cuando volviera), en Perú la corriente es 220 voltios.

Puntualmente llegó el guía, fuimos al aeropuerto y sellé entrada, luego a comprar el boleto. Era viernes pensaba regresar el domingo, fiestas patrias en Perú y agotado el pasaje en Transportes Amazónicos de Turismo, el lunes descansan el bote rápido, la próxima salida sería hasta el martes. Había aún pocos lugares para el sábado en el Challenger, otro bote rápido más pequeño, debería de decidir rápido. Pensaba: “¡Cuatro días en Leticia!, el deseo de volver a Lima y ver a los superagradables camaradas”. Luego de meditarlo y pedir consejo a mi hada, compré boleto para el sábado.

Acompañé al joven de Iquitos a hacer sus trámites. Una calle divide Leticia de Tabatinga, Brasil. Sin ninguna dificultad cruza uno, claro, si necesita ir a Manaus, como el caso del joven, necesita permiso. No consiguió la vacuna que le faltaba, pero si el premiso, luego fuimos a los muelles de Tabatinga, menos activos que los de Iquitos, pero similar, allí en un barco compró el boleto para el día siguiente, zarparía a las 10:30 a Manaus, llegaría en cuatro días, viajaría en hamaca, que compraría más tarde, dormiría en la cubierta como es común en esos barcos, claro también hay camarotes.

Una curiosidad en Leticia, no hay motocarros (problemas con la autoridad no los han permitido), pero hay “taxi lineal”, llaman así a una motocicleta de dos ruedas, el conductor lleva un chaleco verde, el pasajero monta atrás. El problemón es que a diferencia de Iquitos, aquí si exigen casco, el “taxi” trae uno comunitario, pocos desean usarlo, con una humedad de más del 90%, ya se han de imaginar cómo estará de sudado. Hay pasajeros, que usan este medio y traen su propio casco.

Nos despedimos del amable guía. Luego yo del joven, liquidé el hotel, dejé mi equipaje en la administración, al aeropuerto a sellar salida. Sin ese trámite, no entra uno a Perú. Recorrer el centro de Leticia, comprar recuerdos y comer, hablé a mi esposa, explicando que el sábado tomaría de regreso el bote por las fiestas patrias.

Víctor me había insistido que me fuera a dormir a Santa Rosa, cuando volviera. Ahora comprendía, la hora de embarque es a las 4:30 en el muelle de Santa Rosa (viaja contra corriente y sale más temprano), o sea hay que salir de Leticia antes de las cuatro de la madrugada. El taxi (normal) lo deja a más de 50 metros del muelle, caminar hacia allá por la tierra y eso si no llueve, que es frecuente en esos rumbos, y pasar el puentecito semi flotante.

A las cuatro de la tarde del viernes me dirigí al muelle de Leticia, la humedad lo hace uno sudar al caminar. Me ofrecieron cargar mi equipaje y pasé el puentecito sin tensión. Otra vez en la lancha con cubierta de tela de plástico, bancas sin respaldo, rumbo a Santa Rosa. Atraca en el margen del río, arrastro la maleta entre lodo y tierra rumbo a migración a sellar entrada, traía visa de entradas múltiples, todos estos trámites son gratuitos en ambos países. El equivalente a la calle principal, es una banqueta de concreto de dos metros de ancho, por unos 200 de largo. Restaurantes, hotelitos, casas, caseta de policía, migración y negocios están a ambos lados. Me informan que el mejor hotel es Las Hamacas, me mostraron el cuarto, se veía aceptable y me quedo, el problema era el ruido, enfrente un restaurante con una grabadora con sonido brutal; me dicen que para a las 18:00, pero sigue otro al lado. La dueña, una joven mujer, me muestran un cuarto atrás, algo retirado del ruido, al que se llega por un corredor con piso de madera, un cuarto sin baño y prefiero quedarme en el que da a la banqueta principal. La dueña me da instrucciones sobre la luz de emergencia, un pequeño botoncito a media pared, lo oprime y se prenden dos tenues lucecitas. Son de una batería, a las 23:00 se corta la electricidad.

No se podía estar en el cuarto por el ruidazal, salí a caminar y recorrí toda la banqueta, casi era lo mismo, los restaurantes competían en tener la música más alta y no eran ni las 18:00. En un puestecito en un punto neutral entre el ruido, me tomé un Inka Cola, refresco peruano sabroso color amarillo, la dueña una colombiana simpática. Me refugié en el embarcadero, observando las lanchitas, llegó un barco de carga y pasajeros, de tres pisos, luego otro similar y se estacionó al lado. Descubro en el muelle dos motocarros marca Linfan, nuevos para mover carga, creo los únicos vehículos en Santa Rosa.

Una joven pasajera, de rostro caucásico y color café, como la mayoría de las personas de esos rumbos, venía en último barco que llegó, estaba en tierra como a unos 50 metros del barco. Conversamos, tenía 16 años, casada, venía de un pueblito de ver a su mamá, iba a Iquitos, era viernes en la tarde, llegaría en lunes en la mañana, viajaba en hamaca. Me comentó que en Navidad viajó igual, pero estaban todos lo lugares ocupados, durmió en un rincón hasta que bajaron pasajeros colgó su hamaca en los corredores, confirmó lo que había escuchado sobre la mala comida a bordo. Supe que había regaderas, pero es agua del Amazonas sin tratar, lodosa y aceitosa, ella se aseaba con un galón de agua para tomar comprado a bordo. Después de escuchar eso, le dije un secreto; el motivo por el que me había ido a dormir a Santa Rosa, tenía miedo cruzar el puentecito en el muelle de Leticia en la madrugada con la maleta de 20 kilogramos y la mochila, sobre todo si llovía. Ella dijo.

- Mi esposo se cayó en el muelle de Tabatinga, similar al de Leticia, en una agua sucia y maloliente, ya se han caído varias personas.

El sol se había ocultado, aparecieron zancudos y le picaban, le dije que me esperara, fui por un repelente al cuarto, el ruidazal seguía. Volví con el repelente en crema, le ofrecí suficiente, se untó en el cuerpo y piernas, no le di el tubo, era el único que traía. El silbido del barco indicó que pronto zarparía, no acostumbro andar besando a las mujeres, pero en este caso nos despedimos de beso y le deseé con mi mejor intención buen viaje, la perdí de vista en la oscuridad. Estábamos casi en el Ecuador, allí las tardes son cortas, después que se oculta el sol en media hora oscurece.

Volví al hotel, seguía el ruidazal, el agua duró 10 minutos. Volví a donde tomé el refresco a comprar una botella de agua, siempre traía una de repuesto y le comenté a la colombiana la historia que me dijo la pasajera y agregó.

- Sí, se ha caído varios al agua, mi esposo es lanchero, y se resbaló un día de lluvia en Tabatinga, se mojaron sus documentos y permisos.

El ruidazal cesó a las 21:30 como por arte de magia, creo se dedicaron a ver una telenovela, por lo menos al lado. Me acosté pasadas las 22:00, a lo lejos se escuchaba ciertos ruidos y un motor. El silencio total me despertó, el abanico dejó de funcionar, eran las 23:00, por fortuna no hizo calor. Un pabellón colgaba del techo, no hubo necesidad de utilizarlo. Dos veces me despertaron ruidos brutales en el techo, creo que un gato o no sé, persiguiendo ratas.

A las 4:10 caminaba rumbo al muelle, crucé el puentecito en la semipenumbra. Las oficiales de migración ya estaban, revisaron mi pasaporte y desearon buen viaje. Por estar todo el pasaje, el bote salió a las 4:50. Era de 20 pasajeros, iba en el penúltimo lugar, atrás veía uno el motor Yamaha V6 de 200 caballos fuera de borda. Un ruido como si un avión tratara de despegar. Afortunadamente traía unos tapones para los oídos y en algo disminuyó el sonido.

Los asientos en este bote eran fijos, la comida era sin gracia y al terminar pasaban (como en el viaje anterior) con una bolsa a recoger la basura. Igual que el anterior bote, cuenta con baño y sin lavabo. Me enjuagué las manos en el Amazonas, iba en la ventanilla y sacando las manos alcanzaba las olas de la embarcación, me quedaron lodosas y algo grasosas, recordando las palabras de aquella pasajera.

En todo el trayecto, de ida y vuelta, casi 800 kilómetros , únicamente vi flotando dos tambos, uno de 50 litros y otro de 20, ambos cerrados y juntos, daba la idea que se habían escapado y no era basura. Demuestra una actitud excelente de los habitantes.

El Callenger paró varias veces para reabastecerse de combustible. Las estaciones de servicio son casitas de madera flotantes. El capitán baja con una manguera de unos tres metros de largo y dos pulgadas de diámetro, hace sifón en un recipiente de unos 50 litros , puesto sobre un tambo de 200 litros y a cargar el depósito. Luego a guardar la manguera y proseguir el viaje. Un letrero grande y visible en el bote prohibía fumar. Operación que efectuó varias veces, en ninguna hay bomba. Las personas son amables y platicadoras, le pregunté al compañero de asiento que si algún bote cisterna repartía el combustible a esas estaciones y dijo.

- No, no, el dueño la trae en tambos.

Tardó el bote más de 13 horas para llegar al lindo Iquitos, que ahora lo veía de colores mucho más brillantes. En motocarro al hotel Marañón, llegué al mismo cuarto 208. Ya habían cerrado Lan y agencias de viaje. Hablé a la casa; me comuniqué con Víctor, quedamos de vernos a la mañana siguiente. Caminé por el centro, Iquitos, al igual que Lima, cuenta con muchos casinos. Entré a uno, no soy aficionado a las maquinitas, y para colmo están en inglés, eché un vistazo y salí.

El hotel incluye desayuno, salí a pasear por última vez en el centro de Iquitos. Vi el desfile militar, pasó por la plaza principal, allí hay un monumento de varios metros de alto, en memoria de los caídos de la región de Loreto (estado cuya capital es Iquitos) en la guerra del Pacífico. Pensé: “1879...todo un reto nada más ir de aquí al frente de batalla, vía fluvial a Pucallpa 450 km y de allí a Lima 782 km .

Caminé por el malecón, me despedía de Iquitos, para mi ciudad encantadora. El día anterior rebasamos a tres buques de guerra: peruano, colombiano y brasileño. Desfilarían frente al malecón el día de mañana por fiestas patrias.

Víctor llegó puntualmente, platicamos, cuando le informé que descubrí dos motocarros en Santa Rosa, se puso contento y dijo.

- Están progresando.

Le di dos libros míos dedicados, me regaló un hermoso vaso de madera decorado con la leyenda Amazonia Peruana. Iquitos Perú. Nos despedimos y se fue en su motocicleta, llovía ligeramente. Salí en motocarro al aeropuerto, tuve suerte y conseguí boleto. A las 13:30 partió el avión. Mi hada me había cuidado bien, ni me enfermé.

En Lima por fiestas patrias, no había lugar en el hotel en que había llegado (ocupado toda la semana), conseguí otro por el rumbo, muy cómodo, claro, más caro.

En la noche le hablé al camarada Oso.

- Puchas, Juan, puchas, ¿qué te pasó?, quedé preocupado por el mensaje.

- Todo bien, pero pensaba que estaba mejor, que era todo como Iquitos.

- Puchas, Juan, ¿qué podías esperar?, si es la selva.

Quedamos de vernos a las 8:30 para ir al desfile militar, pasaría al hotel.

Esa tarde caminé por Miraflores, era domingo pero las tiendas grandes estaban abiertas, compré unas camisas. En Lima era invierno, en al noche 16 grados centígrados, en el día subía a 20.

En la mañana llegó Oso al hotel, nos saludamos con gusto. Dijo.

¿Listo para el desfile?

Señalé mi ropa y agregué.

- ...camisa nueva, que tú bordaste en rojo ayer...

- Esa canción se la canto a mi hijita cuando se va a dormir.

Tenía dos pases en palcos en el Campo Marte, uno a nombre de él. Con el negro recuerdo del terrorismo de Sendero Luminoso, solo con pase se puede entrar. Llegamos temprano, un lugar de lujo nos tocó, después del cuerpo diplomático. Estábamos a 25 metros del presidente Alan García.

Una experiencia agradable y de mucho colorido ver el desfile. Las guardias presidenciales usan un llamativo uniforme, tipo del siglo antepasado. Las bandas de música de las diferentes armas, tienen sus colores. Los caballos llevan medias color amarillo. Duró casi tres horas. Le dije a mi amigo.

- El de Iquitos me gustó, y fue en gris y verde olivo, igual como son en México, imagínate éste a colores.

Cuando pasaron las cadetes de la aviación, con su uniforme de gala y capas azules con rojo, dije.

- Ni en mis noches de insomnio, he pensado tanto lujo.

El Ejercito impresionó a todos y fue muy aplaudido, desfiló a paso ligero, todo el personal, incluyendo el jefe máximo (creo 56 años) y estado mayor. Por cuatro kilómetros desfilaron así, la tropa cargando sus armas y equipo. Como un paréntesis diré que ayudo eso al hecho que casi no hay gordos en Perú. Sin duda influye que no hay tortillas y en los restaurantes no ponen pan.

Los días siguientes salí de compras. Una mañana recorrí Lima en un autobús de doble piso, no aguanté todo el viaje arriba, me venció el invierno austral y eso que había comprado una chamarra de alpaca calientita. Era común cuando decía que era mexicano me preguntaran ¿ya fue a Machu Picchu?, que es el destino normal del turismo y se extrañaban hubiera ido al Amazonas y no deseara ir a ese sitio.

El viernes en la tarde salí con el jefe del Frente NS Peruano, luego pasamos por Oso y fuimos al Circuito Mágico del Agua, una serie de 13 fuentes de agua, iluminadas, están certificadas por Guinness como el conjunto de fuentes públicas más grande del mundo. Hay una fuente con chorro de 80 metros de alto. En las Vegas, había visto un espectáculo así, de música y el bailar de las fuentes, pero el de aquí en verdad es algo superior y de llamar la atención, entre ellos un túnel de varios metros de largo con agua anaranjada, por el cual pasa uno sin mojarse. El sábado iría con los camaradas del Frente NS y el Observador Popular al Museo de Automóviles, quedaron de pasar por mí.

Muy de mañana revisé el correo electrónico, recado de mi esposa, que consiguiera para mi mamá (que es muy católica) y para ella, unas escobitas milagrosas, que hay en el templo de San Martín de Porres y también una estatua del santo. Llegaron los camaradas, les comenté del encargo, con gusto me llevarían a la casa donde nació San Martín, ellos son católicos y de la misa tradicional. Allí hay una tiendita y conseguí los encargos, visitamos la capilla, es además un centro de ayuda. Saliendo aprovechamos para ir al templo de Santa Rosa de Lima, que está enfrente. Hay una tradición bonita, una noria en el jardín funciona como pozo de deseos. El Observador Popular compró una cartita, hice igual y escribí: Que retorne con bien a casa y un día vuelva a Lima. Y la eché a la noria.

De allí salimos a la Asociación Museo del Automóvil Colección Nicolini. He tenido la oportunidad de conocer varios museos. Una duda me asaltaba: “¿pero que podrá haber acá en Lima?”. Quedé maravillado, habría más de 100 vehículos. Claro, muchos Ford modelo T y A, pero también Lancias, dos Rolls Royce Phantom I y II, la estrella es un Auburn 851 dos puertas convertible rojo, de 1935 con supercargador. ¡Y sorpresa!, dos Pierce-Arrow de los años treinta V12, en perfectas condiciones, Edsel 1959, Avanti, Allard 1952. Bueno, sería aburridísimo citar marcas de automóviles para muchos lectores, pero encontré un ¡Trabant!, color blanco, motor de dos tiempos, de aquellos que hacían en Alemania Democrática. Hay una sección donde restaura, el encargado del museo, era platicador y nos dejó ver todo. Allí tenían otro Aubrun Supercharged, convertible, desecho el interior, pero así habían llegado varios, me explicó. Una curiosidad, un Packard 1958 cuatro puertas (ni en Harrahs Automobile Colletion, había visto uno así), fue el último año de fabricación, color verde, en condiciones aceptables, estaba para próxima restauración, me dicen que lo consiguieron en una ciudad del Perú. Luego de tomar muchas fotos, dejamos el museo, salí fascinado.

De allí nos fuimos al Callao, puerto junto a Lima, en un camión urbano, casi una hora de camino, estábamos en el otro extremo, pero con la plática amena con los camaradas, ni sentí el viaje. Íbamos al Museo de Sitio Naval, para visitar el submarino Abato. Perú tiene una gran tradición de flota submarina, empezó en 1911 con dos. No desean que se repita lo de la guerra del Pacífico. Llegó a tener 12 en operación, hoy tiene seis en acción. En el puerto hay uno para visitarlo, es americano de 1952, el guía es un oficial de la flota submarina, contesta preguntas del público. En verdad, no es cómodo y para pasar de un compartimiento a otro hay que agacharse. Lleva 40 tripulantes, y en tiempo de guerra 50, tiene ocho torpedos, cada uno pesa 900 kilogramos , como en las películas, hay pocas camas y se tienen que ir turnando para dormir, el único que tiene su propia cama es el comandante en su cuartitito. El submarino pintado color negro flota, así es que de repente hay vaivén. De allí a Miraflores, cenamos, me llevaron hasta el hotel se despidieron aquellos atentos camaradas. San Martín (que lo habían empacado muy bien) y las escobitas, también visitaron los automóviles y submarino. Otro día feliz que pasaba en Perú.

Han ido camaradas chilenos, argentinos, colombianos, ecuatorianos, alemanes y españoles, era el primer mexicano que los visitaba.

El domingo pasó Oso por mí, comeríamos con jóvenes del Movimiento Nacional Socialista Despierta Perú. Fuimos al barrio donde está el puente de la famosa canción La Flor de la Canela. Comimos en un restaurante de comida peruana en ese sector, claro, nos tomamos fotos en el puente y a la estatua de Chabuca Granda que está en un parquecito a la salida del puente, ella vivía en ese rumbo cuando niña. Antes de llegar a ese sitio nos tomamos unas fotos en la fachada de la casa donde se festejaron los 100 años del nacimiento del Fuhrer, Oso tenía 13 años y asistió. Yo en esa memorable fecha la pasé en Madrid con los camaradas de CEDADE.

Esa tarde salí con otros camaradas de los Tercios, fuimos a Huaca Pucllana, unas construcciones Incas, en el barrio de Miraflores, eran 18 hectáreas , hoy quedan seis. En su época había doscientas pirámides en lo que es hoy Lima. Sitio interesante, con mucha historia. De allí a Larco Mar, tomar un helado. Se acercaba la hora de dejar Lima. Les dije.

- Me han tratado excelente, deseo volver en otra oportunidad y con mi esposa, claro, vendría ya como un Monstruo de la Normalidad , ella desea ir a Machu Picchu y no al Amazonas.

Fuimos por mi equipaje, que estaba en casa de un camarada, luego Oso y otro camarada me llevaron al aeropuerto, estuvieron conmigo hasta que entre al pasillo a tomar el avión. No me queda más que decir ¡vivan! los Tercios NS de Nueva Castilla, el MNSDP, al igual que el Frente NS Peruano y el Observador Popular.

Llegué bien a casa, con la ayuda de mi hada protectora. Recuerdos inolvidables y agradables, saber que hay gente buena en todos lados. La maravilla del idioma común, así sea en una tienda lujosa o en un caserío en el Amazonas y todos nos comunicamos. Agradezco a Santa Rosa su ayuda para que llegara bien y espero que el segundo deseo: “Volver a Lima”, la Santa caucásica me lo conceda.