
Chiang Kai-Shek
Nota: Hasta antes de la caída del Muro de Berlín, el siguiente artículo era la
tónica de todo grupo anticomunista, sinmplemente lo publicamos como una forma nostálgica
de anticomunismo, donde hasta Chiang lo tomábamos por aliado
En 1949, cuando el generalísimo Chiang Kai-Shek arriba a las costas de Formosa a la
cabeza de más de 2 millones de sus compatriotas chinos, las condiciones de vida de
cualquier ciudad venezolana de seguro eran muy superiores a las de aquella isla. La Ilha
Formosa, denominación con la que los navegantes portugueses del siglo XVI designasen a
Taiwán, era apenas una remota provincia insular del extenso territorio chino,
sucesivamente ocupada por holandeses y españoles, hasta su definitiva anexión al imperio
chino en los tiempos de la dinastía Ming. Restituida la soberanía china en la isla tras
la derrota japonesa en la II Guerra Mundial, Taiwán se convertiría, al fin de la guerra
civil en 1949, en el último reducto de la República fundada por Sun Yat-Sen en 1911.
Hasta allí fueron a dar quienes nunca se rindieron al dominio comunista, proyectando una
futura restauración de la República en el vasto subcontinente controlado ahora por los
maoístas.
El "milagro"
Una isla montañosa, sin mayores recursos naturales, con
apenas un tercio de su extensión aprovechable con fines agrícolas y que en poco más de
50 años habría de convertirse no sólo en una democracia ejemplar, sino también una de
las primeras economías del mundo. ¿Cómo fue posible tal "milagro"? En
principio, no se trató de milagro alguno, sino de la concreción progresiva de un
proyecto nacional consistente y de largo aliento llevado a cabo por un liderazgo político
excepcional. En primer término, los taiwaneses se concentraron en consolidar la base
agrícola de su economía, cuyos excedentes permitieron fundar años más tarde una
industria manufacturera de gran importancia. A mediados de los años 70, bajo el liderazgo
del presidente Chiang Ching-Kuo, Taiwán inicia su carrera hacia lo que hoy vemos: una
sociedad del conocimiento cuya economía, hasta entonces industrial y manufacturera como
antes lo fue agrícola, habrá de basarse en lo sucesivo en la creación de valor y en una
creciente orientación al sector externo. Los resultados están a la vista: más de 250
mil millones de dólares en reservas internacionales, pobreza inferior al dígito,
seguridad social universal con cobertura superior a 97% y una tasa de alfabetización
superior a 96%.
Reducidos
Contraste brutal con nuestros países, que de dar cuenta de más de un 12% del comercio
mundial en la primera mitad de siglo XX, hoy en día no alcanzamos juntos ni siquiera 5%.
¿Nos reduciremos los latinoamericanos a la más penosa de las irrelevancias en el futuro
próximo? Ante los notables avances de las economías asiáticas, ¿tendremos acaso que
conformarnos con ser, no ya países sino que meros paisajes? Los latinoamericanos de ayer
y de hoy seguimos fascinados por las grandes utopías decimonónicas al tiempo que
insistimos en seguir escapando a nuestras culpas echándolas sobre los hombros de otros
-los conquistadores españoles primero, el "imperialismo yanqui" después, la
"oligarquía" ahora-. Salvo por la notable excepción de Chile y las inmensas
posibilidades que parecen prometernos Colombia, Perú, México y Brasil, el penoso
panorama que ofrecen nuestras economías latinoamericanas enfermas de rentismo, atadas a
un exhausto sector primario y condenadas de antemano por la ineficiencia, debería
merecernos una reflexión más descarnada y sería a la luz de ese libro abierto que es
Taiwán.
Cargas multicolores
Entretanto, una larga fila de buques se ordena en los muelles del puerto de Kaohsiung para
recibir sus respectivas cargas en multicolores contenedores. Son computadores, productos
biotecnológicos, nanotecnología y un sinfín de géneros todos contentivos de un alto
valor agregado que les garantiza de antemano una segura y ventajosa colocación en los
exigentes mercados del mundo global y, con ello, los retornos que habrán de animar a una
poderosa economía generadora de empleos bien remunerados, de servicios públicos de
primera y de una asistencia social que ya quisieran para sí europeos y norteamericanos.
"¿Qué crees que estarán haciendo a esta hora allá en Caracas, en La Paz o en
Buenos Aires?", me preguntaba un colega latinoamericano presente conmigo en aquel
puerto. "A lo mejor cantando loas al Che Guevara o leyendo pasajes de los libros de
Martha Harnecker", le contesté con sorna. Y mientras charlábamos, uno a uno iban
levando anclas aquellos buques que ponían proa rumbo a los mares del mundo, cargados
hasta el tope con cientos de artículos de exportación distinguidos con una marca
familiar para cualquiera de nosotros: Made in Taiwán.
 |