
Siguen maquinando venganzas los que no olvidan ni perdonan
La derogación de la amnistía, que protege además derechos adquiridos, logra poco
fuera de la venganza por agravios imaginarios pero desquicia muchísimo
El candidato de los comunistas, Funes, dijo no y dijo si, con su habitual imprecisión,
respecto al planteamiento efemelenista sobre la ley de amnistía. En el programa del
partido, refrito del presentado hace cinco años por Schafik, refrito a su vez de lo que
la izquierda violenta viene proclamando desde hace siglo y medio, se fijan las condiciones
para anular la ley de amnistía. Ni olvidan ni perdonan ni aprenden.
La amnistía hizo posible sentar las bases de una paz, como se viene aplicando en
prácticamente todos los países que pasaron por esa clase de agresiones. Los
secuestradores, mataalcaldes y etcétera del efemelenismo podían no sólo reincorporarse
a la vida normal de El Salvador sino que inclusive, lo que fue un gravísimo error, formar
un partido político sin antes abjurar de la violencia y los despojos. Los comandantes
militares también fueron amnistiados, la mayoría por abusos y crímenes perpetrados por
soldados y clases bajo su mando. Para que todos cupieran en la cama era esencial que todos
dejaran el suelo.
Ahora resulta que la amnistía sólo valdría para unos, los criminales de la guerrilla,
pero no para otros, como sucedió con la Comisión de la Verdad. Hay además una
tradición en este suelo de cargar los dados en favor de unos y en contra de otros, como
en el juicio que se siguió contra una banda de secuestradores en el que el juez destruyó
evidencias y además recibió órdenes del magistrado presidente de la Corte Suprema de no
interrogar a Schafik. La derogación sería el punto de partida de una cacería contra los
grupos que, pese a sus errores y fallas, salvaron a la República de caer en el comunismo.
Un candidato al que no le hacen caso
Valen muy poco las seguridades del candidato rojo, Funes, de que él se opone a esa
derogación. Lo que diga el señor Funes no es representativo de lo que hará la banda si
cae la desgracia de que lleguen al poder. Un candidato que no ha jugado papel alguno en
formular el programa del partido que lo postula y que ni siquiera podrá nombrar a nadie
en su hipotético desgobierno (fuera de secretarias y tal vez personal de aseo), no va a
cambiar lo que es una consigna roja: vengarse del contrincante. Stalin mandó a matar a
Trotsky, los rojos al coronel Osmín Aguirre a los casi noventa años y Cayetano a la
Mélida. Después de que se firmaron los "Acuerdos de Paz" varios militares
fueron asesinados en El Salvador, crímenes que nunca se llegaron a esclarecer pero de
cuya autoría nadie duda.
Lo que faltó, una falla gravísima, es que los comunistas renunciaran oficialmente a la
violencia, a la lucha de clases, a la economía centralizada, a usurpar los "medios
de producción" y a abolir la propiedad privada. Faltó además que juraran lealtad a
los principios y prácticas que son la esencia de las sociedades libres y democráticas.
Eso hicieron los comunistas italianos, franceses y españoles, al grado que los primeros
ya no usan el rojo como su color partidario; lo rojo quedó para los
"brigadistas", el grupo del terror, uno de los cuales trabajaba para la Reina de
la Basura.
La derogación de la amnistía, que protege además derechos adquiridos, logra poco fuera
de la venganza por agravios imaginarios pero desquicia muchísimo. La derogación abre
heridas que deben cicatrizarse del todo.
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