
Cuando el percance fue culpa de la corrupción
Articulo publicado en El Universal
Según Héctor Zavala, el choque fue orquestado por los titulares del entonces DDF y del
Metro para demostrar que era necesario instalar el sistema de pilotaje automático.
(http://www.eluniversal.com.mx/coberturas/esp220.html)
Hombre de una vida dentro del STC-Metro, Héctor Manuel Zavala Bucio, hoy integrante del
sindicato de la empresa, ni siquiera titubea: "Fue un sabotaje".
Habla del accidente en la estación Viaducto, de ese día de 1975 del que se sabe bien
poco y quizá ya no exista prueba documental. "Su idea no era sacrificar inocentes,
era nomás un alcance, un enganche de trenes, pero les falló".
Aquella mañana del 20 de octubre, Zavala trabajaba en el Taller de Mantenimiento Menor en
Tasqueña y era el secretario de Prensa y Propaganda del Comité Ejecutivo General del
sindicato. Desde esa posición indagó el trasfondo del percance: "Desde el momento
que se robaron la caja negra, la cinta de la caja, la téloc (cronotacógrafo), lo
detectamos. Nunca apareció la cinta, ahí estaba la clave del accidente".
"La gente tenía miedo de hablar", cuenta, "era otra época. A muchos los
callaron con dinero, o los hicieron callar con amenazas".
Según Zavala, la intención era presionar al presidente Luis Echeverría, ante su
negativa insistente a comprar el sistema de pilotaje automático del que carecían los
trenes. "La idea no era un accidente de esa magnitud, no era sacrificar inocentes,
era sólo un alcance, incluso un enganche de trenes, pero les falló".
¿Quiénes? Da dos nombres: Octavio Sentíes, regente del Distrito Federal, y Jorge
Espinosa Ulloa, director del Metro, integrante de la comisión especial que creó
Echeverría para investigar el caso, luego gobernador de Veracruz, ahora ya fallecido.
"El testimonio más creíble -dice- fue el del ingeniero Juan Manuel Ramírez Caraza,
director del Politécnico, subdirector del Metro muchos años, él fue el que me
comentó... No se trataba de matar gente, sino de demostrarle a Echeverría que era
factible un alcance si no se compraba un pilotaje automático".
"Según me decía este ingeniero, él supo que la idea de Espinosa Ulloa y de los
responsables de la operación era sacar esto, la idea era hacerlo en Allende, por eso el
tren número 08 se iba parando, por eso le accionaban las palancas de emergencia",
dice.
Zavala recuerda una conversación con Ramírez Caraza, ya fallecido, en la que le contó
que el regente Sentíes fue enfático al advertirle que no siguieran investigando un
posible sabotaje, que había sido una falla humana y punto: "Fue una falla, señor
regente", habría acatado el entonces subdirector del Metro.
En esa acción, dice el dirigente sindical, quizá pudieron estar concertados el conductor
del tren 10, Carlos Fernández Sánchez, y sobre todo el responsable del Puesto de Control
Central de la línea 2, Rodolfo Luis Flores Gutiérrez, que observó cómo un tren se
acercaba peligrosamente a otro y no hizo nada, y "luego incluso quedó mal de los
nervios, se volvió loco, pues". Ambos están vivos, aunque no ha sido posible saber
su paradero.
Zavala cita aquel desplegado de 1975 al que hacen referencia tantos testimonios, en que se
alertaba de un atentado días antes del accidente, pero dice: "Eso era un asunto
político, una coincidencia nomás". El trasfondo fue económico, asegura.
¿Cómo supo del sabotaje? Preguntando. En 1984 publicó un escrito, Crónica de un
silencio, que se distribuyó entre los trabajadores del Metro. Ahí denuncia hechos que
derivaron en el accidente de Viaducto, los motivos del silencio y el sacrificio de vidas
inocentes.
¿Por qué nadie habló en tantos años? Quizá nunca pueda saberse con certeza. "A
partir del accidente, al sindicato le fue mejor que nunca, nos dieron prestaciones,
plazas, casas", dice.
De por lo menos 31 hombres, mujeres y niños muertos, nadie habló más. Y hoy,
desaparecidos los principales testigos, perdidos los documentos de esta historia
convertida en retazos, apenas queda la evidencia de que el silencio es otro de los rostros
de la corrupción.
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