La verdad de lo que es el infierno

Enrique Jardiel Poncela

Conversación con el casero y fallecimiento

Cuando ayer caí enfermo con una inflamación en la mejilla derecha, todo el mundo dijo que no tenía más que un flemón, pero yo comprendí perfectamente que la hora de mi fin había sonado en el reloj de cucu de la Eternidad.
Por eso mi primer cuidado fue hacer llamara al casero. Vino rápido e ingrávido, pensando que iba a satisfacerle los cinco recibos pendientes.

-Don Felipe--le dije al verle-, esto se ha acabado.
- ¿Va usted a pagarme? indagó tremante.
-No, señor. Le he avisado para decirle que he hecho usted el Indostán, porque yo me muero y los recibos se lo va a pagar Rita, "la cataora".
Su semblante adquirió palidez cirial.
-Piense usted-dijo-que además de de este mes, tiene usted cuatro recibos pendientes. Soy capaz, en vista de que se halla enfermo, de perdonarle el recibo de este mes, pero ¿quiere usted decirme qué hago con los pendientes?
-Regáleselos a su señora.
Y dicho esto fallecí
Eran las dos de la tarde, y los niños cruzaban las calles en dirección a sus colegios, jugando al
"paso y la uva".

Mi conciencia, un cigarrillo turco, luzbel.

Y enseguida de morir, como la inmortalidad del alma no es ningún camelo, me puse a considerar que no tardaría en hallarme en presencia del tribunal que había de juzgar mis actos pasados.
Todos los teólogos lo saben: ese tribunal que nos juzga inmediatamente después de morir está constituido por nuestra propia conciencia.
Una dama vestida de crèpe, ceñida con una capa de cachemira y los cabellos rubios envueltos en un cintillo de brillantez, se acercó a mi cama. La dama era hermosa como los alrededores del lago Michigan y esbelta como una pipa de opio.
-Hola, Enrique -me dijo-. ¿Sabes quién soy?
Me alce de hombros groseramente sin contestar.
-Soy tu conciencia-habló la dama-y vengo a juzgarte.
Después de esto se sentó en un cojín, cruzó una pierna sobre la otra y sacó una cajita de "Abdullas".
- ¿Quieres? -dijo brindándome un cigarrillo.
-No me gusta el tabaco turco.
-Allá tú.
Y la dama acercó el cigarrillo a uno de los fuegos fatuos que flotaban por la alcoba y lo encendió.
-Voy a juzgar tus actos.
- ¿los de zarzuela o los de comedia?
Siguió sin hacer caso de aquella burla rupestre.
-Tú -exclamó poniéndose seria-has hecho en el mundo muchas barbaridades.
Asentí.
-Has destrozado el corazón de nueve mujeres y has traicionado a siete amigos. Has leído los artículos de Jiménez Caballero y has convidado a vermouth a bastante gente. Dejas en el mundo tres hijos naturales, algunas obras de teatro y centenares de artículos.
-Sí murmuré.
-Pues bien: todo esto hay que pagarlo en esta vida, que es la que tù llamas la "otra" cuando estabas en la otra.
Al llegar a este punto, me hice el lío, pero me dio vergüenza declararlo.
-en efecto; eso es justo-repliqué-Pero ¿cómo he de pagarlo?
-Yendo al infierno-repuso mi conciencia, mientras se estiraba una de las medias de gasa con un ademán elegantísimo.
-¿Al infierno ¿ .¿Pero el infierno existe?
Volvió la cabeza y rió, enseñando una dentadura maravillosa.
-Naturalmente!-exclamó . ¿Cómo no va a existir el infierno?
Y haciendo una transición, me preguntó mientras señalaba uno de los libros que había hojeado:
- ¿Me dejas esta novela? Parece interesante…
-Llévatela.
-Pues sí-exclamó volviendo a mi lado, con la novela bajo el brazo y lanzando al techo un chorrito de humo perfumado-el infierno existe, y el número de mortales que va a él es extraordinario.
-Y verdaderamente ¿es eterno como me enseñaron en la escuela?

-Eterno. El que entra allí no sale jamás.
-Ocurre lo mismo en el Cuerpo de abogados del estado. ¿Sigue rigiéndolo Satanás?
-Sigue él, sí. Satanás, Lucifer, Mefistófeles, el Diablo, el Demonio…Su verdadero nombre es Luzbel; hay quien dice que los demás son seudónimos que utiliza para pasar inadvertido.
- ¡Y las calderas y el fuego, todo sigue igual?
La dama exquisita, que era mi conciencia, volvió a reír.
-No-murmuró-.Todo ha cambiado. Hoy los tiempos son otros. Existía eso cuando la teoría del fuego central convertía el planeta en una bola llena de llamas y cubierta por una costra. Hoy, que se sabe que en el interior de la tierra apenas hay tres o cuatro regiones provistas de materia incandescente, el infierno ha variado también.
-Entonces, ¿qué es lo que me aguarda allí?
Mi conciencia, ocupada en cubrir los labios con una capa de "jugo de rosas", tardó en responder:
-Pronto lo verás-repuso-. ¿Qué hora es?
-Las dos y cuarto
-A las tres y media, Luzbel estará aquí. Me dijo que vendría sin falta cuando acabase de conducir al infierno a un fabricante de sobres que está muriéndose en el Canadá.
- ¿Y es puntual Luzbel?
- Como eclipse de sol.
Mi conciencia hizo una nueva transición.
- ¿Te gusta la música de Rimsky? -indagó reclinándose indolente en la cama turca.
- Interpretada por una orquesta de ciegos, no-contesté.
Y aun hablamos más de una hora: de arte, del último sorteo de la lotería, del reciente estreno, de Lindbergh, de la bondad de los lapiceros Faber y de otras muchas cosas.
Pretendí también hacerla el amor; pero ella se resistió tenazmente diciendo que eso no estaba bien.
Sentí que no nos pusiéramos de acuerdo
Pero por lo demás, estas luchas con mi propia conciencia habían sido frecuentes durante toda mi vida terrenal.
De pronto, a las tres y media en punto. Oí crujir la madera del pavimento, y alcé la vista.
Frente a mí había un caballero, bajito, delgado extraordinariamente elegante y simpático. Llevaba monóculo y jugueteaba con un bastoncito. Se inclinó ágilmente.
Mi conciencia extendió sus dedos pálidos e hizo una presentación llena de gracia suave:

-Luzbel.. -murmuró señalando al caballero del monóculo
Luzbel sonrió, sacó del bolsillo una linternita eléctrica y paseó su foco por toda mi persona. Después de este examen, dijo:
-Perfectamente.

Nos ponemos en marcha

-Es muy simpático-le dije a mi conciencia, señalando a Luzbel
   
-Imagínate que no trata más que con gente de talento-repuso ella.
Y ya familiarmente, me dirigí al diablo.

- ¿Por qué lleva usted linterna eléctrica?
- Por necesidad-dijo él-.¿Usted sabe lo que significa la palabra "Lucifer"?
- No, señor
- ¿Y la palabra "Mefistófeles"?
- Tampoco
- No me extraña. La gente es de una ignorancia repugnante -exclamó con un gesto de desprecio-.Pues, amigo mío, Lucifer significa, Lucifer significa "el que lleva la luz" y Mefistófeles "el enemigo de la luz".Era preciso compaginar estos dos nombres que me han colocado, tan opuestos entre sí. Y se me ocurrió esta idea de llevar una linterna eléctrica. Porque es indudable que así "llevo la luz" y al mismo tiempo, como apago la linterna inmediatamente después de haberla encendido, soy también "el enemigo de la luz".
- ES una idea diabólica.
- Muchas gracias -agradeció Luzbel. Y ahora hágame el favor de vestirse.
Obedecí rápidamente. Cuando estuve vestido. Luzbel sacó de su bolsillo una flor y me la colocó en la solapa.
Se volvió hacia mi conciencia.
Luzbel la ayudó a ponerse la capa de cachemira que había quedado sobre la cama turca y salió primero de la habitación.

- ¿Adónde vamos? -preguntó
- Al infierno .Por aquí…
- Y me señaló el pasillo.
Echamos a andar los tres.

    Se va mi conciencia, El taxi infernal   

Al bajar la escalera, nos cruzamos con la vecina del principal. Pasó al lado de mi conciencia sin verla, y pasó junto al Diablo y junto a mí sin vernos tampoco, lo que es fácil de comprender si se medita en que los espíritus somos invisibles.
El Diablo se detuvo y volviendo la cabeza, se encajo el monóculo y siguió con la vista a la vecina del principal.


- ¡Hermosa mujer! Murmuró.
- ¿Te gusta? -le dije-Vive ahí en el principal derecha…
Lucifer me miró con lastima, alzando una ceja.
- ¡Ya lo sé hombre; ya lo sé! Precisamente hace un es que la visito todos los días para ver si puedo pervertirla y llevármela al infierno. Pero no hay manera. Y es lástima, porque en el infierno tengo muy pocas mujeres bonitas.
- ¿Es posible? ¿Y a qué obedece eso?
- A que sólo son verdaderamente perversas las mujeres feas y deformes, esas mujeres que se pasan la vida terrenal rabiando de envidia y diciendo que las modas modernas son una vergüenza y un escándalo, por la única razón de que ellas tienen las pantorrillas torcidas y no pueden enseñarlas. También abundan en el infierno mujeres viejas y mujeres gordas, por la misma causa: pero mujeres jóvenes y lindas…tengo pocas, muy pocas…
- Pero, ¿Y las bellas heroínas históricas? ¿Mesalina? ¿Paulina Bonaparte? ¿Lucrecia Borgia? ¿Catalina de Mèdicis?
-Están en el infierno, sí, pero son unas birrias.

-Todos los historiadores han afirmado que eran preciosas.

-Los historiadores son unos desgraciados dotados de un gusto pésimo. Si mesalina saliera del infierno y se paseara una tarde por Piccadilly, por el Brodway, por la Avenida de la ópera o por la calle de Alcalá, apenas llamaría la atención de algún dependiente de ultramarinos.
Habìamos llegado al portal y mi conciencia nos aguardaba, envuelta graciosamente en su capa de cachemira.
Me tendió la mano.

-He aquí el momento de separarnos, Enrique-me dijo.
Le pregunté por qué me acompañaba al infierno.

-Ya he cumplido mi misión-repuso-Te he juzgado; he determinado que su sitio está en el infierno, y como tu vida ya no es susceptible de reorganizarse, yo sobro junto a ti…Adiós Enrique…
Sentí cómo sus dorados cabellos se acercaban a mi rostro; luego note mis labios besados por los labios de mi conciencia, que sabía a anìs. Y la vi alejarse hacia el interior del portal y desvanecerse en la claridad de una ventana abierta a Occidente.
Lucifer me sacó de mi ensimismamiento.
   
-Vamos-murmurò-. Veo que ahora contemplas con asombro lo bella que es tu conciencia…en cambio, cuando estabas vivo no le hacías ningún caso…anda, ven. Ya no tiene remedio.

Un taxi esperaba en la calle. El diablo me hizo subir, y subió él sin decir seña ninguna.
Rodamos vertiginosamente, dando unos tumbos espantosos.
-Este es un taxi infernal-me comunicó Lucifer.
-Ya lo había notado en lo mal que se viaja en él -contesté fríamente.

La entrada, vista general del infierno
Corrimos mucho a lo largo de una carretera muy recta. Apenas pude ver el paisaje. El cuentakilómetros indicaba cifras fantásticas. 1,200., 1500…
Al fin el auto se detuvo al pie del monte de rocas plutónicas. Un mendigo se nos acercó y pidió limosna en italiano:
-Signore…
El Diablo le cruzó la cara con su bastoncillo, y exclamó:
- ¡Estos imbéciles, que en lugar de asesinar banqueros se resignan a pedir limosna, me sacan de quicio!
- Ha pedido limosna en italiano-exclamé extrañado.
- ¡Claro! -dijo el diablo-. Estamos en Italia. Este monte que ves aquí es el Vesubio
Efectivamente, allá arriba distinguí una humareda sutil.
-Ven, que nos esperan-añadió Lucifer.
Y nos dirigimos hacia un grupo de ocho o diez personas, al frente del cual estaba un individuo vestido con una elegancia sólo parecida a la del Diablo.

- ¿Son turistas? -indagué
- No. Son compañeros tuyos: condenados al infierno.
Luego me presentó al caballero elegante que acompañaba a los condenados.
-Mi primer ayudante.
- ¿Cómo se llama?
El presentado tomó la palabra.
-Me llamo Pedro Botero. Pero todo el mundo me llama Perico.
Satanás cortó el diálogo con un ademán rápido.

- ¡En marcha! Se hace tarde y tengo que ir a Australia a recoger un alma de un coleccionador de capicúas.
- ¿Y por qué un inocente coleccionador de capicúas viene la infierno?
- Por idiota.
Enseguida nos pusimos en marcha. Cada cual montó en un caballo encarnado, y antes de que nadie se diese cuenta de ello, aquellos caballos del infierno nos subieron al cráter del Vesubio.
La temperatura era muy alta; por las resquebrajaduras del terreno salían fumarolas.
Al llegar, el Diablo echó de allí a puntapiés a diez o doce personas que merodeaban alrededor de cráter.
- ¿Quiénes son? -pregunté.
- Gentuza de Nápoles que sube aquí y aprovechando el calor del vestíbulo del infierno, se hacen la comida ahorrándose el carbón-repuso Lucifer.
- A continuación emitió su silbido en "re bemol", y el principio de una rampa en forma de tobogán. Ellos se lanzaron cerrando la marcha.
El calor subió doce grados bachiller.
En un instante llegamos a una amplia plataforma.
Estábamos en el vestíbulo del Infierno, un Infierno exactamente igual al que han hecho popular los tratados de los mejores artistas.
-Este es el infierno antiguo-Explicó Satanás-.El que recorrieron Dante y Virgilio; aquí están los condenados hasta el año 1900. Más allá comienza el infierno moderno, donde el suplicio del fuego eterno ha sido sustituido por otros suplicios peores y más originales. Este antiguo no os interesa; lo conoceréis por referencias y además no es el que os destina a vosotros. Venid.
Cruzamos el infierno antiguo, con sus diablos clásicos desnudos, provistos de cuernos y de grandes tenedores con los que pinchaban a los condenados que se retorcían entre llamas.
Tardamos muy poco en atravesar el vastísimo vestíbulo. Se traspuso una puerta y, como por encanto, la temperatura se hizo normal.
Tres o cuatro caballeros elegantísimos nos saludaron sonriendo.
-Son los diablos modernos-habló Lucifer.
Y la comitiva hizo alto.
Nos hallamos ante una puerta cerrada donde campeaba esta inscripción.


"Condenados del año 1901 y siguientes"


Y más a la derecha, un aviso escrito en todos los idiomas.



   
    "Hablad bajo, se prohíbe escupir.

El mejor dentrífico, Perborol"

Lucifer oprimió nueve veces el timbre de la puerta, pero la puerta no se abrió

Llamó diecisiete veces más. A la media hora de esperar, abrieron por fin.

- ¿Por qué han tardado tanto en abrir? -le preguntó a Pedro Botero.
- Usted olvida que estamos en el infierno, rodeados de gente perversa. Nos han hecho esperar para que pasemos un mal rato.
El grupo de condenados avanzó y yo avancé formado parte del grupo. Nos hallamos en el infierno destinado a los infernales de los años 1900 a 1927.Era un salón inmenso. Mirando a la lejanía se perdía la vista, pero como era fácil encontrarla, todo iba bien.
El salón estaba decorado con grandes panneaux que el Diablo fue explicándome al pasar.
- ¿Ves? - me dijo-Estas pinturas tienen por objeto hacer propaganda contra la bondad humana. Aquel panneaux , en donde aparece un pobre andrajoso que va a casa de un rico a devolver una cartera que se encontró en la calle y que vuelve a su miseria mientras el rico sigue en la opulencia, es un ataque a la honradez. Ese otro, que representa una señora gorda que lee entre bostezos la hoja de un almanaque de pared, significa que la virtud acaba siempre en la obesidad y el aburrimiento. Aquel otro panneau en donde se ve a un hombre envejecido, reumático y triste demuestra cuál es el fin de los hombres que se sacrifican por su familia. Este otro, que representa un individuo aplastado por lo pies de una multitud, simboliza lo que sucede a las personas cordiales y bondadosas. Aquí, en este díptico, se puede apreciar cómo el hombre ignorante alcanza la fama y el prestigio y cómo el hombre sabio muere obscuro y despreciado.
El Diablo siguió hablándome durante seis horas hasta explicarme todos los panneaux del infierno, y al acabar yo estaba bastante fatigado y luchando entre la perspectiva de creer en la maldad y la perspectiva de creer en la bondad. Le explique al diablo que las pinturas no habían acabado de convencerme.
- No te han convencido-replicó-, pero te ha ocurrido otra cosa que aún te va a hacer sufrir más que un convencimiento.
- ¿Qué cosa es esa?
Y Satanás repuso lacónicamente:
-La duda.

Los tormentos del infierno moderno

A continuación el diablo se afianzó el monóculo sobre su seductor semblante y comenzó a explicarnos cuales eran los tormentos a que hallábanse sujetos los condenados del infierno moderno. Estos tormentos eran más terribles, más refinados y más lógicos que el clásico tormento del fuego.
Por ejemplo, nos mostró un grupo de condenados.
-Estos son músicos selectos, verdaderos artistas del pentagrama, y mirad cómo les atormentamos.
El grupo de condenados al infierno, entre los cuales reconocí al maestro Granados, se hallaban amarrados a unos sillones, alrededor de una orquesta. Sus caras revelaban una terrible angustia.

- ¿Por qué sufren-interrogué
- ¿No lo oyes? -repuso el Diablo-La orquesta ejecuta sin cesar música del maestro Alonso…
Aquello era tan diabólico, que no pude por menos de estremecerme.
En otro lado del salón estaban agrupadas las personas habituadas al lujo y a los refinamientos. Entre ellas se paseaban constantemente un antiguo aguador cogido del brazo de un pintor bohemio.
Más allá, unos miles de hombres inteligentes se veían obligados a charlar animadamente con otras tantas señoritas casaderas.
Al fondo, muchos condenados (grandes jugadores de ajedrez en vida) soportaban el suplicio de ver jugar a los demonios una partida de ajedrez interminable, sin que ellos pudiesen intervenir en la partida.

A la derecha se alzaba un jaulón, y ante él se apiñaban un millar de condenados ceñidos con camisas de fuerza. Eran los hombres que habían pecado por la lujuria. Todos sufrían terriblemente. Nos acercamos y vimos que en el interior del jaulón, y, por escotillón, aparecía una mujer bellísima vestida de calle. Esta señorita se desnudaba lentamente, y cuando lo había efectuado desaparecía, y surgía otra no menos bella que hacía lo mismo, desaparecía y le cedía el lugar a otra, que una vez desnuda se iba también por el escotillón y era substituida por una compañera.

- ¿Cuántas señoritas aparecen y desaparecen al cabo del día? -pregunté

-Setecientas sesenta y ocho-dijo el Diablo
- ¿ Y todas son diferentes?
- SI
- Pero ¿no decías que apenas tenías mujeres bellas en el infierno?
- Es que estas señoritas viven en la tierra; tengo en el jaulón un sistema de espejos por medio del cual se refleja en él lo que sucede en todas las alcobas del Universo…, siempre que estas alcobas pertenezcan a mujeres bonitas.
Comprendí que el diablo decía la verdad, porque la señorita que estaba desnudándose en aquel momento era una antigua conocida mía: la vecina del principal.
De pronto, la ver una infinidad de automóviles que corrían velozmente por entre la multitud que llenaba el vasto salón, e pregunté a Lucifer lo que aquello significaba.
-Son unos autos espaciales-contestó-que tienen la propiedad de no podrán atropellar a nadie. Los que los conducen son condenados que, en vida, eran chauffeurs profesionales y amateurs, y sus suplicio consiste en eso; en atravesar por entre la gente sin poder atropellar a nadie.
Luego añadió.
- Y esos charcos de barro que hay allí, y al laso de los cuales se hallan de pie algunos condenados, sirven para que los autos les salpiquen al pasar. Por lo general manchan a gente muy cuidadosa de la ropa.
Vi muchos suplicios más; muchos, Pero la lista sería imposible. Además, cuando Lucifer notó que a mi me divertía tomar notas de todo aquello, me arrancó la pluma y las cuartillas y me entregó una zambomba.
-Toma-gruño-En esa zambomba tienes que interpretar eternamente el allegretto de la "Sinfonía VII" y el Adiós a la vida, de "Tosca".
Y dicho esto desapareció, calándose de nuevo el monóculo.
Si ustedes quien algo de mi, ya saben dónde me tienen tocando la zambomba.