
EL IMPERIUM A LA LUZ DE LA TRADICIÓN
El Mundo Tradicional siempre se caracterizó por tener las miras puestas hacia lo Alto. El
hecho Espiritual impregnaba su discurrir (1). En lo Alto oteaba orden: el
Orden del Cosmos, los siete Cielos enunciados y descritos por cierta
metafísica,... Y si en lo Alto oteaba un orden que se había impuesto a la nada (2) o al caos previos, quiso -dicho Mundo de la Tradición- instaurarlo aquí
abajo como si se tratase de un reflejo del imperante allá arriba. Pretendió hacer de la
Tierra un espejo de lo que veía en el Cielo, pues siempre concibió que el microcosmos
debía de asemejarse al macrocosmos o, lo que es lo mismo, lo de abajo a lo de arriba (3). Y para que ese Orden cósmico imperase en la Tierra debería de existir
-aquí abajo- una fuerza centrípeta que evitase la disgregación de los diferentes
elementos que debían acabar tomando parte de él -de ese nuevo orden- y que debían
acabar haciéndolo realidad. Y esa fuerza centrípeta aglutinadora no podía revestir otra
naturaleza que la espiritual. La Idea (en el sentido Trascendente) sería el eje alrededor
del cual giraría todo un entramado armónico. Una Idea que a lo largo de la historia de
la humanidad ha ido revistiéndose de diferentes maneras. Una Idea que -rastreando la
historia- toma, por ejemplo, cuerpo en lo que simbolizaba la antigua Roma. Y Roma
representará a dicha Idea de forma muy fidedigna. La Idea encarnada por Roma aglutinará
a su alrededor multitud de pueblos diversos (4) que, conservando sus
especificidades, participarán de un proyecto común e irán dando cuerpo a este concepto
de orden en el microcosmos representado por la Tierra. Estos pueblos
dejarán de remar aisladamente y hacia rumbos opuestos para, por contra, dirigir sus
andaduras hacia la misma dirección: la dirección que oteará el engrandecimiento de Roma
y, en consecuencia, de la Idea por ella representada. De esta manera Roma se convertirá
en una especie de microcosmos sagrado en el que las diferentes fuerzas que lo componen
actuarán de manera armoniosa al socaire del prestigio representado por su carácter sacro
(por el carácter sacro de Roma). Así, el grito del "Roma Vincis" coreado en
las batallas será proferido por los legionarios con el pensamiento puesto en la victoria
de las fuerzas de lo Alto; de aquellas fuerzas que han hecho posible que a su alrededor se
hayan unido y ordenado todos los pueblos que forman el mundo romano, como atraídos por
ellas cual si de un imán se tratase.
Roma aparece, se constituye y se desarrolla en el seno de lo que multitud de textos
Tradicionales definieron como Edad de Hierro, Edad del Lobo o Kali-yuga. Edad
caracterizada por el mayor grado de caída espiritual posible al que pueda arribar el
hombre: por el mayor nivel de oscurecimiento de la Realidad Trascendente. Roma representa
un intento heroico y solar por restablecer la Edad Áurea en una época nada propicia para
ello. Roma nada contracorriente de los tiempos de dominio de lo bajo que son propios de la
Edad de Hierro. Es por ello que, tras el transcurrir de su andadura histórica, cada vez
le resultará más difícil que la generalidad de sus ciudadanos sean capaces de percibir
su esencia y la razón metafísica de su existencia (las de Roma). Por ello -para
facilitar estas percepciones sacras- tendrá que encarnarlas en la figura del Emperador;
el carácter sagrado del cual -como sublimación de la naturaleza sacra de Roma- ayudará
al hombre romano a no olvidar cuál es la esencia de la romanidad: la del Hecho
Trascendente. Una esencia que conlleva a la sacralización -a través de ritos y
ceremonias- de cualquier aspecto de la vida cotidiana, de cualquier quehacer y, a nivel
estatal, de las instituciones romanas y hasta de todo el ejercicio de su política.
Con la aparición de la figura del Emperador Roma traspasa el umbral que separa su etapa
republicana de la imperial. Este cambio fue, como ya se ha señalado, necesario, pero ya
antes de dicho cambio (en el período de la República) Roma representaba la idea de Imperium,
por cuanto la principal connotación que, desde el punto de vista Tradicional, reviste
este término es de carácter Trascendente y la definición que del mismo podría
realizarse sería la de una "unidad de gentes alrededor de un ideal sacro". Por
todo lo cual, tanto la República como el Imperio romanos quedan incluidos dentro de la
noción que la Tradición le ha dado al vocablo "Imperium".
Así las cosas la figura del Emperador no podía no estar impregnada de un carácter
sagrado que la colocase al nivel de lo divino. Por esto, el César o Emperador estuvo
siempre considerado como un dios que, debido a su papel en la cúspide piramidal del
Imperio, ejercía la función de ´puente´ o nexo de unión entre los dioses y los
hombres. Este papel de ´puente´ entre lo divino y lo humano se hace más nítido si se
detiene uno a observar cuál era uno de los atributos o títulos que atesoraba: el de Pontifex;
cuya etimología se concreta en ´el hacedor de puentes´. De esta manera el común de los
romanos acortaba distancias con un mundo del Espíritu al que ahora veía más cercano en
la persona del Emperador y al que, hasta el momento de la irrupción de la misma -de la
figura del Emperador-, empezaba a ver cada vez más alejado de sí: empezaba a verlo más
difuso debido al proceso de caída al que lo había ido arrastrando el deletéreo kali-yuga
por el que transitaba.
Los atributos divinos del Emperador respondían, por otro lado, al logro interno que la
persona que encarnaba dicha función había experimentado. Respondían a la realidad de
que dicha persona había transmutado su íntima naturaleza gracias a un metódico y arduo
trabajo interior que se conoce con el nombre de Iniciación. Este proceso puede llevar (si
así lo permiten las actitudes y aptitudes del sujeto que se adentra en su recorrido)
desde el camino del desapego o descondicionamiento con respecto a todo aquello que
mediatiza y esclaviza al hombre, hasta el Conocimiento de la Realidad que se halla más
allá del mundo manifestado (o Cosmos) y la Identificación del Iniciado con dicha
Realidad. Son bastantes los casos, que se conocen, de emperadores de la Roma antigua que
fueron Iniciados en algunos de los diferentes Misterios que en ella prevalecían: de
Eleusis, mitraicos,... Así podríamos citar a un Octavio Augusto, a un Tiberio, a un
Marco Aurelio o a un Juliano.
La transustanciación interna que habían experimentado se reflejaba no sólo en las
cualidades del alma potenciadas o conseguidas sino también en el mismo aspecto externo:
el rostro era fiel expresión de esa templanza, de ese autodominio y de ese equilibrio que
habían obtenido y/o desarrollado. Así, el rostro exhumaba gravitas y toda la
compostura del emperador desprendía una majestuosidad que lo revestían de un hálito
carismático capaz de aglutinar entorno suyo a todo el entramado social que conformaba el
orbe romano. Asimismo, el aura espiritual que lo impregnaba hacía posible que el común
de los ciudadanos del Imperio se sintiese cerca de lo divino. Esa mayoría de gentes, que
no tenía las cualidades innatas necesarias para emprender las vías iniciáticas que
podían hacer posible la Visión de lo metafísico, se tenía que conformar con la
contemplación de la manifestación de lo Trascendente más próxima y visible que tenían
"a su alcance", que no era otra que aquélla representada por la figura del
Emperador. El servicio, la lealtad y la fides de esas gentes hacia el Emperador las
acercaba al mundo del Espíritu en un modo que la Tradición ha definido como de ´por
participación´.
Hecho este recorrido por la antigua Roma -como buen modelo para adentrarse en el
conocimiento del significado de la noción de Imperium-, no
deberíamos obviar alguna otra de las cristalizaciones que dicha noción ha visto en
etapas posteriores a la romana. Y nos referimos, con especial atención, a la que se
concretó, en el Medievo, con la formación de un Sacro Imperio Romano Germánico que
nació con la vocación de reeditar al fenecido, siglos antes, Imperio Romano y
convertirse en su legítimo continuador.
El título de ´Sacro´ ya nos dice mucho acerca de su fundamento principal. También, en
la misma línea, es clarificador el hecho de que el emperador se erigiera en cabeza de la
Iglesia; unificando además, de esta manera, en su cargo las atribuciones o funciones
política y espiritual.
De esta guisa el carisma que le confiere su autoridad espiritual (amén de la política)
concita que a su alrededor se vayan uniendo reinos y principados que irán conformando
esta idea de un Orden, dentro de la Cristiandad, que será el equivalente
del Orden y la armonía que rigen en el mundo celestial y que aquí, en
la Tierra, será representado por el Imperium.
La legitimidad que su carácter sagrado le confiere, al Sacro Imperio Romano Germánico,
es rápidamente reconocida por órdenes religioso-militares que, como es el caso de la del
Temple, son dirigidas por una jerarquía (visible u oculta) que conoce de la Iniciación
como camino a seguir para experimentar el ´Segundo Nacimiento´, o palingénesis, que no
es otro que el nacimiento al mundo del Espíritu. Jerarquía, por tanto, que tiene la
aptitud necesaria para poder reconocer dónde se halla representada la verdadera
legitimidad en la esfera espiritual: para reconocer que ella se halla representada en la
figura del emperador; esto sin soslayar que la jerarquía templaria defiende la necesidad
de la unión del principio espiritual y la vía de la acción -la vía guerrera-
(complementariedad connatural a toda orden religioso-militar) y no puede por menos que
reconocer esta unión en la figura de un emperador que aúna su función espiritual con la
político-militar (5).
Para comprender aún mejor el sentido Superior o sagrado que revistió el Sacro Imperio
Romano Germánico se puede reflexionar acerca de la repercusión que tuvo el ciclo del
Santo Grial en los momentos de mayor auge y consolidación de dicho Imperio. Una
repercusión que no debe sorprender a nadie si nos atenemos a los importantes trazos
iniciáticos que recorren la saga griálica y a cómo se aúnan en ella lo guerrero y lo
sacro en las figuras de unos caballeros que consagran sus vidas a la búsqueda de una
autorrealización espiritual simbolizada en el afán mantenido por hallar el Grial.
Explicados, hasta aquí, en qué principios y sobre qué base se sustenta la noción
Tradicional del Imperium no estaría de más aclarar qué es lo
que se hallaría en sus antípodas, como antítesis total del mismo y como exabrupto y
excreción antitradicional propios de la etapa más sombría y crepuscular que pueda
acontecer en el seno de la Edad de Hierro; etapa por la que estamos, actualmente,
transitando y a la que cabe denominar como ´mundo moderno´, en su máxima expresión. Un
mundo moderno caracterizado por el impulso hacia lo bajo -hacia lo que degrada al hombre-
y por el domino de la materia, en general, y de la economía (como paradigma de la
anterior), en particular.
Pues bien, en tal contexto los Estados (6) ya han defenestrado cualquier
aspiración a constituir unidades políticas que los sobrepasen y que tengan la mira
enfocada en un objetivo Elevado, pues, por contra, ya no aspiran a restaurar el Imperium.
Sus finalidades, ahora, no son otras que las que entienden de mercado (de economía).
En este afán concentran sus energías y a través de la fuerza militar o de la
colonización financiera (a través de préstamos imposibles de devolver por los intereses
abusivos que llevan implícitos) someten (7) a gobiernos y/o países a
los dictados que marcan sus intereses económicos; intereses económicos que, por otro
lado, son siempre los de una minoría que convierte a los gobiernos de los estados
colonizadores en auténticas plutocracias.
Por estas "artes" estos estados ejercen un imperialismo que no es más que la
antítesis de lo que siempre representó la idea de Imperium y
lo más opuesto a éste que pueda imaginarse.
(1) Un ´discurrir´ que, en el contexto
expresado, no hay que confundir con el concepto de ´devenir´, de ´fluir´, de lo
´pasajero´, de lo ´caduco´, de lo ´perecedero´,...
(2) Aquí la expresión ´la nada´ debe ser asimilada a la del ´caos´
previo a la configuración del mundo manifestado (del Cosmos) y no debe de confundirse con
el concepto de No-Ser que determinada metafísica -o que un Réné Guénon- refería al
Principio Supremo que se halla en el origen y más allá de la manifestación.
(3) Como curiosidad podríamos detenernos en el conocido como "Parque
del Laberinto de Horta", en la ciudad de Barcelona, y observar de qué manera su
autor quiso reflejar estas dos ideas de ´caos´ y de ´orden´ cósmicos... Lo hizo
construyendo el parque en medio de una zona boscosa que representaría el caos previo en
el que, a modo de símil, los árboles crecen de manera silvestre y sin ningún tipo de
alineamiento. Por contra, el parque implica poner orden dentro de este desorden: construir
a partir de una materia prima caótica y darle forma, medida y proporción. Edificar el
Cielo en la Tierra.
(4) Estos pueblos diversos que se agruparán alrededor de la empresa
romana no serán pueblos de culturas, costumbres o religiosidades antagónicas, ya que, en
caso contrario hubiera sido muy difícil imaginarse la integración de los mismos en la
Romanidad. Sus usos, costumbres y leyes consuetudinarias en ningún caso chocaron con el
Derecho Romano. Sus divinidades fueron, en unos casos, incluidas en el Panteón romano y,
en otros, asimiladas a sus equivalentes romanas. Sus ceremonias y ritos sagrados fueron
perviviendo en el seno del orbe romano o fueron, también, asimilados a sus semejantes
romanos. La extracción, casi exclusivamente, indoeuropea de dichos pueblos explica las
semejanzas y concordancias existentes entre los mismos (no debe olvidarse que
remontándose a épocas remotas, que rozan con el mito, todos estos pueblos constituían
uno solo; de origen hiperbóreo, según muchas tradicione sapienciales).
(5) Hay que tener presente que el mismo vocablo ´emperador´ deriva del
latín Imperator, cuya etimología es la de ´jefe del ejército´.
(6) A caballo entre finales de la Edad Media y principios de la Edad
Moderna se van debilitando los ideales Superiore supranacionales y van siendo suplantados
por otros impregnados por un egoísmo que redundará en favor de la aparición de los
Estados nacionales.
Bueno es también recordar que el Emperador Carlos (I de España y V de Alemania) fue,
allá por la primera mitad del siglo XVI, el último que intentó recuperar las esencias y
el espíritu, ya mortecinos, del Sacro Imperio Romano Germánico.
Al igual que no está de más reconocer en el imperio que España construye -arrancando de
fines del siglo XV- a lo largo del s. XVI, el último con pretensiones espirituales (al
margen de que, en ocasiones, pudiesen coexistir con otras de carácter económico) de
entre los que Occidente ha conocido. Y esto se afirma en base a los principales impulsos
que se hallan en la base de su política exterior, como los son, en primer lugar, su
empeño en evitar la división de una Cristiandad que se veía seriamente amenazada por el
crecimiento del protestantismo o, en segundo lugar, sus esfuerzos por contener los embates
del Islam protagonizados por turcos y berberiscos o, en tercer lugar, su decisión de
evangelizar a la población nativa de los territorios americanos incorporados a la Corona
(aparte de la de otros territorios; como las Filipinas,
). Estos parámetros de la
política exterior de España seguirán, claramente, en vigencia también durante el siglo
XVII.
A medio camino entre el imperio español y otros de corte eminentemente antitradicional
(por lo mercantilista de los mismos), como el caso del imperio británico (que alcanzó su
máxima expresión en el s. XIX) o del conocido como imperialism ´yanqui´ (tan vigente
en nuestros días), podríamos situar al de la Francia napoleónica. Y no sólo lo
situamos a medio camino por una evidente razón cronológica, sino que también lo hacemos
porque a pesar de haber perdido cualquier orientación de carácter espiritual (el
laicismo consecuente con la Ilustración y la Revolución Francesa fue una de las banderas
que enarboló), a pesar de ello, decíamos, más que motivaciones de naturaleza económica
(como es el caso de los citados imperialismos británico y estadounidense), fueron metas
políticas las que ejercieron el papel de motor de su impulso conquistador. Metas
políticas que no fueron otras que las de exportar, a los países que fue ocupando, las
ideas (eso sí, deletéreas y antitradicionales) triunfantes en la Revolución Francesa.
(7) Percíbanse los métodos agresivos y coercitivos de que se vale el
imperialismo antitradicional (como caracterización que es de un nacionalismo expansivo) y
compárense con la libre decisión (Sacro Imperio Romano Germánico) de participar en el
proyecto común del Imperium que, a menudo, adoptaron reinos y
principados. Compárense dichos métodos con la rápida decisión de integrarse en la
Romanidad a la que optaron (tras su derrota militar) aquellos pueblos que se enfrentaron a
las legiones romanas.
E. A
SEPTENTRIONIS LUX
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