EL FÜHRER

Por J Goebbles (Hacia el tercer Reich)

Para ser conductor se requiere carácter, voluntad, eficiencia y suerte. Si estas cuatro condiciones fundamentales forman una unidad armónica en el genio, entonces proporcionan en su totalidad el tipo ideal del hombre elegido históricamente.

El carácter está a la cabeza de todo. Conocimientos, saber libresco, experiencia y rutina más bien son en perjuicio que en provecho de una personalidad si no están fundamentados y unidos por la fortaleza del carácter. Recién el carácter los lleva a la plena validez y eficacia. El lleva implícito en sí valor, constancia, energía y consecuencia. El valor da al hombre la fuerza no sólo de reconocer lo justo, sino también de decirlo y de hacerlo. La constancia le confiere la facultad de perseguir una meta reconocida como obligatoria también cuando a ello se oponen obstáculos aparentemente insalvables, proclamarla también cuando es impopular y hace impopular. La energía moviliza aquellas fuerzas en el hombre que lo hacen pronto a jugarse lo último por una meta y procurar alcanzarla con obstinación, y la consecuencia da al ojo y al cerebro esa agudeza certera de conocimiento y lógica en el pensamiento y en la acción, que eleva al hombre verdaderamente grande de entre la ancha masa que se mueve siempre perdida de un extremo al otro. Estas virtudes varoniles otorgan en conjunto lo que llamamos carácter. Carácter, por consiguiente, es una fuerza de estilo y postura incrementada a lo eminente.

La voluntad eleva el carácter de lo individualista a lo universalista. La voluntad recién hace del hombre de carácter el hombre político. Todo hombre que significa algo, quiere algo, y además está dispuesto a aplicar a la realización de su voluntad también los últimos medios. La voluntad distingue al hombre simple pensante del actuante. El es el mediador entre conocimiento y conclusión. No sólo importa que sepamos lo justo, sino más bien y en lo principal, que querramos lo justo. Esta sentencia tiene, sobre todo en el ámbito de la política, su significado de validez general. ¡De qué sirve que reconozca al enemigo si no uno a este conocimiento, la voluntad de destruirlo! Muchos saben porque Alemania se perdió, pero solo pocos sacan de este saber la voluntad de acabar con el infortunio. Esto es lo que distingue al elegido para la conducción de aquél que solamente comprende: que no sólo tiene la voluntad para querer, sino también el querer para la voluntad.

Pero lo que el última instancia importa en política, no es lo que se quiere, sino lo que se logra. Esta sentencia sirve de transición a la tercera condición esencial del hombre político genial: la eficiencia. La exigencia trae el rendimiento. Conducir significa querer y señalar caminos para la realización de aquello que se quiere. La historia no decide sino por lo alcanzado. Precisamente entre nosotros los alemanes es necesario volver siempre de nuevo sobre esto. La política es un asunto público, y en el ámbito de la generalidad no se debe proceder conforme a leyes que quizás aparezcan como aplicables en la esfera privada.

Nosotros los alemanes nos inclinamos frecuentemente a tomar también en la política lo que se quiere por lo que se ha sido capaz de conseguir y perdonar a todo miserable si enfatiza que quiso lo bueno y lo justo. "No hemos socializado", dice el marxista de noviembre, "pero por lo menos lo hemos querido". Esto no es lo que importa; de la misma manera que también en un violinista es indiferente si quiere tocar el violín: debe saber tocar el violín. El que en política aduce querer salvar a un pueblo, debe tener ante todo la capacidad para ello.

Carácter, voluntad y eficiencia, estas tres condiciones previas para la conducción, tienen su fundamento en el hombre genial mismo. Están, o no están. A ello se agrega el cuarto factor que, por así decirlo, lo une a aquella fuerza de la cual proviene y cuya voluntad cumple como instrumento: la suerte. El conductor debe tener suerte. Su mano debe estar bendecida. En todo lo que hace y deja de hacer debe reconocerse que está bajo el amparo y la protección de una fuerza mayor. Todo puede la masa perdonarle al conductor, menos la falta de suerte. En eso sólo es inmisericordiosa.

La masa no es antijerárquica; sólo se defiende instintivamente contra esos usurpadores que pretenden el poder sin aportar para ello la voluntad y la capacidad requeridas. El conductor por igual, tampoco es enemigo de las masas. Detesta solamente el barato método de una cobarde demagogia, que da al pueblo frases en lugar de pan.

El conductor debe saber todo. Esto no quiere decir que en todo comprenda la técnica de las cosas; pero debe conocer su esencia. Para la técnica pone a los otros, espíritus serviciales, que constituyen el mecanismo en el engranaje de la política.

El arte de la organización es uno de los factores más importantes en el ámbito de las condiciones del hombre político. Organizar significa dividir acertadamente trabajo y responsabilidad. El conductor es, en cierto modo, el maestro de máquinas en el engranaje de una organización política que funciona en los más mínimos detalles.

Celebramos hoy solamente el cuadragésimo natalicio de Adolf Hitler. Creemos que el destino lo ha elegido para señalar al pueblo alemán el camino. Por eso lo saludamos con fervor y devoción, y sólo deseamos que nos sea conservado hasta que su obra esté terminada.

22-IV-1929