
LA IMPOSTURA LIBERAL
El liberalismo tiene, como ideología, una función precisa en la historia occidental: la
de sustituir al marxismo en el papel de paradigma dominante después del final de la
Guerra Fría. Porque, efectivamente, ha habido un momento en que las clases cultas
europeas "no podían más que proclamarse marxistas", casi como si el sistema
del filósofo de Tréveris representase la vanguardia de todo el bloque igualitario. Las
cosas no han salido demasiado bien. El marxismo que, de hecho, se imponía todavía de
manera ideológica, era aun así una parte que aspiraba con imperfecciones a ser el todo.
Además, su verificación histórica ha desagradado a la larga incluso a los más obtusos
guardianes de la ideología. ¿Y entonces? Entonces, se han redescubierto todos liberales.
Caído el Muro de Berlín, se ha descubierto que, en la práctica, comunista no lo había
sido nadie, que, en el fondo, todos han estado siempre del lado de los derechos humanos,
que el mercado no era, después de todo, ese instrumento de Satán tal y como pensaban,
que el Sol del Porvenir quizás salía por la Gran Manzana y no por Leningrado. Todos
liberales y todos americanos. El pensamiento único se ha cambiado de chaqueta. Y así
volvemos a ser lo que éramos desde el principio.
Las diversas corrientes
Pero, ¿qué es el liberalismo, este nuevo dogma ideológico
de principios de milenio? Hay que decir, ante todo, que existen diversas corrientes en el
interior de la nebulosa liberal, entre las que no podemos más que citar, al menos, la
utilitarista (Bentham: "mayor felicidad para el mayor número de personas"),
la anarco-capitalista (el mercado es un orden espontáneo que se autorregula y según tal
modelo hay que reformular toda la sociedad) y la liberal (la sociedad debe
realizar lo justo-no el bien- y el Estado debe garantizar que tal realización sea
efectiva). Esta última- la versión de los Rawls, de los Dworkin, de los Larmore, todos
profundamente deudores de Kant- es la que en mayor medida se ha impuesto durante los
últimos años en el debate académico. Las razones de este éxito son obvias:
"el pensamiento de Rawls (como el de Jürgen Habermas) viene que ni pintado para
legitimar la categoría emergente de los 'social-liberales': los reformistas de una
izquierda en crisis que no quiere echar a perder las frutas frescas de la igualdad con las
frutas pochas de la revolución" (1). Por
otra parte, los sectores más pragmáticos de la alta finanza y de la política a esta
última sometida no han desdeñado la posibilidad de dejarse seducir por escuelas
liberales menos angelicales, como la corriente que se desarrolla de von Mises a von Hayek
y después de estos a Milton Friedmann y sus tristemente célebres Chicago Boys,
los cuales en su momento ejercieron una destacada influencia sobre Reagan y Thatcher (por
no hablar de Pinochet).
El individualismo liberal
Muchas familias de pensamiento, por tanto, pero una sola
visión del mundo, por lo menos, en lo esencial. Para Alain de Benoist, el liberalismo se
puede definir genéricamente como una doctrina económica que tiende a hacer del modelo
del mercado autorregulador el paradigma de todos los hechos sociales (no siendo el
liberalismo político otra cosa que la aplicación a la política de tal esquema), y
también como una doctrina que se funda sobre una antropología de tipo individualista (2). Estos dos aspectos tienen un punto en común: ambos están
contra las identidades colectivas. Ideología del individuo, de la masa y de la
"sociedad" (Gesellschaft), el liberalismo es por naturaleza hostil a la
persona (3), al pueblo y a la "comunidad" (Gemeinschaft).
Partiendo del individuo, el liberalismo tiende a desintegrar todos los vínculos sociales
que vayan más allá de éste. Dotado de una primacía "al mismo tiempo descriptiva,
normativa, metodológica y axiológica" (4) sobre
toda forma de comunidad, el individuo es visto como la única realidad y el principio de
toda evaluación, una mónada autosuficiente respecto a la cual toda colectividad es
derivada por simple añadidura (perspectiva antiholística: el todo es sólo la suma de
sus partes).
Capitalismo y derechos humanos
Ahora, este átomo social no es ni más ni menos que el homo
oeconomicus, el individuo que calcula los propios intereses gracias a una
racionalidad "pura", economicista, distanciada de todo contexto y de toda
tradición y está además dotado de originarios derechos "inalienables". Se
puede ver cómo el liberalismo tiene en el capitalismo su "forma" y en la
religión de los derechos del hombre su "contenido". Los derechos pertenecen al
individuo en cuanto tal, no derivan de ninguna cultura particular ni son conferidos por
ninguna autoridad. La autoridad, al contrario, debe sólo encargarse de garantizarlos. "Al
ser anteriores a cualquier forma de vida social, (los derechos individuales) no vienen
acompañados inmediatamente de deberes, ya que los deberes implican, precisamente, que
exista un inicio de vida social" (5). Por
tanto, derechos sin deberes. De ahí una visión necesariamente conflictiva de las
relaciones intersubjetivas: yo tengo el "derecho" de hacer valer mi interés
respecto a los otros, mientras que con respecto a ellos no estoy obligado por ningún
vínculo, autoridad o norma. El escenario que se configura es el de la ley de la jungla de
marca capitalista. No por casualidad el primero de los derechos inalienables es el de la
propiedad. El interés material es el primer motivo de preocupación para el individuo
liberal y es sólo para satisfacer mejor esta "búsqueda de la felicidad" por lo
que decide asociarse en una colectividad. Así Locke: "el fin mayor y principal
por el que los hombres se unen en Estados y se someten a un gobierno es la salvaguardia de
la propiedad" (6).
El contrato originario
Toda forma de vida asociada, por tanto, es elegida
racionalmente por el individuo en relación con la propia conveniencia utilitarista. Se
estrechan relaciones sociales si y cuando conviene. Por esto el problema del Estado es
abordado por los liberales desde el mero punto de vista de la eficiencia, con
independencia de toda pertenencia concreta y vivida. El constante recurso, desde Locke a
Rawls (pero no en Hayek) a la ficción del "contrato originario" se justifica
desde esta óptica: en una hipotética situación originaria de igualdad, los individuos
elegirían la sociedad más justa sin estar condicionados por "irracionales"
influjos culturales. Y ni que decir tiene que los principios determinados de esta forma
serán válidos universalmente, en todo lugar y en toda época. He aquí lo que significa
el hecho de que para los liberales lo justo prevalece sobre el bien: la moralidad
determinada con la ficción contractualista expresa una justicia universal que debe ser
garantizada por el Estado, mientras las ideas particulares del bien se sitúan en la
esfera privada en la que el ciudadano es libre de adherirse al estilo de vida que quiera.
La concepción del estado, por tanto, queda empobrecida: al no tener que promover un
proyecto político centrado en una idea de bien común, el Estado se convierte en una
máquina, una empresa, cuyo fin es puramente burocrático y administrativo. La política
es entonces sólo una técnica de gestión que apunta a la eficiencia.
Estado y mercado
Para las corrientes anarco-liberales, además, el estado debe
ser casi suplantado por el mercado. Este último, para los distintos Friedmann, von Hayek,
von Mises, es el modelo por excelencia de toda organización social, siendo considerado
inocente, justo y tendente hacia el equilibrio espontáneo. Oponiéndose a los modelos
organizativos de tipo jerárquico (en los que la decisión se toma en los niveles más
altos de manera arbitraria- así lo creen los anarco-liberales - y se comunica
gradualmente a los niveles inferiores, imponiéndose sólo por autoridad), el mercado
sería naturaliter democrático: un cliente entra en una tienda y pide un
producto, el vendedor lo pide al distribuidor, el distribuidor a la fábrica y así
sucesivamente. Una organización de tipo mercantil parece, por tanto, mucho más justa y
eficiente que una organización clásicamente política, cuya naturaleza
"decisionista" sería irracional y precursora de catástrofes. Incluso un
Constant o un Kant estuvieron, en su momento, convencidos de que el mercado, imponiéndose
de manera total, eliminaría las guerras y establecería una paz perpetua; ilusiones del
siglo XVIII, se dirá. Y sin embargo, un Habermas o un Antiseri han tenido el valor de
afirmar ingenuidades similares incluso en nuestros días, después de casi dos siglos de
agresiones y guerras emprendidas por el país mercantil por excelencia. Pero, como se
sabe, una religión no teme las refutaciones de la realidad.
El Yo pobre
Ahora, lo que en el liberalismo aparece ante todo como
aberrante es sin duda el planteamiento individualista. La idea liberal del Yo es pobre,
irreal, deshistorizada. El "¿quién soy yo?", en la concepción
liberal, es totalmente olvidado y reemplazado por un abstracto "¿qué fines debo
elegir?" o por un "¿cómo puedo maximizar mis ganancias?";
pero estas últimas preguntas no tienen razón de ser sin la primera. En primer lugar, la
idea de la "elección racional" orientada de forma utilitarista se basa en una
concepción de la psique humana simplista y reduccionista, en neta contraposición a los
resultados más recientes de las ciencias neurocognitivas (7).
No se entiende, además, qué puedo decidir sobre mi existencia y sobre las metas que
quiero alcanzar si no estoy situado ya en un horizonte de sentido, en una cultura, en una
tradición. Nacemos siempre en una determinada situación, en un cierto contexto, en medio
de una tradición particular con la que tendremos que medirnos, aunque sea incluso para
distanciarnos de ella. En la realidad, los individuos tal y como los concibe el
liberalismo- sin memoria, inmunes a la casualidad y fuera de la historia, agentes morales
que "durante todo el curso de su vida son seres perfectamente racionales, que
gozan de plena salud y nunca se ven afectados por ningún problema" (8)- no han existido jamás.
El Nosotros está antes que el Yo
Tampoco la realidad parece que confirme los absurdos del
"contrato originario". Aunque este último sólo fuese un mero expediente
metodológico, de todas formas, queda por explicar cómo se puede formular una teoría
política partiendo de una hipotética situación que, aunque no se considere que haya
sucedido realmente, contradice en cualquier caso todos los datos
histórico-antropológicos en nuestra posesión acerca de la naturaleza del ser humano.
Que los liberales crean o no en la naturaleza histórica del contrato originario es
secundario; la cuestión es que tal contrato traza una antropología totalmente falsa y
que, por tanto, no puede ni siquiera admitirse como hipótesis. El hombre se encuentra
desde siempre inmerso en la historicidad y, por tanto, desde siempre tiene experiencia del
otro. El Nosotros es más originario que el Yo. El hombre nunca ha "decidido" de
forma utilitarista ser el animal político que es, pero siempre lo ha sido. Hay que partir
de este punto, de que el hombre es un ser concretamente situado en una tradición
histórica y en una red de relaciones intersubjetivas. Cualquier otro punto de partida es
onírico, irreal, utópico.
Tecnocracia
La idea del Estado y de la sociedad que deriva lógicamente de
tal perspectiva distorsionada tiene, además, todos los rasgos de la pesadilla
tecnocrática. Reducido a protegernos de los ladrones y del fuego, como decía Nietzsche,
el Estado liberal ya no es portador de una idea de vida buena y de bien común, debe tan
sólo concebir la mejor forma de alcanzar unos fines que ya se dan por sentados. Nada
más. Por tanto, es obvio que gobernar es cada vez más un factor de competencia técnica,
cosa de pocos "expertos", con muchas alusiones a la pretendida soberanía del
pueblo "ignorante". Todavía se organizan elecciones, pero cada vez son más
inútiles, ya que la política se convierte en asunto exclusivo del banquero Ciampi, del
empresario Berlusconi, del oligarca Dini, del gestor Prodi y de sus innombrables
superiores que, por lo menos, ni siquiera fingen que son demócratas. Desterrada queda
toda voluntad de Grosse Politik: "uno no se presenta en Maratón o en Salamina
con ejércitos formados por consumidores" decía ya Jean Thiriart (9). Imaginemos la respuesta de un interlocutor liberal à la
Popper: "¡Pero la Gran Política sólo genera desastres!"; y bien, por
cuanto a nosotros respecta, no somos capaces de pensar en desastres mayores que la rapiña
y la usura institucionalizadas en el Nuevo Orden liberal que depreda y asesina hombres,
pueblos y almas.
Adriano Scianca
(1) Charles Champetier, I comunitaristi contro il
liberalismo, en Diorama n. 203, abril 1997
(2) Alain de Benoist, Il liberalismo contro le
identità collettive, en Trasgressioni n. 28, Mayo-Agosto 1999
(3) Para la diferencia entre persona e individuo
véase, entre otros, Julius Evola, Los hombres y las ruinas
(4) Alain de Benoist, op. cit.
(5) Alain de Benoist, op. cit.
(6) John Locke, Il secondo trattato sul governo,
Rizzoli, Milano 1998
(7) Cfr George Lakoff (Il sé neurocognitivo, in
Pluriverso, vol. 1, num. 5, 1996): "Kahnemann y Tversky han demostrado, en una
amplia serie di experimentos, que en varias situaciones el pensamiento basado en
prototipos y marcos va contra los intereses del sujeto (tal y como es definido por las
teorías del autointerés fundadas en la teoría de la probabilidad y de la lógica). Por
tanto, la naturaleza específica de nuestros sistemas conceptuales elimina la eventualidad
de que podemos actuar sólo con vistas a maximizar nuestros intereses"
(8) Alasdiar MacIntyre, Animales racionales y
dependientes: por qué los seres humanos necesitamos las virtudes, Paidós,
Barcelona, 2001.
(9) Jean Thiriart, La Grande Nazione, 65 tesi sull'
Europa, SEB, Milán, 1993
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