
LA TRADICIÓN
por Ernst Jünger (1925)
Versión en español de Ángel Sobreviela
Tradición: para una estirpe dotada de la voluntad de volver a
situar el énfasis en el ámbito de la sangre, es palabra fiera y bella. Que la persona
singular no viva simplemente en el espacio. Que sea, por el contrario, parte de una
comunidad por la cual debe vivir y, dada la ocasión, sacrificarse; esta es una
convicción que cada hombre con sentimiento de responsabilidad posee, y que propugna a su
manera particular con sus medios particulares.
La persona singular no se halla, sin embargo, ligada a una superior comunidad únicamente
en el espacio, sino, de una forma más significativa aunque invisible, también en el
tiempo. La sangre de los padres late fundida con la suya, él vive dentro de reinos y
vínculos que ellos han creado, custodiado y defendido. Crear, custodiar y defender: esta
es la obra que él recoge de las manos de aquéllos en las propias, y que debe transmitir
con dignidad.
El hombre del presente representa el ardiente punto de apoyo interpuesto entre el hombre
pasado y el hombre futuro. La vida relampaguea como el destello encendido que corre a lo
largo de la mecha que ata, unidas, a las generaciones. .. las quema, ciertamente, pero las
mantiene atadas entre sí, del principio al fin. Pronto, también el hombre presente será
igualmente un hombre pasado, pero para conferirle calma y seguridad permanecerá el
pensamiento de que sus acciones y gestos no desaparecerán con él, sino que constituirán
el terreno sobre el cual los venideros, los herederos, se refugiarán con sus armas y con
sus instrumentos.
Esto transforma una acción en un gesto histórico que nunca puede ser absoluto ni
completo como fin en sí mismo, y que, por el contrario, se encuentra siempre articulado
en medio de un complejo dotado de sentido y orientación por los actos de los predecesores
y apuntando al enigmático reino de aquéllos de allá que aún están por venir. Oscuros
son los dos lados, y se encuentran más acá y más allá de la acción; sus raíces
desaparecen en la penumbra del pasado, sus frutos caen en la tierra de los herederos... la
cual no podrá nunca vislumbrar quien actúa, y que es todavía nutrida y determinada por
estas dos vertientes en las cuales justamente se fundan su esplendor sin tiempo y su
suprema fortuna.
Es esto lo que distingue al héroe y al guerrero respecto al lansquenete y aventurero: y
es el hecho de que el héroe extrae la propia fuerza de reservas más altas que aquéllas
que son meramente personales, y que la llama ardiente de su acción no corresponde al
relámpago ebrio de un instante, sino al fuego centelleante que funde el futuro con el
pasado. En la grandeza del aventurero hay algo de carnal, una irrupción salvaje, y en
verdad no privada de belleza, en paisajes variopintos. .. pero en el héroe se cumple
aquello que es fatalmente necesario, fatalmente condicionado: él es el hombre
auténticamente moral, y su significado no reposa en él mismo únicamente, ni sólo en su
día de hoy, sino que es para todos y para todo tiempo.
Cualquiera que sea el campo de batalla o la posición perdida sobre la que se halle, allí
donde se conserva un pasado y se debe combatir por un futuro, no hay acción que esté
perdida. La persona singular, ciertamente, puede andar perdida, pero su destino, su
fortuna y su realización valen en verdad como el ocaso que favorece un objetivo más
elevado y más vasto. El hombre privado de vínculos muere, y su obra muere con él,
porque la proporción de esa obra era medida sólo respecto a él mismo. El héroe conoce
su ocaso, pero su ocaso semeja a aquel rojo sangre del sol que promete una mañana más
nueva y más bella. Así debemos recordar también la Gran Guerra: como un crepúsculo
ardiente cuyos colores ya determinan un alba suntuosa. Así debemos pensar en nuestros
amigos caídos y ver en su ocaso la señal de la realización, el asentimiento más duro
dirigido a la propia vida. Y debemos arrojar lejos, con un inmundo desprecio, el juicio de
los tenderos, de aquellos que sostienen cómo "todo esto ha sido absolutamente
inútil", si queremos encontrar nuestra fortuna viviendo en el espacio del destino y
fluyendo en la corriente misteriosa de la sangre, si queremos actuar en un paisaje dotado
de sentido y de significado, y no vegetar en el tiempo y en el espacio donde, naciendo,
hayamos llegado por casualidad.
No: ¡nuestro nacimiento no debe ser una casualidad para nosotros! Ese nacimiento es el
acto que nos radica en nuestro reino terrestre, el cual, con millares de vínculos
simbólicos, determina nuestro puesto en el mundo. Con él nos convertimos en miembros de
una nación, en medio de una comunidad estrecha de ligámenes nativos. Y de aquí que
vayamos después al encuentro de la vida, partiendo de un punto sólido, pero prosiguiendo
un movimiento que ha tenido inicio mucho antes que nosotros y que mucho después de
nosotros hallará su fin. Nosotros recorremos sólo un fragmento de esta avenida
gigantesca; sobre este tramo, sin embargo, no debemos transportar sólo una herencia
entera, sino estar a la altura de todas las exigencias del tiempo.
Y ahora, ciertas mentes abyectas, devastadas por la inmundicia de nuestras ciudades,
surgen para decir que nuestro nacimiento es un juego del azar, y que "habríamos
podido nacer, perfectamente, franceses lo mismo que alemanes". Cierto, este argumento
vale precisamente para quienes lo piensan así. Ellos son hombres de la casualidad y del
azar. Les es extraña la fortuna que reside en el sentirse nacido por necesidad en el
interior de un gran destino, y de advertir las tensiones y luchas de un tal destino como
propias, y con ellas crecer o incluso perecer. Esas mentalidades siempre surgen cuando la
suerte adversa pesa sobre una comunidad sancionada por los vínculos del crecimiento, y
esto es típico de ellas. (Se reclama aquí la atención sobre la reciente y bastante
apropiada inclinación del intelecto a insinuarse parasitariamente y nocivamente en la
comunidad de sangre, y a falsear en ella la esencia según el raciocinio... es decir, a
través del concepto, a primera vista correcto, de "comunidad de destino". De la
comunidad de destino, sin embargo, formaría parte también el negro que, sorprendido en
Alemania al inicio de la guerra, fue envuelto en nuestro camino de sufrimiento, en las
tarjetas del pan racionado. Una "comunidad de destino", en este sentido, se
halla constituida por pasajeros de un barco de vapor que se hunde, muy diversamente de la
comunidad de sangre: formada ésta por hombres de una nave de guerra que desciende hasta
el fondo con la bandera ondeando).
El hombre nacional atribuye valor al hecho de haber nacido entre confines bien definidos:
en esto él ve, antes que nada, una razón de orgullo. Cuando acaece que él traspase
aquellos confines, no sucede nunca que él fluya sin forma más allá de ellos, sino en
modo tal de alargar con ello la extensión en el futuro y en el pasado. Su fuerza reside
en el hecho de poseer una dirección, y por tanto una seguridad instintiva, una
orientación de fondo que le es conferida en dote conjuntamente con la sangre, y que no
precisa de las linternas mudables y vacilantes de conceptos complicados. Así la vida
crece en una más grande unidad, y así deviene ella misma unidad, pues cada uno de sus
instantes reingresa en una conexión dotada de sentido.
Netamente definido por sus confines, por ríos sagrados, por fértiles pendientes, por
vastos mares: tal es el mundo en el cual la vida de una estirpe nacional se imprime en el
espacio. Fundada en una tradición y orientada hacia un futuro lejano: así se imprime
ella en el tiempo. ¡Ay de aquél que cercena las propias raíces!... éste se convertirá
en un hombre inútil y un parásito. Negar el pasado significa también renegar del futuro
y desaparecer entre las oleadas fugitivas del presente.
Para el hombre nacional, en cambio, subsiste un peligro por otro lado grande: aquél de
olvidarse del futuro. Poseer una tradición comporta el deber de vivir la tradición. La
nación no es una casa en la cual cada generación, como si fuese un nuevo estrato de
corales, deba añadir tan sólo un plano más, o donde, en medio de un espacio
predispuesto de una vez por todas, no sirva otra cosa que continuar existiendo mal o bien.
Un castillo, un palacio burgués, se dirán construidos de una vez y para siempre. Pronto,
sin embargo, una nueva generación, empujada por nuevas necesidades, ve la obligación de
aportar importantes cambios. O por otro lado la construcción puede acabar ardiendo en un
incendio, o terminar destruida, y entonces un edificio renovado y transformado viene a ser
construido sobre los antiguos cimientos. Cambia la fachada, cada piedra es sustituida, y
todavía, ligada a la estirpe como se encuentra, perdura un sentido del todo particular:
la misma realidad que fue en un principio. ¿Tal vez puede decirse que incluso tan sólo
durante el Renacimiento o en la edad barroca ha existido una construcción perfecta?
¿Acaso es que entonces se detiene un lenguaje de formas válido para todos los tiempos?
No, pero aquello que ha existido entonces, permanece de algún modo oculto en lo que
existe hoy.
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