El negocio del genocidio nazi

Norman Finkelstein, un judío americano, denuncia en un libro la «falsificación y explotación» del Holocausto

CRISTINA FRADE. Corresponsal

LONDRES.- Norman Finkelstein es hijo de una superviviente del ghetto de Varsovia, del campo de concentración de Madjanek y de los de trabajos forzosos de Czestochowa y Skarszyskova-Kamiena. Su padre corrió una suerte semejante durante la II Guerra Mundial antes de llegar a Estados Unidos. Todos los demás miembros de su familia materna y paterna fueron exterminados por los nazis.

Tal vez por eso, este judío americano se está atrayendo más iras a ambos lados del Atlántico que cualquier historiador revisionista del Holocausto. Sin haber abierto aún su libro uno ya imagina el motivo. La obra, que acaba de llegar al Reino Unido pero todavía no ha sido publicada en España, se titula La industria del Holocausto: reflexiones sobre la explotación del sufrimiento judío.

«A veces pienso que el descubrimiento del Holocausto nazi por los judíos americanos ha sido peor que su olvido», escribe Finkelstein.

«El Holocausto sólo emergió en la vida americana tras la victoria de Israel sobre sus vecinos árabes en la guerra de los Seis Días de 1967. Desde entonces, demasiados recursos públicos y privados se han invertido en rememorar el genocidio nazi. La mayoría de los frutos carecen de valor, son un tributo no al sufrimiento sino al engrandecimiento judío».

La indignación del escritor nace ante lo que define como la «falsificación y explotación» del genocidio, que a su juicio «ha sido utilizado para justificar políticas criminales del estado de Israel y el apoyo de Estados Unidos a esas políticas».

Hay también una razón personal en su alegato contra el establishment judío: «Claro que me importa el recuerdo de la persecución de mi familia», asegura. «La actual campaña de la industria del Holocausto para extorsionar a Europa en nombre de las víctimas necesitadas ha reducido la estatura moral de su martirio a la de un casino de Montecarlo».

Finkelstein sostiene que el Holocausto se ha convertido en un arma ideológica indispensable. «Con su despliegue, una de las potencias militares más formidables del mundo (Israel), con un horrendo historial en materia de derechos humanos, se ha proclamado Estado víctima, y el grupo étnico con más éxito en Estados Unidos ha adquirido igualmente ese estatus. De este victimismo se han derivado considerables dividendos, en particular inmunidad a la crítica, por justificada que sea».

Comparaciones

Invocando las palabras de alguien tan poco sospechoso como su madre de restar importancia al horror infligido por los nazis a los judíos, el autor protesta por la excepcionalidad, el carácter único que se le ha atribuido: «Ni una vez me dijo mi madre "No compares". Ella siempre comparaba. Frente a los sufrimientos de los afroamericanos, de los vietnamitas y los palestinos, siempre decía: "Todos somos víctimas de un holocausto"».

También apela a su madre para denunciar la falsificación al alza del número de supervivientes de los campos de concentración. «Si todo el mundo que dice ser un superviviente lo es de verdad», solía exclamar mi madre, «¿a quién mató Hitler?».

Finkelstein no niega ni minimiza la magnitud del genocidio, pero sí afirma que muchos judíos se declararon supervivientes de los campos, pese a no haber estado en ellos, para cobrar las compensaciones otorgadas por el Gobierno alemán después de la guerra. Ni el superviviente Elie Wiesel, laureado con el Nobel, ni reputados autores de trabajos sobre el nazismo como Daniel Goldhagen o Deborah Lipstadt se salvan de sus críticas.

En cambio, del historiador revisionista británico David Irving, asegura que pese a ser notorio como admirador de Hitler y simpatizante del nacionalsocialismo alemán, ha hecho «una contribución indispensable a nuestro conocimiento de los sucesos acontecidos en la II Guerra Mundial».

«El desafío actual es restituir el Holocausto nazi como objeto racional de reflexión. Sólo entonces podremos aprender de él. La anormalidad del Holocausto se deriva no de los hechos mismos sino de la vergonzosa industria de explotación que ha crecido a su alrededor», concluye el autor.

«El gesto más noble hacia todos los que perecieron es preservar su memoria, aprender de su sufrimiento y dejarles que finalmente, de una vez por todas, descansen en paz».