
A propósito del "Código da Vinci"
LA RELIGIÓN DEL RATING
CENTRO DE ESTUDIOS EVOLIANOS (Rep. Argentina)
Resulta indubitable que el rating se ha convertido en la verdadera religión de nuestros
tiempos. Ya no interesa más si una cosa es buena, verdadera, o lo contrario, sino cuánto
rating, es decir popularidad pero trasladada al plano de los medios, posee la misma .
Tal lo que ha acontecido con la famosa obra y en la actualidad
también película El Código da Vinci. Si bien de la misma han sido ya vendidos nada
menos que 40 millones de ejemplares en el mundo entero (por lo que con seguridad han sido
más los que la han leído) y se aproxima a triplicar tal suma con los que verán la cinta
recién estrenada, no está demás sin embargo reseñar los puntos principales de su
argumento. Allí se manifiesta en forma por lo demás ostensible y reiterativa que la
religión cristiana, promovida y defendida por la Iglesia durante dos mil años, no es
sino un verdadero fraude y falsificación que se ha mantenido durante el tiempo a través
de actos de violencia y de masivos exterminios con la finalidad de esconder su secreto.
¿Y qué sería aquello que habría ocultado durante tantos siglos hasta la verdadera
revelación que nos proporcionaría dicha obra? Nada menos que el carácter humano y no
divino de Jesús el cual se habría manfiestado en el hecho de haber dejado tras sí una
descendencia a través de quien habría sido su "pareja", para usar un léxico
de nuestros tiempos, María Magdalena. De acuerdo a dicha interpretación, esto habría
sido algo sabido y aceptado en los orígenes del Cristianismo, para los cuales Jesús no
habría sido propiamente el Hijo de Dios, sino simplemente un iluminado profeta
milenarista que preanunciaba el final de los tiempos y especialmente del Imperio romano de
ese entonces. Y el cristianismo iba avanzando progresivamente en su tarea deletérea y
corrosiva hasta que sobrevino en el siglo IV el emperador Costantino el cual, conciente de
tal situación y ante el peligro que corría el Imperio, logró anularlo subvirtiendo el
contenido originario de tal religión y, tras la convocatoria de un Concilio afín, el de
Nicea, estableció una verdadera metamorfosis en la misma a través de su
"romanización", que consistiera una vez más en el triunfo de su principio
masculino sobre el femenino. En efecto no olvidemos nunca que fue característica de Roma
desde sus inicios la de haberse establecido en un combate irreversible entre dos
principios antagónicos sustentados a su vez a través de dos formas religiosas rivales.
Una de carácter femenina, matriarcal, comunista y pacifista para la cual la vida
representaba el valor supremo y consecuentemente a ello la mera reproducción de la
especie era la meta a conseguir. Y por contraposición a la misma en Roma se constituyó
lo opuesto consistente en una religión viril, patriarcal y guerrera para la cual lo que
era más que mera vida, la inmortalidad conquistada heroicamente, era la meta suprema.
Dichos principios antagónicos estuvieron en la base misma de la constitución de la
romanidad la cual sólo logró formarse con la victoria del uno sobre el otro. Primero fue
con el antagonismo entre Romulo y Remo, luego fue Roma contra Etruria, después contra
Cartago y posteriormente contra el Oriente hedonista y decadente de Cleopatra y aun en el
seno mismo de la sociedad romana tal conflicto se estableció entre los patricios, los
fundadores de la romanidad y los plebeyos, que representaban el elemento telúrico y
originario abatido. Tales manifestaciones rivales incluso tuvieron su símbolo en dos
montes antagónicos, el Palatino y el Aventino. Esta lucha que fue el elemento permanente
que hizo a la historia de Roma, alcanzó su climax mismo en el seno del Imperio cuando el
sector plebeyo se sintió confirmado y fortalecido por el mensaje de los primeros
cristianos, el cual fue muy bien definido como el bolchevismo de la antigüedad en tanto
negación del Estado y propalación de una concepción fraternalista, promiscua e
igualitaria de la existencia que fue el verdadero antecedente histórico de fenómenos
posteriores como la Revolución Francesa, la Rusa y el Concilio Vaticano II. En
contraposición con ello sobrevino, tal como había sucedido en otras circunstancias, la
reacción viril, patricia y aristocrática por la cual supo recuperarse del cristianismo
originario su elemento no gregario y de acuerdo a la síntesis habitual que la romanidad
de sus mejores tiempos supo hacer con todas las restantes religiones, el cristianismo se
convirtió en catolicismo a través de la asunción de valores que eran propios de la más
estricta Tradición. Por lo cual Jesús ya no fue más concebido como el liberador de las
responsabilidades políticas, militares y mundanas, el luchador social que habría de
restablecer las igualdades primitivas conculcadas por la sociedad patriarcal, sino por el
contrario el Hijo de Dios, aquel que establecía los caminos hacia el Cielo, aquel que
consideraba a la existencia como una vía hacia la eternidad. Es indubitable que un
Dios-hombre no se reproduce vermicularmente como las especies vivientes sino que es aquel
que señala una meta hacia lo que es más que mera vida y que la única filiación que
establece es de carácter espiritual entre aquellos que, en tanto capaces de liberarse de
la condición telúrica y social, se convierten en ciudadanos del Cielo. Es verdad por lo
tanto lo que la obra manifiesta, por supuesto que con una multiplicidad de limitaciones y
en un sentido contrario, que son dos cosas antagónicas el mero cristianismo y el
catolicismo. El primero es femenino y mundano, el segundo viril y celestial. Ambos son
incompatibles y la guerra que se establece entre ellos no admite ninguna conciliación
posible tal como aconteciera en nuestra historia.
Es por tal razón que no debe resultar llamativa la actitud
que hacia tal obra literaria y cinematográfica han expresado sea la Iglesia
"católica" ecumenista actual e instituciones representativas de la misma como
el Opus Dei, que como sabemos ha sido mencionado allí de manera poco amistosa. En ningún
caso se ha llamado para nada a un boicot para lo cual existirían motivos de sobra, aun
judiciales, sino que simplemente se ha resaltado su inexactitud histórica y su baja
calidad literaria, lo cual de ninguna manera evita que masivamente se acuda a verla o
leerla. El Opus ha ido aun más lejos, ha señalado que en el fondo tal obra lo ha
favorecido mucho por todas las personas que se han "interesado" en su
institución y por lo tanto han ingresado a su página web, gracias al rating recibido,
pues no olvidemos que vivimos en una sociedad de masas. En realidad lo que habría que
manifestar es que, a la luz de los cambios abruptos acontecidos en la religión católica
luego del Concilio Vaticano II, en el cual el Opus cumplió un rol muy significativo,
resulta totalmente irrelevante el hecho de que Jesús haya tenido o no descendencia. La
"opción por los pobres", la "apertura al mundo", el diálogo
renunciatario, las concelebraciones, la asunción de la filosofía de los derechos humanos
de la ONU, etc. es decir la secularización en que ha incurrido la Iglesia en los últimos
tiempos, no convierten de ninguna manera en blasfemia una aseveración semejante y hacen
perfectamente comprensible que no existan reacciones de peso en contra de tal obra.
Nosotros en cambio en nombre del verdadero catolicismo romano,
conculcado por el Vaticano II, y del cual esta obra no es sino una consecuencia, llamamos
a combatirla con todos los medios que se tengan al alcance. Jesucristo fue el Dios-hombre
y no el libertador social y meramente "humano" que nos pintan las herejías
modernas. Es en su nombre que nosotros luchamos.
Buenos Aires, 24/5/06