
EL DEJE ANDALUZ, EL FLAMENCO Y OTROS ASUNTOS
En los conocidos como Papeles póstumos que escribió José Antonio Primo de
Rivera en su reclusión carcelaria, y que tras ser fusilado pasaron a manos del líder del
P.S.O.E. Indalecio Prieto, aparece un texto en el cual el que fue primer Jefe Nacional de
F.E. de las J.O.N.S. ponía en tela de juicio la legitimidad histórico-lingüística del
deje andaluz. No apostaba porque este último fuera el resultado natural de un proceso
evolutivo de la lengua castellana propia de los reconquistadores y/o repobladores de las
tierras que durante tantos siglos estuvieron en poder musulmán y que hoy corresponden a
Andalucía. Defendía, por el contrario, José Antonio, la idea de que probablemente
peculiaridades fonéticas tan características como las del seseo y el ceceo fueron el
producto de una génesis artificial que habría que situar en el siglo XIX.
Estos comentarios vertidos por J.A. nos hicieron reflexionar sobre el contexto político y
cultural de buena parte del siglo decimonoveno en el que dichos artificiales cambios
fonéticos habrían hecho su irrupción. Y es a través de dicha reflexión por la que no
pudimos obviar la influencia decisiva que por entonces tuvo el romanticismo en la
aparición y en la efervescencia del nacionalismo; tanto de los llamados
micronacionalismos como de los nacionalismos cuyos focos de influencia y pretensión
abarcaban los territorios de muchos de los Estados por aquel entonces existentes.
Las eclosiones nacionalistas de raigambre romántica buscaron sus fundamentos y argumentos
en reivindicaciones de aspectos superficiales y sentimentales de determinados períodos
en muchos casos manipulados- de sus respectivas historias. Su vertiente emocional
iba a la par, repetimos, con lo superficial de la lectura de esos períodos históricos
reivindicados.
Cualquier tentativa unitaria europea y/o de Imperium basada (como siempre que se dio lo
estuvo) en valores y principios Superiores (Trascendentes e incluso Cósmicos) y, a la
vez, profundos (por su naturaleza espiritual) quedaba definitivamente desechada y
enterrada bajo el lecho del olvido.
Un cierto nacionalismo andaluz (en el s. XIX sólo en estado de incubación) no habría,
pues, sido una excepción dentro del contexto general de aquella inestable Europa. Y a ese
nacionalismo había que darle una justificación histórico-política y cultural. El hecho
diferencial hubo quienes lo buscaron en el antiguo reino vándalo silingo (1)
que se formó en el sur de la Península Ibérica pero que desapareció por el empuje
visigodo; teniendo, los vándalos, que pasar al norte de África.
Otros, los más entre estos nacionalistas, lo buscaron (y lo buscan hoy en día) en el
Al-Andalus musulmán (Blas Infante no fue ajeno a él). Y lo hicieron y lo hacen sin tener
en cuenta que el llamado Al-Andalus abarcó territorios que prácticamente nunca se
aproximaron territorialmente a lo que actualmente es Andalucía, pues en determinados
períodos históricos englobó a prácticamente toda la Península Ibérica, en otros a la
mayor parte de ella (Emirato dependiente de Damasco, Emirato Independiente, Califato de
Córdoba) y, a medida que pasaba el tiempo, a territorios más reducidos (Reinos de
Taifas, dominios almorávide y almohade, Reino Nazarí de Granada). Constataciones éstas
que no anulan otras aún más absurdas como aquella consistente en reivindicar como
propia, y como la que constituye la raíz de los andaluces, a aquella cultura que
precisamente fue borrada del mapa peninsular (y, por tanto, también de los territorios
del sur de la Península) por los antepasados de los defensores de este atípico e
irracional nacionalismo andaluz. Y fue borrada por la fuerza de las armas de dichos
antepasados y por su afán repoblador de un territorio que ante el empuje militar se
vació prácticamente en su totalidad (2)- de población
musulmana y que tuvo que ser repoblado con gentes procedentes de las diversas tierras que
comprendía el antiguo Reino de Castilla.
Visto pues de dónde se echaba y se echa- mano para justificar desde el punto de
vista histórico-político-cultural un cierto nacionalismo andaluz, habría que pasar a
echarle un vistazo a los fundamentos lingüísticos (que se hallan también dentro del
ámbito de la cultura) que (siempre supuestamente, si es que nos adherimos a estas
sospechas que, como ya hemos señalado, tenía José Antonio) darían más legitimidad
para reivindicar este nacionalismo.
Y estos fundamentos lingüísticos son de orden esencialmente fonético: hacen referencia
a los ya aludidos seseo (propio, sobre todo, de la Andalucía occidental) y ceceo (situado
en la Andalucía oriental), a la pronunciación de la letra h en modo
aspirado, a la supresión de la d en aquellas formas del participio acabadas
en ´-ado´ y en ´-ada´, a la eliminación de las consonantes cuando están situadas al
final de las palabras e incluso, en determinadas zonas, a la no pronunciación de la
j.
¿Cuándo hay que situar el origen de estas peculiaridades fonéticas en el castellano
hablado en Andalucía? La respuesta la hemos ya dado párrafos arriba: podría ser que se
desarrollaran a lo largo del siglo XIX.
¿Cuál es la razón de su aparición? Hemos ya señalado que podría tener mucho que ver
con el desarrollo de cierto nacionalismo andaluz.
¿Cómo surgieron y se expandieron dichas peculiaridades? Pues podría ser que sucediera
en contextos similares a aquéllos que, al decir de algunos autores, pudieron haber
favorecido la expansión del cante y baile flamencos:
A caballo entre el final de la primera década y los primeros años de la segunda década
del siglo XIX las tropas napoleónicas invadieron España. Los núcleos resistentes
españoles conspiraron y se organizaron donde y como pudieron. El riesgo de que sus
reuniones conspiratorias fuesen descubiertas por los franceses hizo agudizar el ingenio.
Así pues, en Andalucía se generalizaron este tipo de reuniones en los tablaos flamencos
de los gitanos. El asistir al espectáculo ofrecido en un tablao constituía una perfecta
tapadera para no levantar sospechas y poder, de este modo, organizar, en su interior,
actos de sabotaje y de guerrilla. Los conspiradores, así, tuvieron acceso a un cante y a
un baile que, hasta entonces, les era bastante extraño y que era exclusivamente
patrimonio de los gitanos (3). De esta manera, al acabar la Guerra de
la Independencia con la expulsión, fuera de nuestras fronteras, del ejército francés
aquellos resistentes popularizaron el flamenco en muchos lugares de España (sobre todo en
Andalucía) entre la población no gitana (4).
Algo similar podría haber ocurrido con las peculiaridades fonéticas del castellano
hablado en Andalucía. Podrían ser, en su origen, propias del castellano hablado por los
gitanos (cuyas mayores concentraciones demográficas se daban y aún se dan- en
Andalucía) y podrían haber sido popularizadas, entre la población indoeuropea
(entiéndase no gitana) de Andalucía, por aquellos conspiradores que se reunían en los
tablaos flamencos; en los que tuvieron mucho contacto con los romaníes.
Sin duda los abanderados de un todavía larvario nacionalismo andaluz habrían hecho todo
lo posible por generalizar aún más el uso de estas peculiaridades fonéticas.
¿Entre quiénes se expandió más y se sigue expandiendo- esta forma dialectal o
esta jerga conocida como ´andaluz´ y que para muchos nacionalistas andaluces constituye
todo un idioma diferente al castellano? Pues aparte, sobra reiterarlo, de entre estos
nacionalistas de mira estrecha, manipulada y manipuladora, también hemos observado cómo
existe un estándar de persona andaluza que es más proclive a hablar en
andaluz y existe otro estándar que mantiene fidelidad fonética con el
castellano que no ha sufrido las alteraciones fonéticas señaladas.
El italiano Julius Evola desgranó magistralmente las características espirituales y
anímicas que definían a los hombres que vivían (y/o habían vivido) de acuerdo a dos
tipos de cosmovisiones diametralmente diferentes. A una cosmovisión la declaró como
inspirada por la Luz del Norte y a la otra por la Luz del Sur. Pues bien, hemos ido, a lo
largo de los años y de múltiples estancias en Andalucía, constatando que los andaluces
cuyas características anímicas, mentales o psíquicas se aproximan a aquéllas propias
de la Luz del Norte prácticamente no son presa de las peculiaridades fonéticas
definitorias del ´habla andaluza´, mientras que, por el contrario, los andaluces que
representan anímicamente a la Luz del Sur manifiestan mucha tendencia en hablar en
´andaluz´.
Para comprender de qué hablamos cuando lo hacemos de estas dos clasificaciones
referentes, en este caso, a características psíquicas o anímicas podríamos decir que
la Luz del Norte contemplaría a aquél que rebosa autocontrol, equilibrio, serenidad,
sobriedad, coherencia, prudencia, templanza, medida discreción, calma,
, mientras
que la Luz del Sur ´iluminaría´ a los individuos tendentes a lo disoluto y disolvente,
al desenfreno, al desorden referente a hábitos y modo de vida, a la inestabilidad, al
desequilibrio, a la jarana, a la embriaguez,
Hay quienes opinan que lo acontecido con el sistema de repartición de la tierra, que se
fue ejecutando conforme se les iban reconquistando a los musulmanes (a lo largo del
Medioevo) los territorios situados en lo que hoy constituye Andalucía, tendría mucho que
ver con la formación de estos dos tipos antagónicos de habitantes de Andalucía. Pues el
hecho de que la alta nobleza que capitaneaba huestes reconquistadoras se viera
recompensada con la propiedad de vastas extensiones de terreno (latifundismo; más
agudizado en Andalucía Occidental) ha abocado a que muchos andaluces no hayan tenido la
posibilidad de tener tierras a su alcance para hacerlas de su propiedad. Esto es, ha
abocado a que exista la figura del bracero o jornalero que, a cambio de un jornal o
sueldo, trabaja, casi únicamente, cuando se necesita mucha mano de obra; esto es, en la
etapa agrícola de la recolección. Por lo que el resto del año suele hallarse bastante
ocioso. Esta falta de actividad relaja en exceso las cualidades del alma y las hace
desembocar en una laxitud que origina las tendencias caracteriológicas y de
comportamiento que hemos relacionado como definitorias del individuo alumbrado por la Luz
del Sur. Esta molicie se refleja en el lenguaje y lleva a no esforzarse en vocalizar
nítidamente los diferentes sonidos e incluso, ya directamente, a no pronunciar otros;
recuérdense al respecto de esto último los casos ya citados para el habla en ´andaluz´
de la supresión, respectivamente, de la ´d´ en los participios acabados en ´-ado´ y
´-ada´ y de las consonantes al final de palabra.
Por el contrario, aquellas personas que como miembros de la pequeña nobleza, de la
hidalguía o de la infantería formaban parte de los ejércitos y mesnadas de los grandes
señores reconquistadores o aquellas otras que se trasladaron a los territorios de la
actual Andalucía como repobladores, recibieron todas parcelas de tierra en propiedad que
les hiciera posible el producir el sustento necesario para poder vivir dignamente. Sus
descendientes (y los sucesivos compradores de algunas de estas parcelas) han tenido
siempre (y tienen) que autoimponerse una disciplina diaria de trabajo agrícola que les ha
ido (y les va) forjando interiormente y que les ha hecho acreedores a que los podamos
catalogar como inspirados por la Luz del Norte.
Hemos realizado, en otras líneas, conjeturas bastante probables sobre la popularización
del cante y del baile flamencos. Conjeturas que serían similares, como hemos igualmente
señalado, a las que explicarían la generalización del deje andaluz. El origen del
flamenco no habría que buscarlo en los árabes y/o moros que a lo largo de la Edad Media
invadieron la Península Ibérica, puesto que éstos, con su cultura y su religión,
huyeron al norte de África por el empuje de los ejércitos cristianos o fueron expulsados
como consecuencia de la aplicación de diversos y sucesivos decretos reales. O sea que
nada quedó de aquéllos salvo monumentos y algunos sistemas de regadío
El origen del flamenco deberíamos de buscarlo entre el pueblo gitano. Y el origen
etimológico de la palabra ´flamenco´ hay quienes lo explican aludiendo a los gitanos
que llegaron a la Península procedentes del por aquel entonces territorio perteneciente
al Imperio Español que era Flandes (la tierra, entre otros, de los flamencos).
De todos modos habría que aclarar que no todas las variedades de lo que se conoce como
´arte flamenco´ tienen un origen gitano. Sí lo tiene, por ejemplo, el cante jondo y no
lo tienen las sevillanas. Sí lo tiene un cante jondo cuyas letras improvisadas sobre la
marcha, cuya ausencia de estructura métrica, de ritmo y de rimas, cuya sonoridad y cuyo
contenido temático lastimeros, al igual que cuyo telurismo embotado de pasionalidad y de
turbulencia atormentada responden al dictado de aquella manera de existir que ya hemos
calificado como marcada por la Luz del Sur.
No lo tienen (origen gitano) unas sevillanas en las que una coreografía trabajada y
compenetrada, una música con sentido rítmico y con rimas regladas y unas letras
estructuradas y de contenido más bien alegre (alejado de aquella pasión atormentada del
cante jondo) encajarían en la forma de ser que también hemos ya considerado como
inspirada por una Luz del Norte que entiende del rigor, del método y del equilibrio; en
definitiva, del orden que en el microcosmos (en la Tierra) siempre quiso hacer realidad,
en sus realizaciones, el hombre indoeuropeo a semejanza de lo que acontecía en el
macrocosmos (en el Cielo).
Seguramente algunos elementos de las sevillanas no se ajusten a estos últimos cánones.
Podríamos hablar, en este sentido, de los vestidos que lucen las féminas y no sólo lo
deberíamos hacer por el nombre que éstos reciben (´vestido de gitana´), sino también,
y sobre todo, por esos volantes que lucen y que expresan, transmiten y provocan una
voluptuosidad, una sinuosidad y una exacerbación visual que están más cercanas al
´espíritu´ curvo de la Luz del Sur que a aquél de la Luz del Norte marcado por la
sencillez, la austeridad y por lo recto (lo lineal). Sin duda en esta indumentaria hay que
ver una clara aportación del talante del pueblo gitano.
Es dable no olvidarse de que por encima de cualquier variante del cante y baile flamencos
(aun de las que no tienen un origen romaní) hay que anteponer (en el haber de los
andaluces), como anterior en el tiempo, a las jotas. Es extraña la tierra española en la
que la jota no sea (o no haya sido) el canto y el baile regionales por antonomasia o uno
de los más representativos. Así lo fue en Cataluña, donde también el nacionalismo
catalán decimonónico la fue arrinconando (al igual que arrinconó -y acabó borrando del
mapa- a otro baile propio de esta región: el espanyolet (=españolito)),
mientras promovía el desarrollo de las sardanas. Y así lo es en Aragón, en
Castilla-León,
Y si fueron gentes procedentes del por entonces Reino de Castilla
las que repoblaron las tierras de la actual Andalucía tras expulsar a la población
islámica, es lógico que llevaran consigo sus costumbres, su cultura, su idioma y
sus bailes y cantos tradicionales: entiéndase, en este caso, la jota. Aún quedan
muchos lugares en Andalucía donde se cantan y se bailan las jotas. Y muchos de estos
lugares están enclavados en sierras, pues allí las jotas originarias de los repobladores
(al igual que el resto de sus costumbres) se mantuvieron más protegidas de influencias
posteriores como las del ´arte flamenco´. Es por esta razón por la cual, como botón de
muestra de lo dicho, en Las Alpujarras se baila y se canta, casi con carácter exclusivo,
jotas. Jotas cuya naturaleza bastante austera está muy en consonancia con esos rasgos
caracteriológicos que hemos situado como propios de la Luz del Norte.
Como colofón a todo lo escrito hasta aquí podríamos añadir un par de comentarios:
El uno hace referencia a la preferencia que manifiestan algunos pocos andaluces (que
demuestran ser plenamente conscientes de su origen y, en consecuencia, de su identidad) de
que a Andalucía no se la llame con tal nombre sino que se la denomine como Castilla del
Sur (y a sus habitantes: castellanos) teniendo en cuenta de que tras el fin de la
Reconquista la actual Andalucía no era más que la prolongación, por el sur, del Reino
de Castilla y teniendo, también, en cuenta que los habitantes de esta región son los
descendientes de aquellos reconquistadores y/o repobladores que procedían del susodicho
Reino; cosa, por lo demás, fácilmente refrendable si estudiamos, a través de la
heráldica, la procedencia de la mayoría de los apellidos de los andaluces: gallega,
leonesa, castellana,
(todas tierras que lo fueron del reino castellano).
El otro comentario hace referencia a la conservación de una expresión que, transcurridos
cinco siglos, aún pervive entre muchos andaluces (por supuesto no de raza gitana y sobre
todo de edad más avanzada) cuando se quieren cerciorar, preguntándole a alguien, de si
tal o cual individuo es gitano o no lo es. La pregunta que formulan (y que hemos escuchado
personalmente en más de una ocasión) es la de: ¿Es gitano o castellano? La
pregunta lo dice todo sobre cómo se autoconsideraban y autocalificaban los antepasados de
los actuales andaluces y huelgan más comentarios.
EDUARD ALCÁNTARA
SEPTENTRIONIS LUX
.
NOTAS
(1) Los que, hoy en día, debido a una incomprensible adhesión a lo que
fue la España musulmana piensan que el origen etimológico de la palabra Andalucía
arranca del término árabe ´Al-Andalus´ obvían a sabiendas o por ignorancia- que
los musulmanes definieron de esta manera a las tierras de la Península Ibérica (pensando
sobre todo en las que estaban bajo su dominio) por considerarlas como ´tierra de
vándalos´; que en castellano podríamos calificar como ´Vandalucía´.
(2) Los últimos restos de población de origen musulmán que tras
acabada, en 1.942, la Reconquista quedaron en España fueron definitivamente expulsados en
1.609 en la conocida como ´expulsión de los moriscos´, acaecida durante el reinado de
Felipe III.
(3) Nos referimos básicamente al cante jondo, pues como veremos a
continuación no todas las expresiones del flamenco son de origen romaní.
(4) José Antonio defendía, igualmente, la incompatibilidad del
flamenco con los rasgos de carácter y de estilo que definieron a los habitantes de
aquella España que en épocas pretéritas escribieron algunas de las más excelsas y
gloriosas páginas de la historia universal. Lo consideraba como postizo y ajeno a las
esencias más profundas de España y como algo artificial e inventado. Además las
palabras que nuestro ilustre personaje escribe sobre cual, según él, es el origen del
flamenco hacen también mención directa al deje andaluz y, así, refiriéndose a la
España superficial, folclórica, zarzuelera, de charanga y
pandereta, que no le gusta afirma:
aquel provincialismo de tute y
achicoria y ese cante flamenco que se pronuncia en andaluz y ha sido inventado entre
Madrid y San Martín de Valdeiglesias. (municipio, éste, de la provincia de
Madrid) -escrito en forma de brindis, un 25 de febrero de 1.935, homenajeando al poeta
Eugenio Montes.
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