Desenamoramiento

Los chismes se propagan rápido, cuando llegué a casa a comer, mi mujer me informó.

- Un desastre, se canceló la boda de Luisa, el tipo, que parecía tan decente, tenía otra mujer y dos hijos. Nuestra amiga, está deshecha, faltaban dos días para la boda y todo se acabó. A su papá le dio un desmayo, el pobre hombre hasta el hospital llegó.

Tomé esa misma tarde la determinación de ir a verla; sí, sabía que no era momento oportuno, tal vez ni me recibiera; pero por una amiga así, desde la adolescencia, sentía la obligación de apoyarla en esos momentos.

Oprimí el timbre, me recibió su mamá.

- Ya te has de imaginar cómo está, no quiere ver a nadie. Pero le diré que estás aquí.

Momentos después llegaba Luisa, demacrada y triste. Me vio y soltó el llanto. La abracé, y lo único que pude decir fue: lo siento.

No quise prolongar la visita, ella había tomado un tranquilizante, tenía sueño, y me despedí. Afligido me dirigí a casa, sin duda una persona como Luisa de gran sensibilidad, escribía poemas bellos y delicados, sufriría mucho en una situación como ésta.

La cena en la casa se desarrolló en un marco sombrío, mi esposa comentó.

- Enamorarse, es a veces muy fácil, pero olvidar, por lo general es muy difícil.

- Pienso que es cosa de voluntad, con deseo de no pensar más en esa persona, se puede lograr.

- Si así fuera, casi nadie sufriese.

Cinco días después, mi esposa y yo fuimos a un restaurante de comida china. Nuestra sorpresa fue mayúscula, cuando al entrar, en una mesa vemos a Luisa con una amiga platicando. Se veía feliz, llena de salud, sonriente y supercontenta. Nada más nos vio, y se levantó; invitándonos a su mesa, si no teníamos algún inconveniente, cosa que hicimos. Me agradeció mucho mi visita en uno de los momentos más difícil de su vida. Nos contó el secreto de su recuperación, fue gracias a Irene, que la acompañaba, ella le presentó a una persona, que tenía el don de desenamorar.

Al principio, Luisa, no creyó eso, pero estaba tan triste y decepcionada, que ante la insistencia de su amiga, aceptó la propuesta. En dos sesiones, ella quedó lista. Únicamente por que la había visto yo antes, lo podía creer.

En otra ocasión Luisa, me comentó que la persona que la sanó se llamaba Fernando Montesino, un hombre serio que inspiraba confianza. Intrigado le pregunté.

- ¿En qué consistió el tratamiento?

- Simplemente me decía; "Sé que es doloroso, pero piense en su ex novio, recuerde todo sobre él, todo, todo". Y me tocaba levemente la mano. Y empecé recordar mi romance con Eduardo. Me sentí mucho mejor al terminar la primera sesión. En la segunda consulta, el procedimiento fue similar; al salir de allí, había olvidado casi todo sobre él, y estaba totalmente desenamorada y contenta. Fernando tenía el don de absorber los recuerdos, en forma tal que los eliminaba de la memoria de uno.

Meses después, una tarde al ir hablar a un teléfono público, se retiraba una joven. Apenas iba a introducir la tarjeta, cuando vi un monedero, lo tomé; ella iba unos pasos adelante y le dije.

- Señorita, señorita, dejó su monedero en el teléfono.

Paró su andar. Con encanto da media vuelta. Su cabello castaño le llegaba a los hombros y ondulaba seductoramente, superando a las que anuncian champú en la televisión.

- Muchísimas gracias, es usted muy amable.

Quedé impactado por la belleza de aquella mujer de unos treinta años y con armonioso cuerpo, voz muy femenina, ojos café claro, platicámos unos momentos sobre la honradez. No supe su nombre.

La semana siguiente la encuentro en una librería, de allí fuimos a un café y pasamos dos horas conversando; supe su nombre, Ivonne.

Días después, una mañana fui al supermercado, mi esposa me había hecho unos encargos. Tomaba una mayonesa del anaquel, cuando sentí dos agradables golpes en la espalda, y casi al mismo tiempo unas manos me cubrían parte del rostro y tapaban mis ojos. El choque tan placentero, hicieron que hasta oyera en mi mente un tungnnn, el eco de ese agradable sonido cesó, cuando una vocecita muy femenina decía.

- ¿Adivina quién soy?

Inmediatamente supe quién era, pero la presión que siguió sobre mi espalda al tiempo que empujaba suavemente mi cara hacia atrás, hizo que en mi mente escuchara un flop, como si me oprimieran con dos cojines, y esto me impidió contestar rápido. Luego dije, algo que me salió del alma, sin pensarlo.

- Eres la superfabulosa Ivonne.

Juntos hicimos nuestras compras, me dijo me había extrañado, era una suerte volverme a ver. La acompañé cargando sus compras hasta su automóvil, quedamos de vernos en el parque al día siguiente. Al despedirnos me dio un abrazo, su busto pegó en mi pecho, en tal forma que quedé sin habla, luego alcancé a decir.

- ¡Qué bien estás!

- Mido 92-60-90 y de altura 1.70 m.

Y dije, sin pensar.

- ¿En serio?

- ¿Lo dudas?, el día que quieras, me mides, para que veas que no digo mentiras.

Mi esposa tenía un negocio en sociedad con una amiga, éste creció y abrieron sucursales en otra ciudad, por ese motivo viajaba con frecuencia. Aprovechando ese tiempo libre que tenía, salía con frecuencia con Ivonne; aunque había detallitos que no me agradaban; si la invitaba al cine en la tarde, luego me pedía que fuéramos a cenar a un restaurante de lujo.

Al paso de los días estaba enamorado de esa beldad, aunque seguían aumentando algunas actitudes de ella que no me gustaban. En ocasiones me decía: "estoy muy cansada y hace mucho calor, por qué no vamos a platicar a un motel". Claro, escogía uno lujoso y caro. Otros de sus ardides, cuando paseábamos por un centro comercial me decía, con su vocecita tan femenina: "cariño, cómo te quiero, me encantaría que me compraras un vestido del recuerdo, para cuando me lo pusiera, sentir que tu me acaricias", y daba la casualidad que siempre escogía uno caro.

Semanas después, sacó otro nuevo truco, algo insoportable, sobre todo si lo efectuaba con frecuencia; cuando comíamos en un buen restaurante, me decía que estaba una amiga de la infancia en su casa o una sobrina y no había comprado mandado, así es que pedía otra comida para llevar. Con el tiempo descubrí, que no había tal amiga o sobrina, era para ella misma al día siguiente.

Otra de sus ocurrencias, sobre todo cuando hacía mucho calor y subía el recibo de la electricidad por el consumo del aire acondicionado, decía: "¿un favor, amor? Podías pagarme el teléfono y la luz, no tendré tiempo de salir del trabajo y dejé la chequera en la casa".

Conforme pasó el tiempo, a pesar de todos sus defectos, seguía enamorado de ella. Tal vez lo que más me molestaba era que ganaba buen dinero, incluso más que yo, pero era supertacaña y además aprovechada. Me hizo un truco, que en verdad me molestó; comimos juntos y me dijo, con su acostumbrada vocecita.

- ¿Un favor, amor? ¿podrías recoger mi automóvil?, tengo mucho que hacer. Estará listo a las cinco de la tarde.

Al momento que me daba el boleto para que me lo entregaran. Su encantadora sonrisa hizo que sin pensar tomara el ticket; había que recogerlo en la agencia y le habían efectuado ¡la revisión de los 30,000 kilómetros!, tuve que pagar con la tarjeta de crédito.

En menos de un año, terminaron mis ahorros para un automóvil nuevo. Sus trucos ahora eran más sofisticados. Aprovechando que estaba solo, me presionaba para pasar fines de semana en otra ciudad y siguiendo su costumbre, en los mejores hoteles.

Deseaba dejar aquella situación, problemas con mi esposa y las deudas de mis tarjetas de crédito aumentaban, pero los hechizos de Ivonne me lo impedían. Yo que veía con desdén a los que pedían ayuda de un desenamorador, opté por ir a ver a Fernando Montesino.

Por medio de mi amiga Luisa, logré informarme dónde estaba, radicaba en otra ciudad a un día de camino. Hice cita telefónica

Llegué a su consultorio a media mañana, le dije que gracias a Luisa sabía de él.

- Me da gusto que acuda a mí, antes de exponerme su caso, quiero decirle algo. Me imagino que ya lo pensó bien, pues después del proceso, si desea volver a enamorarse de la misma persona, tendría que empezar de menos cero.

- Ya lo pensé bien, me urge olvidar esa tentación, quiero salirme de la trampa en que estoy.

- Bien, por lo general en dos sesiones queda listo. Empezaremos ahora.

Recostado en un diván, Fernando me tocaba la frente o la sien y me decía, piense en ella, todo sobre ella, lo bueno, lo malo; si es posible desde que la conoció. El consultorio tenía una luz tenue, empecé a recordar...

Al día siguiente hubo otra consulta similar a la anterior. Al finalizar ésta, me explicó.

- En dos sesiones debería usted quedar bien, pero la sílfide que desea olvidar es demasiado seductora. Necesitará otra sesión más.

Estaba dispuesto a durar gustoso toda la semana en sesión, con tal de "sanar". A la siguiente consulta quedé libre de Ivonne. Feliz volví a casa.

Desconozco cómo le hizo, pero olvidé casi todo. Lo que relato, está tomado de un diario que tenía, claro, supersecreto, por razones obvias.

Post scriptum: La he vuelto a ver; sigue igual de atractiva que siempre pero ya no siento nada de atracción y nuestra relación terminó. De recuerdo me quedaron varias fotografías con ella, y claro deudas que sigo pagando.