
Así acabó Mussolini con las mafias
Narco depósitos
Es usual que cuando un político cae en desgracia, comience a decir ciertas verdades esto
es lo que le ocurrió al Senador Mexicano Don Santiago Creel.
El fascismo acabó con la mafia porque atacó y aniquiló a su base financiera.
He aquí las declaraciones dichas en Tabasco el día 10 de
agosto de 2008:
"Que no nos engañen. El dinero del narcotráfico no anda viajando en
maletas por todo el país. Está depositado en los bancos", afirmó el presidente del
Senado, Santiago Creel Miranda, en una inusitada crítica a la política de seguridad
pública del gobierno de Felipe Calderón.
"No es cosa de aumentar las penas a los delitos más graves. Hay que atacar la base
financiera del narcotráfico", añadió. "Si está fallando la cabeza, todo lo
demás va a fallar", dijo, a pregunta expresa, al referirse al trabajo que al
respecto están llevando a cabo los gobernadores de los estados, lo que a juicio de
observadores locales fue interpretado como un reproche directo a la administración
federal.
Así descabezó Mussolini a la mafia siciliana
Los fascistas y la mafia
www.elmanifiesto.com
17 de julio de 2008
CARLOS BUSCEMI
El reinado de don Vito Cascio y la expulsión de la mafia siciliana iban a quedar
bruscamente interrumpidos por el advenimiento de Benito Mussolini, según el historiador
Francois de Vivié. En efecto, esta es una fase apasionante y sintomática de la historia
de la "Honorable Sociedad", pues demuestra que un régimen no democrático,
libre de preocupaciones electorales y capaz de situar la razón de Estado por encima del
derecho, pudo luchar eficazmente contra la extorsión organizada. Con más obstinación
las democracias deberían poder batirla también legalmente, pero no lo han conseguido.
Mayo de 1924. De pie en un Bugatti blanco, Mussolini respondía a las manifestaciones de
entusiasmo de Palermo. A lo largo de toda la Vía Maqueda, situados a intervalos de diez
metros, los policías contenían a la multitud. Era la primavera del fascismo y la ciudad
la festejaba. El sol batía con dureza las murallas sarracenas, las fachadas barrocas, las
casuchas y el aroma del café -entre las once y el mediodía- que degustaban los hombres
vestidos de negro, arracimados en bares de la más baja categoría. La visita termina.
Estirando su cuerpo macizo, en alto la poderosa mandíbula, el Duce dirige maquinalmente a
los palermitanos sus últimos saludos a la romana. A su lado, Césare Mori, el jefe de la
policía, estaba satisfecho. Todo había transcurrido a la perfección y el Duce acababa
de nombrarle Prefecto de Palermo.
Mori era un fascista lleno de celo. Su experiencia como policía, su energía y su
conocimiento de Sicilia, le convertían en hombre valiosísimo. Había conseguido calmar
la agitación de los campesinos ex combatientes que reclamaban el reparto de tierras, y
había emprendido una represión fructuosa contra el bandidaje. En cuanto a la mafia, no
había sido objeto del menor ataque. Esta, de momento, se limitaba a observar con el deseo
de aprovecharse del nuevo régimen como antes lo había hecho con la democracia. Sus
notables subvencionaban al fascismo y muchos de ellos se afiliaban al partido. Sin
combatirla, Mori, junto con los carabineros por él organizados y los "camisas
negras", se había contentado hasta entonces con establecer la autoridad del Estado,
convencido de que el orden fascista acabaría con el orden mafioso.
Un mafioso ostentoso
Terminada la visita, la alegría del nuevo Prefecto tuvo corta duración. Mussolini tuvo
un deseo imprevisto: quiso trasladarse a Piana dei Greci, una aldea muy pobre pero
ensalzada por sus manifestaciones folklóricas heredadas de los refugiados albaneses que
habían huido de la opresión turca. También fue un centro de agitación campesina, y el
principal problema era que su "podestá" (el alcalde) era jefe de la mafia de
ése y otro pueblo cercano (Partinico). Don Cuccio, tal era el nombre del alcalde, hombre
exagerado, aparatoso en sus gestos, recibiría al Duce de Italia. Este quiso visitar
algunos lugares del pueblo. Mori, inquieto, invitó a don Cuccio a tomar asiento en el
auto de Mussolini. Cuando se disponía a subir le preguntó al prefecto Mori: "¿Por
qué tantos policías alrededor del auto?". "Nada más natural -le contestó
Mori-, el protocolo y la protección al Duce". A ello, replicó don Cuccio: "A
mi lado, su Excelencia no corre ningún peligro, soy yo quien manda en esta zona, nadie se
atrevería a tocar un cabello de Mussolini, mi amigo, el mejor hombre del
mundo".Después se haría fotografiar con su brazo apoyado junto a al Dictador.
¡Mussolini bajo la protección de la mafia! Don Cuccio, lleno de presunción ridícula,
no advirtió la exasperación de Mussolini. Estaba muy lejos de imaginar que acababa de
atraer sobre la mafia las iras del Duce.
Declaración de guerra
El Duce, pues, iba a ser el primer jefe de Estado italiano que atacase abiertamente a la
mafia. ¿Debido a que la consideraba un insulto a su autoridad, o a que la juzgaba un
obstáculo para el progreso de Sicilia? Cualquiera que fuese el motivo, el conflicto era
inevitable.
Mussolini sabía que la mafia se hallaba al margen del Estado e incluso de la Nación, que
no adhería a un partido o a un régimen si no era para infiltrarse en él. Los
funcionarios fascistas enviados por Roma eran ignorados, los tribunales de Palermo eran
impotentes. Un miembro del partido Fascista había sido asesinado ante docenas de
testigos. Nadie había visto nada. Los únicos mandos fascistas escuchados en Sicilia eran
"mafiosi" o abogados amigos de estos. El índice de criminalidad siciliano era
diez veces más alto que el de la península toda. En Sicilia pululaban los desertores de
la guerra 1914-1918 y la mafia era la responsable... En todo esto pensó Mussolini al
regresar de Piana dei Greci, y don Cuccio fue la gota que colmó el vaso.
Aquella misma noche, el Duce ordenó a Mori que detuviese a don Cuccio y desencadenara la
guerra contra la mafia. En los primeros días el Prefecto se mostró prudente. Detener a
don Cuccio le parecía peligroso y prefería "maniobrar" para sembrar confusión
y provocar disensiones que condujeran a una pugna interna. Pero los acontecimientos se
precipitaron: dos meses después de la visita del Duce a Piana dei Greci, don Cuccio,
seguro de sí mismo, fue a Roma deseoso de explotar la hospitalidad que le había ofrecido
su "amigo" Mussolini, y estaba seguro que lo recibiría con los brazos abiertos.
Dígale al Duce -explicó a la secretaria- que soy don Cuccio. Como es lógico, las
puertas no se le abrieron. Don Cuccio, decepcionado, abandonó el palacio, y el prefecto
Mori recibió una orden telefónica de ponerlo a buen recaudo apenas regresara.
Cuando Cuccio desembarcó en Palermo, Mori en persona estaba esperando. Amable y sonriente
le transmitió las excusas del Duce diciéndole que le había sido mal transmitida la
petición de audiencia, y lo invitó a almorzar en su casa. Don Cuccio, tranquilizado, se
instaló en el coche del prefecto, y éste indicó a su chofer: "Villa Mori".
"Villa Mori" era el apodo que los habitantes de Palermo daban a la prisión
L´ucciardone. El jefe de la mafia de Piana dei Greci y de Partinico no cayó en la
cuenta, y unos minutos más tarde, petrificado por el asombro, lo encerraron en la
cárcel. Le seguirían otros cientos de detenidos. La caza había comenzado.
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